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Full text of "El cisne de Vilamorta"

EMILIA PARDO BAZÁN 



EL CISNE 



DE 




MONTEVIDEO 

Imp. á vapor La España, calle 2 y de Mayo 14 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



PRÓLOGO 




1 ver la luz mi penúltima novela, que lie— 
Hfva por título La Tribuna, no faltó quién 
atribuyese sus crudezas y sus francas des- 
cripciones de la vida popular, á empeño mió de es- 
cribir una obra rigurosamente ajustada á los cánones 
del naturalismo. Acaso, hoy se me dirigirá la acu- 
sación opuesta, afirmando que El Cisne de Vilamor- 
ta, paga disimulado tributo al espüitu informante de 
la escuela romántica. 

Yo sé decir que un autor, rara vez produce adrede 
libros muy crudos ó muy poéticos; lo cierto es, en 
mi opinión, que la rica variedad de la vida ofrece 
tanta libertad al arte, y brinda al artista asuntos tan 
diversos, cuanto son diferentes entre sí los rostros de 
las personas: y así como en un espectáculo público, en 
un paseo, en la iglesia, vemos semblantes feos é ín- 



4 



EL CISNE DE VILAMORTA 



nobles al lado de otros resplandecientes de hermosu- 
ra, en el mudable espectáculo de la naturaleza y de la 
humana sociedad andan mezcladas la prosa y la poe- 
sía, siendo entranibas reales y entrambas materia 
artística de lícito empleo. 

¡Parece que no necesita refutación el error délos 
que parten en dos mitades la realidad sensible é inte- 
ligible, con la misma frescura que si partiesen una 
naranja, y ponen en la una mitad todo lo grosero, 
obsceno y sucio, escribiendo encima naturalismo, y 
en la otra y bajo el título de idealismo, agrupan lo 
delicado, suave y poético. Pues tan errónea idea 
pertenece al número de las insidiosas vulgaridades 
que podemos calificar de telarañas del juicio, que no 
hay escoba que consiga barrerlas bien, ni nunca se 
destierrran por completo. Es probable que hasta el 
fin del mundo dure esta telaraña espesa y artificiosa, 
y se juzgue muy idealista la descripción de una no- 
che de luna y muy naturalista la de una fábrica, muy 
idealista el estudio de la agonía de un ser humano 
[sobre todo si muere de tisis como La dama de las 
Camelias), y muy naturalista el del nacimiento del 
mismo ser! 

No es alarde de impenitencia, sino confisión since- 
rísima. Al escribir La Tribuna, me guiaban iguales 
propósitos que al trazar las páginas del Cisne: estu- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



diar y retratar en forma artística gentes y tierras 
que conozco, procurando huir del estrecho provin- 
cialismo, para que el libro sea algo más que pintu- 
ra de usansas regionales y aspire al honroso dictado 
de novela. A la misma luz que me alumbró por los 
rincones de la Fábrica de Tabacos de Marinada, he 
tratado de verla curiosa fisonomía de Vilamorta. Si 
la Fábrica se diferencia en todo de la víllita, no con- 
siste en que yolas mire con distintos ojos, pero en 
que forzosamente ha de^diferenciarse el puerto comer- 
cial y fabril de la comarca enclavada tierra adentro, 
que aún conserva, ó conservaba cuando la pisé por 
vez última, pronunciadísimo sabor tradicional,y ele- 
mentos poéticos muy en armonía con el carácter del 
paisaje. 

Respecto á lo que en El Cisne llamará alguien le- / 
vadura romántica, quiero decir algo, muy sucinta- 
mente, á los buenos entendedores. El romanticismo, 
como época literaria, ha pasado, siendo casi nula ya 
su influencia en las costumbres. Mas como fenóme- 
no aislado, como enfermedad, pasión ó anhelo del 
espíritu, no pasará [talvez nunca. En una ó en otra 
forma, habrá de presentarse cuando las circustan- 
tancias y lo que se conoce por medio ambiente faci- 
liten su desarrollo, ayudando á desemvolver faculta- 
des ya existentes en el individuo. Sucédele lo que á 



6 



EL CISNE DE VILAMORTA 



la vocación monástica: menos casos se dan hoy.de 
tales vocaciones que sedaban, por ejemplo, allá en 
tiempos de San Francisco ó San Ignacio; con todo, 
algunas he visto yo muy ardientes, probadas he irre- 
sistibles. No hay estado del alma que no se produz- 
ca en el hombre, no hay cuerda que no vibre, no hay 
carácter verdaderamente humano que no se encuentre 
queriendo buscar: y en nuestras pensadoras y concen - 
tradas razas del Noroeste, el espíritu romántico ali- 
enta más de lo que parece á primera vista. 
La corona Setiembre de 1884. 

Emilia Pardo Bazán. 



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7 



EL CíSHJE DE VILAMORTA 

I 

llá detrás del pinar, el sol poniente exten- 
dria una zona de fuego, sobre la cual se 
destacaban, semejantes á columnas de 
bronce, los troncos de los pinos. El sendero era 
barrancoso, dando señales de haber sido devas- 
tado por las arroyadas del invierno; á trechos lo 
hacían menos practicable piedras sueltas, que pa- 
recían muelas fuera de sus alveolos. La tris- 
teza del crepúsculo comenzaba á velar el paisaje: po- 
co á poco fué apagándose la incandescencia del oca- 
so, y la luna, blanca y redonda ascendió por el cielo 
donde ya el lucero resplandecía. Se oyó distintamen- 
te el melancólico diptongo del sapo, un soplo de ai- 




8 



EL CISNF DE VILAMORTA 



re fresco estremeció las hierbas agostadas y los pol- 
vorientos zarzales que crecían al borde del camino: 
los troncos del pinar se ennegrecieron más, resaltando 
á manera de barras de tinta sobre la claridad verdo- 
sa del horizonte. 

Un hombre bajaba por la senda, muy despacio, 
como proponiéndose gozar la poesía y recogimieuto 
del sitio y hora. Se apoyaba en un bastón recio, y se- 
gún permitía ver la poca luz difusa, era joven y no 
mal parecido. A cada paso se detenia, mirando á de- 
recha é izquierda, lo mismo que si buscase y preten- 
diese localizar un punto fijado de [antemano. Al fin 
se paró, orientándose. Atrás dejaba un monte pobla- 
do de castaños: á su izquierda tenia el pinar; á su 
derecha una iglesiabaja, con misero campanario; en- 
frente, las primeras casuchas del pueblo. Rotrogradó 
diez pasos, se colocó cara al atrio de la iglesia, mi- 
rando á sustápias, y seguro ya de la posición, elevó 
las manos á la altura de la boca para formar un em- 
budo iónico, y gritó con voz plateada y juvenil: 

—Eco, hablemos. 

Del ángulo délas murallas brotó al punto otro voz, 
más honda é inarticulada, misteriosamente sonora y 
grave, que repitió con énfasis, engarzando la res- 
puesta en la pregunta y dilatando la última sílaba: 

— ¡Hablemoooós! 



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— ¿Estás contento? 

— ¡Contentoooó! repuso el eco. 

— ¿Quién soy yo! 

— ¡Soy yoooó! 

A estas interrogaciones, calculadas para que ia 
contestación del eco formase sentido con ellas si- 
guieron frases lanzadas sin más objeto que el de 
oirías repercutirse con extraña intensidad en el mu- 
ro. — «¡Hermosa noche! — La luna brilla. — Se ha 
puesto el sol. — Eco ¿me entiendes tú? — Eco, ¿sue- 
ñas algo? — ¡Gloria! ¡ambición! ¡amor!» El nocturno 
viandante, embelesado, insistía, varaba las palabras 
las combinaba; y en los intérvalos de silencio, mien- 
tras discurría períodos cortos, escuchábase el rumor 
ténue de los pinos, acariciados por el vientecillo 
manso de la noche, y el plañidero concertante de los 
sapos. Las nubes antes de rosa y grana, eran ya ce- 
nicientas, y pugnaban por subir al ancho trozo de 
firmamento en que la luna llena campeaba sin el más 
mínimo tul que la encubriese. Las madreselvas y 
saúcos en flor, desde la linde del pinar, embalsama- 
ban el aire con fragancia sutil y deleitosa. Y el inter- 
locutor del eco, dócil al influjo de la poesía ambiente* 
cesó de vocear preguntas y exclamaciones, y con 
lenta canturía empezó á recitar versos de Becquer, 
sin atender ya á la voz de la muralla que., en su pre- 



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EL CISNE DE VILAMORTA 



cipitacion de repetirlos, se los devolvía truncados y 
confusos. 

Absorto en la faena, poseído de lo que estaba ha- 
ciendo, recreado con la cadencia de las estrofas, no 
vió subir por el camino tres hombres de grotesca y 
rara catadura, con enormes sombreros de fieltro, de 
anchas alas. Uno de los hombres llevaba de diestro 
una muía, cargada con redondo cuero, enchido sin 
duda de zumo de vid; y como todos andaban despacio 
y el terreno ceraso y arcilloso apagaba el ruido de las 
pisadas, pudieron llegar sin ser sentidos hasta cerca 
del mancebo. Algo cuchichearon en voz baja. — ¿Quién 
es, hom. . .? — Segundo. — ¿El del abogado? — El mis- 
mo. — ¿Qué hace? ¿habla solo? — No, habla con la pa- 
rad de Santa Margarita. — Pues nosotros no somos 
menos. — Empieza tú. . — Ala una..» allá va... 

Salió de aquellas bocas pecadoras, interrumpiendo 
las Oscuras golondrinas, que á la sazón recitaba de 
muy expresiva manera el joven, un diluvio de írases 
soeces, de groserías y cochinadas palurdas que caye- 
ron en medio del gentil y armónico silencio nocturno 
como repique de almireces y cacerolas en un trozo 
de música alemana. Lo más suave que se oía era por 
este estilo: — ¡Re... (aquí unterno) viva el vino del 
Borde! ¡Viva el vino tinto, que da pecho al hombre! 
He. . . (aqui lo que puede el lector suponer, si con-» 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



sidera que los interruptores del soñador becqueriano 
eran tres desaforados arrieros, que conducían á buen 
recaudo un pellejo de sangre de parra). 

La ninfa domiciliada en el muro no opuso resis- 
tencia á la profanación, y repitió los tacos redon- 
dos tan fielmente como las estrofas del poeta. Al 
oír las vociferaciones y carcajadas opacas que la pa- 
red devolvía irónicas, Segundo, el del abogado, se 
volvió furioso, comprendiendo que los muy salvajes 
se burlaban de su entretenimiento sentimental. Cor- 
rido y humillado, apretó el bastón, con deseo de rom- 
perlo en las costillas de alguien; y macullando entre 
dientes-— cafres — brutos — recua — y otros imprope- 
rios, torció á la izquierda, saltó al pinar, y tomó 
hacia el pueblo, evitando la senda por huir del pro- 
fano grupo. 

El pueblo estaba, como quien dice, á la vuelta. 
Blanqueaban, á la luz de la luna, las paredes de sus 
primeras casas, y los sillares de algunas en construc- 
ción, tapias, huertecillos, cuadros de legumbre, lle- 
naban el espacio vacante entre el pueblo y el pinar. 
Ensanchábase la senda, desembocando en el camino 
real, á cuyas orillas, copudos castaños proyectaban 
manchones de sombra. Dormía el pueblo sin duda, 
pues ni se divisaban luces ni se oian los rumores y 
zumbidos que revelan la proximidad de las colmenas 



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EL CISNE DE VILAMORTA 



humanas. Realmente, Vílamorta es una colmena en 
miniatura, una villíta modesta, cabeza de partido. No 
obstante, bañada por el resplendor del romántico sa- 
télite, no le falta á Vilamorta cierta grandiosidad 
como de población importante, debida á los nuevos 
edificios que, con arreglo al orden arquitectónico pe- 
culiar de las grilleras, levanta á toda prisa un ameri- 
cano gallego, recien venido con provisión de cen. 
tenes. 

Segundo se enhebró por una calle extraviada, — 
si las hay en pueblos así. — Solo estaban embaldo- 
sadas las aceras; el arroyo lo era de verdad; habia 
en él pozas de lodo, y montones de inmundicias y 
residuos culinarios, volcados allí sin escrúpulo por 
los vecinos. Evitaba Segundo dos cosas: pisar el 
arroyo y que le diese la claridad lunar. Un hombre 
pasó rozándole, embozado, á pesar del calor, en 
amplio montecristo, y con enorme paraguas abierto, 
aunque no amenazaba lluvia: sin duda era un 
agüista, un convaleciente que respiraba el aire grato 
de la noche con precauciones higiénicas; Segundo, 
al verle, se pegó á las casas, volviendo el rostro, 
temeroso de ser conocido. No con menor recato 
atravesó la plaza del Consistorio, orgullo de Víla- 
morta, y en vez de unirse á los grupos de gente que 
gozaba el fresco sentada en los bancos de piedra pró- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



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ximos á la fuente pública, se escabulló por un calle- 
jón Literal, y cruzando retirada plazoletilla, que 
sombreaba un álamo gigantesco, se dirigió hácia una 
casita medio oculta por el árbol. Entre la casita y 
Segundo se interponía un desvencijado armatoste: 
era un coche de línea, un cajón con ruedas, desen- 
ganchado, lanza en ristre, como para embestir. Ro- 
deó Segundo el obstáculo, y al dar la vuelta distraí- 
do, dos anmalazos, dos cochinos monstruosamente 
gordos, salieron disparados por la entreabierta can- 
cilla de un corral, y con un trotecillo que columpiaba 
sus vastos lomos y sacudía sus orejas cortas, vinieron 
ciegos y estúpidos á enredarse en las piernas del lec- 
tor de Becquer. No llegó éste á medir el suelo por 
íavor especial de la Providencia; pero apurado ya el 
sufrimiento, soltó á cada marrano un par de iracun- 
dos puntapiés, que les arrancaron gruñidos entrecor- 
tados y feroces, mientras el mancebo renegaba en 
voz alta casi: — ¡Qué pueblo éste, señor! . . . ¡Atrepe- 
llarle á uno en la calle hasta estos bichos! ¡Ah, qué 
miseria! jAh. . . mejor debe ser el infierno! ... 

Al llegar á la puerta de la casita, algo se sosegó. 
Era la casa chiquita, linda, flamante; al balcón le 
faltaba el barandado de hierro, no tenía sinó la repisa 
de piedra, cargada de tiestos y cajones de plantas; 
detrás de las vidrieras se columbraba una luz, tami- 



EL CISNE DE VILAMORTA 



zada por visillos de muselina, y la fachada, silencio- 
sa, ofrecía algo de pacífico y agradable, que convi- 
daba á entrar. Segundo empujó la cancilla, y casi al 
mismo tiempo oyóse en el tenebroso portal crujir de 
enaguas; unos brazos de mujer se abrieron, y el lec- 
tor de Becquer se dejó caer en ellos, conducir, ar- 
rastrar, y casi subir en vilo la escalera, hasta una sa- 
lita, donde un velador cubierto con blanco tapete de 
crochet, sustentaba un quinqué divinamente despabi- 
lado. Allí mismo, en el sofá, tomaron asiento el ga- 
lán y la dama. 

La verdad ante todo. Frisa la dama en los treinta 
y seis ó treinta y siete, y aún es peor, que nunca 
debió ser bonita, ni mucho menos. De su basto 
cutis, hizo la viruela algo curtido y agujereado, 
como la piel de una criba: sus ojuelos negros y 
chicos, análogos á dos pulgas, emparejan bien con 
la nariz gruesa, mal amasada, parecida á las que los 
chocolateros ponen á los monigotes de chocolate; 
cierto que la boca, frescachona y perruna, luce 
buenos dientes; pero el resto de la persona, el 
atavío, los modales, el acento, la poquísima gracia 
del conjunto, más son para curar tentaciones, que 
para infundirlas. Alumbrando el quinqué tan bien 
como alumbra, es preferible contemplar al galán. 
Éste tiene, en su mediana estatura, elegantes pro- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



porciones, y en su juvenil cabeza no sé que atractivo 
que hace mirar otra vez. La lrente, cuyo declive es 
un poco alarmante, la encubre y adorna el pelo co- 
pioso, algo más largo de lo que permiten nuestras 
severas modas actuales. La íaz, descarnada, fina y 
cenceña, arroja á la caleada pared una silueta toda 
de ángulos agudos. El bigote nace y se riza sobre los 
lábios delgados, sin llegar á cubrir el superior, con 
esa gracia especial del bigote nuevo, compañera de 
la ondulación de los cabellos femeninos. La barba 
no se atreve á espesar, ni los músculos del cuello á 
señalarse, ni la nuez á sobresalir con descaro. La tez 
es trigueña, descolorida, un tanto biliosa. 

Al ver tan guapo chico recostado en el pecho de 
aquella jamona de apacible y franca fealdad, era 
lógico tomarles por hijo y madre: pero el que incur- 
riese en semejante error después de observarles un 
minuto, denotaría escasa penetración, porque en las 
manifestaciones del amor materno, por apasionadas 
y extremosas que sean, hay no sé que majestuosa 
quietud del espíritu que falta en los del otro amor. 

Sin duda experimentaba Segundo la nostalgia de 
la luna, porque apenas se detuvo en el sofá: fuese 
al balcón, y le siguió su compañera. Abrieron las 
vidrieras de par en par, y se sentaron muy próxi- 
mos en dos sillas bajas, al nivel de las plantas y 



I O EL CISNE DE VILAMORTA 

tiestos. Una mata de claveles de á onza subía á la 
altura conveniente para regalar las narices con in- 
citantes perfumes; la luna plateaba el follaje del 
álamo, cuya dilatada sombra envolvía la plazoleta; 
Segundo abrió el dialágo, en esta guisa: 
— ¿Me hiciste cigarros? 

—Toma, contestó ella, metiendo la mano en la 
faltriquera y sacando un puñado de cigarrillos. Do- 
cena y media por junto pude amañarte. Ya te com- 
pletaré las dos esta noche antes de irme á cama. 

Se oyó el ¡rissch! del fósforo, y con la voz atasca- 
da por la primera bocanada de humo, volvió Segun- 
do á preguntar: 

—¿Pues qué, lia sucedido algo nuevo? 

— Nuevo... no. Las chiquillas. . .arreglar la ca- 
sa. . .luego Minguitos. . . Me levantó dolor de cabeza 
á quejarse. . . ¡á quejarse toda la tarde de Dios! Decía 
que le dolían los huesos. ¿Y tú? ¿por ahi muy ocu- 
pado? ¿matándote á leer? ¿discurriendo? ¿escribiendo, 
eh? t ¡De seguro! 

— No. . . Di un paseo muy hermoso. Fui á Penas- 
albas y volví por Santa Margarita... Una tarde de 
las pocas. 

— Vaya, que harías algún verso. 

—No, mujer... Los que hice, los hice, anoche, 
después de retirarme. 



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i? 



— ¡Ay! ¡y no me lo decías! Anda, por las ani- 
mas... anda, recita, que los has de saber de memoria. 
Anda, niño Jesús. 

A la súplica vehemente siguió arrebatada caricia, 
que se perdió entre pelo y sienes del poeta» Este al- 
zó los ojos, se hizo un poco atrás, dejó el cigarro en- 
tre los dedos, sacudiendo antes con la uña la ceniza, 
y recitó . 

Era una becqueriana el parto de su ingenio. El 
auditorio, después de escucharla con religiosa, aten- 
ción, púsola por encima de cuantas produjo la musa 
del gran Gustavo. Y se pidió otra, y otra, y algún 
pedacito de Espronceda, y que se yo qué fragmentos 
de Zorrilla. Ya no ardia el cigarro: tiró el poeta la 
colilla, y encendió uno nuevo. Reanudaron la plá- 
tica. 

— ¿Cenamos pronto? 

— Enseguidita... ¿Sabes qué tengo para darte? 
Discurre. 
— ¿Qué se yo, mujer?..: 

-—Piensa tú lo que te gusta más. Lo que te gusta 
más, más. 

¡Bah! ... Ya sabes que yo. . . Con tal que no me 
des nada ahumado, ni grasiento... 

—¡Tortilla á la francesa! ¿No acertabas, eh? Mira* 
encontré la receta en un libro. . . Como te habia oido 



i8 



EL CISNE DE VILÁMORTÁ 



que era cosa nueva, estuve de ensayo... Las tortillas 
las hacia yo siempre á estilo de por acá, espesitas, 
que se puedan tirar contra la pared y no se deshagan. 
Pero esta. . . me parece que ha de estar á tu gusto. 
Lo que es á mi, poco me sabe... prefiero las anti- 
guas. Se la enseñé á Flores. . . ¿Qué tenia dentro la 
que comiste en la fonda de Orense? ¿Peregil pica- 
do, eh? 

—No, jamón. ¿Pero qué más dá? 

— ¿Voy corriendo á sacarlo de la alacena! yo 
creía... ¡El libro dice perejil! Aguarda, aguarda. 

Volcó su silla baja por andar más aprisa, y se oyó 
á lo lejos el repique de sus llaves y el batir de algu- 
nas puertas ; una voz cascada gruñó en la cocina no 
sé qué. A los dos minutos regresaba. 

— ¿Mira, y esos versos, no se imprimen? ¿No los 
he de ver en letras de molde? 

— Sí respondió el poeta, volviendo lentamente la 
cabeza y soltando una bocanada d? humo. Alia van 
camino de Vigo, á Roberto Blánquez para que los 
inserte en el Amanecer. 

— ¡Me alegro! ¡Tendrás tú más fama, corazón sa- 
lado! ¿Cuántos periódicos hablan de tí? 

Segundo se rió irónicamente, encogiéndose de 
hombros. 

— Pocos... Y, un tanto cabizbajo dejó vagar la 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



19 



mirada por las macetas y por la copa del álamo, que 
se mecia con agradable susurro de hojas. Estre- 
chaba maquinalmente el poeta la mano de su inter- 
locutor, y ésta correspondió á la presión con ardoro- 
sa energía. 

— Y claro, ¿cómo quieres que hablen de tí, si al fin 
no firmas los versos? interrogó ella. No saben de quién 
son. Andarán discurriendo... 

Qué más dá... Lo mismo que de Segundo Gar- 
cía, pueden hablar del seudónimo que he adoptado. 
¡Bonito nombre el mió para andar en papeles! ¡Se- 
gundo García! El poco público que se moleste en 
leer lo que escribo, me llamará el Cisne de Vila- 

MORTA. 



ÍI 



uSü^f egundo Gai cía, el del abogado y Leocadia 
v ^-"í?Ss Otero, la maestra de escuela de Viíamorta, 
^p^Sí#se conocieron en primavera, en una romería. 
Leocadia asistió á ella con varias chicas á quiénes ha- 
bía enseñado el a, b, c y el pespunte. Ante aquel co- 
ro de ninfas, Segundo recitó poesías más de dos ho- 
ras, en un robledal, léjos del estrépito del bombo y 
gaita, donde sólo llegaban leves rumores de la fiesta 
y del gentío. Estúvose el auditorio como en misa, si 



20 



EL CISNE DE VILAMORTA 



bien ciertos pasajes, almibarados ó fogosos, produ- 
jeron entre las chiquillas codazos, pellizquitos, risas 
reprimidas instantáneamente; pero de los negros ojos 
de la maestra, á lo largo de sus mejillas, picadas de 
viruela y pálidas de emoción, resbalaron dos lagri- 
mones tibios y gruesos, y otros después, tantos y tan 
juntos que hubo de sacar el pañuelo y limpiárselos. 
Luego, al regresar, cuando lucían en el cielo la es- 
trellas, por los senderos del monte donde se alzaba el 
santuario, vereditas agrestes, entapizadas de grama y 
orladas de brezos y uces; el grupo descendió en esta 
forma: delante las chiquillas, correteando, saltando, 
empujándose para caer sobre los brezos, y celebrarlo 
con una explosión de carcajadas; Leocadia y Segundo 
detrás, de bracero, parándose á veces y hablándose 
entonces más bajito, casi al oído. 

De Leocadia Otero se refería una historia fea y 
triste. Aunque ella con reticencias calculadas quisie- 
ra fingirse viuda, se murmuraba que nunca tuvo ma- 
rido; que cuando residía en Orense, huérfana y bajo 
la tutela de un tío paternol nació aquel pobre vástago, 
aquel Dominguito contrahecho, raquítico y enfermo 
siempre. Afirmaban los mejor informados que el 
malvado del tio fué quién abusó de la doncella, con- 
fiada á su custodia, sin poder reparar el delito por- 
que era casado y vivía su mujer, Dios sabe dónde ni 



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cómo. Lo cierto es que el tío murió pronto, dejando 
á su sobrina unas íinquillas y una casa en Vilamorta, 
y Leocadia, prévio el competente exámen, obtuvo la 
escuela y vino á establecerse al pueblo. Sobre trece 
años llevaba de habitarlo, observando ejemplar con- 
ducta, cuidando día y noche á Minguítos, y eco- 
nomizando para reconstruir la ruinosa casa, co- 
mo lo hizo al fin poco antes de conocer á Segundo. 
Era Leocadia mujer por todo extremo hacendosa; 
nunca faltó en sus armarios ropa blanca, en su sala 
muebles de rejilla y una alfombrita delante del sofá; 
en su despensa uvas de cuelga, arroz y jamón, en sus 
balcones claveles y albahaca. Minguitos andaba lim- 
pio como el oro; ella lucía, al remangar su hábito de 
los Dolores, de buen merino, enaguas gordas, tiesas 
de puro almidonadas, muy bordadas á ojetes. Por lo 
cual, á pesar de su fealdad y de su historia antigua, 
no careció la maestra de suspirantes: un rico arriero 
retirado, con taberna abierta, y Cansín, el tendero 
de paños. Desairó á los pretendientes y siguió vivien- 
do sola, con Minguitos y Flores, la vieja criada, que 
ya gozaba en la casa fueros de abuela. 

El inicuo estupro sufrido en los primeros años de 
la juventud habia dejado á Leocadia, envuelto en sus 
amargas memorias, horror profundo á las realidades 
del matrimonio, base de la iamilia, y una sed perpe- 



22 



EL CISNE DE VILAMORTA 



tua de cosas ideales y delicadas, rocío que refresca 
la imaginación y satisface al sentimiento. Poseía la 
media instrucción de las maestras, rudimentaria, pe- 
ro bastante para infundir gustos exóticos en Vila- 
morta, v. gr., el de las letras, en sus más accesibles 
formas, — novela y verso. — Consagró á la lectura los 
ocios de su vida monótona y honesta. Leyó con fé, 
con entusiasmo, sin crítica alguna: leyó creyendo 
y admitiéndolo todo, unimismándose con las heroí- 
nas, oyendo resonar en su corazón los suspiros del 
vate, los cantos del trovador y los lamentos del bardo. 
Fué la lectura su vicio secreto, su misteriosa felicidad 
Cuando rogaba á sus amigas de Orense que le reno- 
vasen la suscricion en la librería, hacían ellas chaco- 
cota y ponían á Leocadia el apodo de literata. ¡Li- 
terata ella! ¡Ojalá! ¡Si pudiese dar cuerpo á lo que 
sentía, al mundo fantástico que dentro llevaba! Im- 
posible: jamás alcanzaría su caletre, por mucho que 
lo estrujase, á producir ni una triste seguidilla. Al- 
macenada se quedaba tanta poesía y tanta sensibili- 
dad allá en los senos y circunvaluciones del cerebro, 
como el calor solar en la hulla. Lo que salía al exte- 
rior era prosa neta: gobierno de casa, economía, 
guisados. 

Al tropezar, Leocadia con Segundo, la casualidad 
aplicó encendida mecha al formidable polvorin de 



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sentimientos y ensueños, encerrado en el alma de la 
maestra. Encontrado habia, por fin, empleo condig- 
no á sus facultades amorosas, desahogo para sus 
afectos. Segundo era la poesía hecha carne, en él se 
cifraban y compendiaban todas las interesantes y 
divinas menudencias de los versos: las flores, el aura, 
el ruiseñor, la luz moribunda del sol, la luna, la um- 
bría selva. 

La combustión se produjo con asombrosa rapidez. 
Ardió y se consumió en incendio 'súbito, primero la 
honrada resolución de borrar con intachable conduc- 
ta el estigma del pasado, después el vigoroso y en- 
trañable cariño maternal. Ni un punto pasó por las 
mientes á Leocadia la idea de que Segundo pudiese 
ser su marido: aunque libres ambos, la diferencia de 
edades, y la superioridad intelectual de\ joven poeta, 
pusieron límite infranqueable á las aspiraciones de la 
maestra. Cayó en el amor como en un abismo, y ni 
miró atrás ni adelante. 

Segundo había tenido en Santiago, durante los 
años escolares, trapícheos estudiantiles, cosa baladí, 
y extravíos de esos que no evita ningún hombre en- 
tre los quince y los veinticinco, probando también 
las que en la época romántica se llamaban orgías y 
hoy se conocen por juergas. Sin embargo, no era vi- 
cioso. Hijo de una madre histérica, á quien las repe- 



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EL CISNE DE VILAMORTA 



tidas lactancias agotaron, hasta matarla de extenua- 
ción, Segundo^tenia el espíritu mucho más exigente é 
insaciable que el cuerpo. Había heredado de su ma- 
dre la complexión melancólica, y mil preocupacio- 
nes, mil repulsiones instintivas, mil supersticiosas 
prácticas. La habia querido y guardaba su recuerdo 
como un culto. Y, más viva aún que la cariñosa me- 
moria de su madre, conservaba una antipatía inven- 
cible hacia su padre. No cabia decir que el abogado 
hubiese sido verdugo de su mujer, y con todo, bien 
adivinaba Segundo el lento martirio de aquella tina 
organización nerviosa, y veía siempre, en horas ne- 
gras, el ataúd mísero en que habían encerrado á la 
difunta,no sin elegir antes,para amortajarla, la sába- 
na más usada de cuantas encontraron. 

Componíase la familia de Segundo del padre, una 
tía vieja, dos hermanos varones y tres hembras aún 
impúberes. Gozaba el abogado García fama de rico: 
nada entre dos platos: fortuna de aldea, reunida 
ochavo tras ochavo, con préstamos usurarios y sór- 
didas privaciones. El bufete daba de sí, pero diez 
bocas, y la carrera de tres hijos, algo tragan. El ma- 
yor de los chicos, oficial de infantería, estaba en Fi- 
lipinas y no remitía un cuarto; gracias que no lo 
pidiera. Segundo, que lo era en el orden cronológi- 
co, acababa de graduarse: un jurisconsulto más 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



en la nación española, donde tanto abunda esta fru- 
ta. El pequeño estudiaba en el Instituto de Orense, 
con propósito de seguir la farmacia. Las niñas se 
paseaban el día correteando por huertos y maizales, 
medio descalzas, sin ir siquiera á la escuela de Leo- 
cadia por no adecentarse un poquillo. En cuanto á 
la tía. ... , misia Gaspara. . . . , era el alma de aque- 
lla casa, alma estrecha y sin jugo, senectud acartona- 
da, silenciosa y espectral, ágil á despecho de sus 
sesenta, y que sin cesar de hacer media con unos de- 
dos rancios como teclas de clavicordio, vendía en la 
granera el centeno, en la bodega el vino de renta, 
prestaba un duro al cincuenta por cien á las fruteras 
y regateras de la plaza, se cobraba en especie, tasaba 
la comida, la luz y la ropa á sus sobrinos, engordaba 
con amorosa solicitud un cerdo, y era respetada en 
Vilamorta por sus aptitudes formicarias. 

Aspiraba el abogado á trasmitir su clientela y 
asuntos á Segundo. Solo que el muchacho no daba 
indicios de servir para embrollar pleitos y causas. 
¿Cómo habia realizado el milagro de salir bien en 
los exámenes, sin abrir en todo el curso los libres de 
derecho, y faltando á clase siempre que hacia sol ó 
diluviaba? ¡Bah! Con un memorión de primera y un 
regular despejo: aprendiéndose, cuanto era menes- 
ter, páginas y páginas del texto, y recordándolas y 



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EL CISNE DE VILAMORTA 



dicíéndolas con la propia íacilidad que las Doloras de 
Campoamor, sí no con tanto gusto. 

Sobre la mesa de Segundo se besaban tomos de 
Zorrilla y Espronceda. malas traducciones de Heine, 
obras de poetas regionales, el Lamas Várela, álías 
Remedia-vagos, y otros volúmenes no menos hetero- 
géneos. No era Segundo un lector incansable; elegia 
sus lecturas según el capricho del momento, y sólo 
leia lo que conformaba con sus aficiones, adquirien- 
do así un barniz de cultura deficiente y varia. Más 
intuitivo que reflexivo y estudioso, aprendió solo y á 
tientas el francés, para leer en el original á Musset, 
á Lamartine, á Proudhon, á Víctor Hugo. Fué su 
cerebro como erial inculto donde á trechos se alzaba 
una flor rara y peregrina, un arbusto de climas re- 
motos; ignoró las ciencias graves y positivas, las lec- 
turas sólidas y serias, nodrizas de| vigor mental, la 
era clásica, la literatura castiza, las severas enseñan- 
zas de la historia; y en cambio, por raro fenómeno 
de parentesco intelectual, se identificó con el movi- 
miento romántico del segundo tercio del siglo, y en 
un rincón de Galicia revivió la vida psicológica de 
generaciones ya difuntas. No de otro modo algún 
venerable académico, saltando de un brinco los diez 
y nueve siglos de nuestra era, se alegra ahora con lo 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



2 7 



que regocijaba á Horacio y vive platónicamente pren- 
dedo de Lidia. 

Rimó Segundo sus primeros versos, desengañados 
y excépticos en la intención, ingénuos en realidad, 
cuando apénas contaba diez y siete años. Sus compa- 
ñeros de cátedra le aplaudieron á rabiar. Adquirió 
entre ellos cierto prestigio, y cuando estampó en un 
periódico las primicias de su musa, tuvo, sin salir del 
estrecho círculo del aula, admiradores y envidiosos. 
Desde entonces adquirió el derecho de pasear sólito, 
de reir poco, de ocultar sus aventurillas y de no jugar 
ni achisparse por compañerismo, sinó únicamente 
cuando le daba la gana. 

Y le daba pocas veces. La excitación puramente 
física y brutal carecía para él de atractivo; si bebia 
por bravata, repugnábale el vicio de la embriaguez, 
los finales de francachela estudiantil, el mantel man- 
chado, las disputas necias, los amigos que yacían 
debajo de la mesa ó tendidos en el soíá, el descoco é 
insensibilidad de las hembras venales; salía de allí 
desdeñoso y empalagadísimo, y á veces una reacción 
muy propia de su complicado carácter le impulsaba á 
él, lector sincero de Proudhon, Quinet y Renán, al 
recinto de alguna iglesia solitaria, donde sus pulmo- 
nes respiraban con delicia aire húmedo saturado de 
incienso. 



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EL CISNE DE VILAMORTA 



No protestó el abogado García contra las aficiones 
literarias de su hijo, porque las juzgó pasajera 
diversión de la mocedad, una muchachacha, lo mismo 
que bailar en las fiestas. Empezó á inquietarse así 
que Segundo, ya graduado, se opuso á auxiliarle en 
el despacho de sus tortuosos pleitesillos. ¿Si resulta- 
taria el chico inútil para todo y bueno solamente para 
zureir versos? No era delito zurcirlos pero así. .cu- 
ando no hubiese muchos procesos que hojear y arti- 
mañas que idear para envolver á los litigantes. Desde 
que cayó en la cuenta, el abogado trató á su hijo con 
mayor desconfianza, con más terca impertinencia y 
desvio. Cada día le predicaba, en la mesa ó donde 
podia, sermoncillos incisivos acerca de lo necesario 
que es ganarse el pan, con asiduidad y trabajo, no 
dependiendo de nadie. Estas continuas amonestacio- 
nes, en que empleaba la misma capciosa machaque- 
ría que en el enredijo de los protocolos, auyentaron 
á Segundo de ru casa. La de Leocadia le sirvió de 
refugio, y él vino en dejarse querer pasivamente, li- 
sonjeado al pronto por el triunfo que habían obteni- 
do sus versos, alcanzándole homenaje tan desintere- 
sado y ardiente, y atraído después por el bienestar 
moral que enjendra la aprobación sin condiciones y 
la complacencia sin taza. Su perezosa mente de so- 
ñador reposaba en los algodones que sabe mullir el 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 2<) 



cariño para la amada cabeza. Leocadia admitía, per- 
filaba, ensanchaba todos sus planes de porvenir: le 
animaba á que escribiese, á que publicase: le elo- 
giaba sin restriciones y sin fingimiento, porquQ para 
ella, que tenia la facultad crítica aposentada en las 
cavidades cardiacas, Ssgundo era el mas melodioso 
cisne del universo todo. 

Poco á poco la amante previsión de la maestra fué 
extendiéndose á otras esferas de la vida de Segundo. 
Niel abogado García ni latía Gaspara, concebían 
que un chico, terminada ya su carrera, necesitase un 
céntimo para gasto alguno extraordinario. La tía Gas- 
para, en especial, ponía el grito en el cielo á cada de- 
sembolso: después de llSiar de camisas la maleta de 
suéobrido un año, por diez lo menos'debía quedar sur- 
tido: la ropa no estaba autorizada para romperse ó 
acabarse sin más ni más. Leocadia notó las escaseces 
de su ídolo; hoy se hizo cargo de que no andaba bien 
de pañuelos, y le dobladilló y marcó una docena; 
mañana reparó que sólo de higos á brevas le daban 
medio duro para el ramo de cigarros, y se impuso la 
tarea de hacersélos en persona, suministrando gratis 
la materia primera; oyó murmurar á las fruteras de 
la avaricia de la tia Gaspara, entendió que Segundo 
comia mal, y se dedicó á aderezar para él platos ape- 
titosos y nutritivos, amén de encargarle á Orense li- 



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EL CISNE DE VILAMORTA 



bros, de repasarle la ropa y de pegarle los botones . 

Todo esto lo realizaba con inexplicable regocijo, 
recorriendo la casa á paso ligero y casi juvenil, re- 
mozada por la dulce maternidad del amor, y tan di- 
chosa, que ni se acordaba de reñir á las chiquillas de 
la escuela, pensando sólo en acortarles la tarea, para 
quedarse más pronto en compañía de Segundo. Ha- 
bía en su cariño mucha parte generosa y espiritual, 
y los mejores instantes de su pasión satisfecha eran 
aquellas horas nocturnas en que, próximos al balcón 
sentados muy cerca el uno del otro,convirtiendo con 
la imaginación las matas de claveles y albahaca en 
selva virgen, ella oía, recostada en el hombro de Se- 
gundo, los versos que éste recitaba con bien timbra - 
da voz, versos cuya armonía se le figuraba á Leoca- 
dia un cántico celeste. 

La medalla tenia su reverso. Eran amargas las ho- 
ras matutinas en que Flores, con la cara larga y difí- 
cil, ^contraída ó iracunda, con el pañuelo de algodón 
torcido, arrugado y caído sobre los ojos, venía á no- 
tificarle, en breves y truncadas palabras, que 

—Se han acabado los huevos... ¿vienen más? No 
hay azúcar: ¿de cual traigo? ¿De ese tan caro de pilón 
que vino la semana pasada? Hoy traje café, café, 
dos libritas, como quien lava.... Yo no compro más 
licor: allá tú: yo no. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



3 1 



— ¿Qué dices, mujer? ¿Qué te sucede? 

•—Que si te gusta darle al Ramón, el de la dulce- 
ría, veinticuatro reales por una botella de anísete, 
habiéndolo á ocho en la botica, bien: pero yo no voy 
á meterle los cuartos en la mano á ese ladrón: á ver 
como no te pide cinco duros por cada frasquito. 

Leocadia, suspirando, salía de su letargo: iba á 
la cómoda, sacaba dinero, no sin pensar que le so- 
braba la razón á Flores: sus ahorritos, su par de 
miles de reales para un apuro, ya debían encontrarse 
temcblando; valia más no enterarse del estado del pe- 
to: los disgustos, retrasarlos. ¡Dios delante! Y reñía 
á la vieja con fingida cólera. 

— Ve por la botella, anda, no me enfades. . . A 
las ocho entran las chiquillas, y aun tengo la onagua 
por planchar. . . Hazle el chocolate á Minguitos, mas 
te valiera no tenerlo muerto de hambre. . . Y dale 
bizcocho. 

— Daré, daré... ¡Pues si yo nelediese al infeliz!., 
refunfuñaba la criada, que al nombre de Minguitos, 
sentía crecer su enojo. Se oía en la cocina el furioso 
porrazo administrado á la chocolatera para sentarla 
sobre el fuego y el airado voltear del molinillo en el 
remolino espumoso del chocolate. Flores entraba en 
el cuarto del contrahecho, que aun no habia abando- 
nado las sábanas, y le tomaba las manos. 



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EL CISNE DE VILAMORTA 



— Tienes calor, rapaz... Aquí viene el chocolatiio 
¿he? 

— ¿Me lo da mamá? 

— Te lo daré yo. 

— Y mamá, ¿que hace? 

— Almidonando unos enaguas. 

Clavaba el jorobadito los ojos en Flores, alzando 
trabajosamente la cabeza de entre el arco doble del 
pecho y la espalda. Eran aquellos ojos profundos, 
con mucha niña: la boca, de mandíbulas salientes, 
tenia una crispacion sardónica y una pálida sonrisa. 
Echaba los brazos al cuello de Flores, y pegando los 
lábios á su oido: 

— ¿Vino el otro "ayer? preguntábale. 

— Si, hombre, si. 

—¿Vendrá hoy? 

— ¿Vendrá. ¡Pues no! Galla, jfilliño, calla.... to- 
ma el chocolate. Está como te gusta: claro y con 
espumita. 

■ — No tengo casi gana.... Ponió aquí, al lado. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



33 



IÍI 




& Cv A4>dest artalado , pero con su mesa de billar 
comprada de lance y su ¡nozo, un setentón que de 
año en año sacudía y vareaba la verde bayeta. Por- 
que en el Casino de Vilamorta apenas solían juntar- 
le á diario más que las ratas y las polillas entreteni- 
das en atazarar el maderamen. Los centros de reunión 
más frecuentados eran dos boticas, la de doña Eufra- 
sia, situada en la plaza, y la ele Agonde, en la mejor 
calle. Agachada en el ángulo tenebroso de un sopor- 
tal, la botica de doña Eufrasia era lóbrega; la alum- 
braba á las horas de conciliábulo un quinqué de pe- 
tróleo, con tufo, y hacían su mobilario cuatro sillas 
mugrientas y un banco. Quién desde fuera mirase, 
vei la dentro un negro grupo, capotes, balandranes, 
sombreros anchos, dos ó tres tonsuras 'sacerdotales, 
quede léjos blanqueaban corno chapas de boinas sobre 
el fondo sombrío de la botica. La de Agonde, en 
cambio, lucia orgullosamente una clara iluminación, 
seis grandes redomas de cristal de colores vivos y 
fantástico efecto, una triple estantería cargada de ta- 



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EL CISNE DE VILAMORTA 



iros de porcelana blanca con rótulos latinos en letras 
negras, imponentes y científicos, un diván y dos bu- 
ticas de gutapeacha. Estas dos boticas antitéticas eran 
también antagónicas; se habían declarado guerra á 
muerte. La botica de Agonde, liberal é ilustrada, de- 
cía de la botica reaccionaria que era un foco de per- 
pétuas conspiraciones, donde durante la guerra civil 
se habia leído El Cuartel Real y todas las proclamas 
facciosas, y donde desde hacia cinco años se prepa- 
raban con suma diligencia fornituras para una parti- 
da carlista que jamás llegó á echarse al campo; y se- 
gún la botica reaccionaria, era la de Agonde punto 
de cita para los masones, se imprimían libelos en una 
imprentilla de mano, y se tiraba descaradamente de 
la oreja á Jorge. Cerrábase religiosamente á las diez 
en invierno y en verano á las once la tertulia de la 
botica reaccionaria, mientras la botica liberal solía 
hasta media noche proyectar sobre el piso de la calle 
la raya de luz de sus dos claras lámparas y los refle- 
jos azules, rojos y verde-esmeralda de sus redomas; 
por donde los tertulianos liberales calificaban á los 
otros de lechuzas, mientras los reaccionarios daban á 
sus contrincantes el nombre de socios del Casino de 
la Timba, 

Segundo no ponia los piés en la botica reacciona- 
ria, y desde sus relaciones con Leocadia Otero huia 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 3 f 

de la de Agonde, porque herían su amor propio las 
bromas y pullas del boticario, maleante y zumbón 
como él solo. Cierta noche que Saturnino Agonde 
cruzaba á deshora la plazoleta del Alamo, para ir á 
donde él y el diablo sabian, pudo ver á Leocadia y 
Segundo en el balcón, y entreoyó la salmodia de los 
versos que el poeta declamaba. Desde entonces, en el 
rostro de Agonde, mocetón sanguínio y bien equili- 
brado, leyó Segundo tal desdén hacia las nimiedades 
sentimentales y la poesía, que por instinto se apartó 
de él cuanto pudo. Sin embargo, cuando se le ofrecía 
leer El Imparcial y saber alguna nocicia, entraba en 
» casa de Agonde breve rato. Hízolo al otro día de su 
conversación con el eco. 

Estaba muy animada la asamblea. El padre de 
Segundo, recostado en el diván, tenía un periódico 
sobre las rodillas; su cuñado el escribano Genday» 
Ramón el confitero, y Agonde, discutían con él 
acaloradamente. En el rondo, próximos á la trastien-. 
da, en una mesita chica, jugaban al tresillo Carmelo 
el estanquero, el médico D. Fermín f alias Tropiezo 
el secretario del Municipio y el alcalde. Al entrar 
notó Segundo algo de inusitado en la actitud de su 
padre y del grupo que le rodeaba, y persuadido de 
que ya le darían la noticias dejóse caer en una de las 
butacas, encendió un cigarro y tomó El Imparcial, 
que andaba rodando sobre el mostrador. 



jé at ctsNk m yilamúrta 

—Pues aquí los papeles no traen nada: lo que se 
dice nada, exclamaba el coniitero. 

Desde la mesa de tresillo levantaba la voz el médi- 
co, confirmando las dudas de Ramón; tampoco el 
médico creía que pudiese suceder sin traerlo los 
papeles. 

— Usted se muere por decir á todo que no, repli- 
caba Agonde. Yo estoy seguro, vamos; y me parece 
que estando yo seguro... 

— Y yo lo mismo, afirmaba Genday. Si es preciso 
citar testigos, allá van: lo sé por mi propio hermano 
¿me entienden ustedes? por mi propio hermano, que se 
ha lo dicho Méndez de las Vides; vayan ustedes vien- 
do si es autorizada la noticia. ¿Quieren ustedes 
mas? Pues han encargado á Orense, para las Vides, 
dos butacas, una buena cama dorada, mucha vajilla 
y un piano. ¿Quedan ustedes convencidos? 

— De todas maneras, no vendrán tan pronto, ob- 
jetó Tropiezo, 

— Vendrán tal: D. Victoriano quiere pasar aquí 
las fiestas y las vendimias, dice que le tira muchísi- 
mo el cariño al país, y que en todo el invierno no se 
le oyó hablar sino del viaje. 

— Viene á espichar aquí, murmuró Tropiezo; o 1 ' 
decir que está malísimo. Se van ustedes á quedar sin 
jefe. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 37 

—Vayase V. á... Demonio de hombre, de mo- 
chuelo, que solo anuncia cosas fúnebres, Gállese Vd. 
ó no suelte barbaridades. Atienda, atienda al juego 
como Dios manda. 

Segundo miraba con indiferencia á las redomas de 
la botica, distraído por el vivo foco azul, verde ó 
carmesí que en cada una de ellas centelleaba. Ya 
comprendía el asunto de la conversación: la venida 
de D. Victoriano Andrés de la Comba, el ministro, 
el gran político del país, el diputado orgánico del 
distrito. ¿Qua le importaba á Segundo la llegada de 
semejante fantasmón? Yaspirando suavemente su ci- 
garro, se abstrajo del ruido de la disputa. Después 
se embebió en la lectura de la Hoja de El ¡mparcial, 
donde elogiaban mucho á un poeta principiante. 

Entretanto se enredaba la partida de tresillo. 

El boticario, situado á espaldas del alcalde, le daba 
consejos. Comprometido y árduo caso: un solo de es- 
tuche menor; la contra reunida toda en el estanquero 
yenD. Fermín: cogían en medio al hombre: posición 
endiablada. Era el alcalde de esos viejos séquitos, 
gastadítos como un ochavo, muy tímidos, que antes 
de hacer una jugada la piensan cien años, calculando 
todas las contingencias y todas las combinaciones 
posibles ele naipes. Ya no quería él echar aquel solo 
¡qué disparate! Pero el impetuoso Agonde le había 



5 8 



EL CISNE DE VILAMORTA 



impulsado, diciendo: — Vaya, lo compro. — Puesto en 
el disparadero, el alcalde se decidió, no sin protes- 
tar. 

— Bueno, lo jugaremos... Una calaverada, seño- 
ros. Para que no digan que me amarro. 

Y sucedía todo la previsto; hallábase entre dos 
fuegos: de un lado le fallan el rey de copas; de otro 
le pisan la sota de triufo aprovechando el caballo; 
D. Fermín se mete en bazas sin saber cómo, mien- 
tras el estanquero, con sonrisa maliciosa, guarda su 
contra casi enterita. El alcalde levanta hacia Agonde 
los ojos suplicantes, 

— ¿No se lo decía yo á V.? ¡En buena nos hemos 
metido! Va á ser codillo, codillo cantado. 

—No, hombre, no... es V. un mandria, que se apu- 
ra por todo... Está V. ahí jugando con más miedo 
que si le apuntasen con una escopeta... ¿ Arrastrar, 
arrastrar! Los chambones siempre se mueren de in- 
digestión de triunfos. 

Los adversarios se guiñaban el ojo maligna- 
mente. 

— De posita non tibit, exclamó estanquero. 
— S¿ codillum non fesultabit, corroboró D. Fer- 
mín. 

Sintió el alcalde un escalofrió en el mismo bulbo 
capilar, y, por consejo de Agonde, resolvióse á mi- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



39 



rar lo que iba jugado, enterándose de las bazas de 
los compañeros y contando los triunfos. Tropiezo y 
el estanquero refunfuñaron. 

— ¡Qué manía de lenvantarles las faldas á los 
naipes! 

El alcalde, algo más sereno, determinó por fin sa- 
lir de dudas, suspiró y en algunos arrastres briosos 
y decisivos se resolvió la jugada, quedando todos 
iguales, á tres bazas cada uno. 

— La de los sabios, dijeron casi á un tienpo estan- 
quero y médico. 

— ¿ Lo vé V. ? Poniéndose la peor del mundo no 
le han dado codillo; observó Agonde. Para hacer la 
puesta, se necesitaron requisitos, . . 

Tenia á todos suspensos el interés palpitante de la 
jugada, menos á Segundo, absorto en una de las pere- 
zosas meditaciones en que el bienestar del cuerpo 
acrecienta la actividad de la fantasía. Llegaban á sus 
oídos las voces de los jugadores como lejano murmu- 
llo: él estaba á cien leguas de allí: pensaba en el artí- 
culo del periódico, del cual se le habían quedado 
grabadas en la memoria ciertas frases especialmente 
encomiásticas, hisopazos de miel con que el crítico 
disimulaba los defectos del poeta elogiado. ¿ Cuándo 
le llegaría su turno de ser juzgado por la prensa ma- 
drileña? Sábelo Dios»,. Prestó atención á lo que s§ 
hablaba, 



4 o 



EL CISNE DE VILAMORTA 



— Hay que darle siquiera una serenata, declara- 
ba Genclay. 

— ¡Hombre. . . una serenata! respondió Agonde: 
¡gran cosa! Algo más que serenata: hay que armar 
cualquier estrépito por la calle; una especie de mani- 
festación, que pruebe que aquí el pueblo es suyo. . . 
Habrá que nombrar una comisión, y recibirle con 
mucho cohetes y la música á todas horas... Que ra- 
bien esos cazurros de doña Eufrasia. 

El nombre de la otra botica produjo una explo- 
sión de bromas, chistes y pateaduras. Hubo comen- 
tarios. 

— ¿ No saben ustedes? interrogó el socarrón de 
Tropiezo, parece que á doña Eufrasia le ha escrito 
Nocedal una carta muy fina, diciéndole que él repre- 
senta á D. Cárlos en Madrid y que ella por sus méri- 
tos debe representarle en Vilamorta. 

Carcaj as homéricas, algazara general. Habla Gen- 
day el escribano. 

—Bueno, eso será mentira; pero es verdad, una 
verdad como un templo, que doña Eufrasia le remitió 
á D. Cárlos su retrato con dedicatoria. 

— ¿Y la partida? ¿Señalaron el día en que ha d c 
levantarse? 

— ¡Vaya! Dice que la mandará el abad de Lu- 
brego. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



4 i 



Se duplicó el regocijo de la tertulia, porque el 
abad de Lubrego frisaba en los setenta y se hallaba 
tan acabadito, que á duras penas podía tenerse sobre 
la muía. Entró en la botica un chiquillo, columpian- 
do un frasco de cristal. 

— ¡D. Saturnino! chilló con voz atiplada. 

— A ver, hombre; contestó el boticario reme- 
dándole. 

— Déme á lo que esto huele. 

—Quedamos enterados. . . murmuró Agónde arri- 
mando el frasco á la nariz. ¿A qué huele, don Fer- 
mín? 

— Hombre... es así como... láudano, ¿he? ó ár- 
nica. 

—Vaya el árnica, que es menos peligrosa. Dios íe 
la depare buena. 

—Son horas de recogerse, señores, avisó el aboga- 
do García consultando su cebolla de plata. Genday 
se levantó también, y le imitó Segundo. 

Los tresillistas se enfrascaron en hacer cuentas y 
liquidar las ganancias céntimo por céntimo, esco- 
giendo fichas blancas y fichas amarillas. Al pisar la 
calle recibíase grata impresión de frescura; estaba la 
noche entre clara y serena; los astros despedían luz 
cariñosa, y Segundo, en quien era inmediata la per- 
cepción de la poesía exterior, sintió impulsos de 



42 



el cisne de vilamor re- 



plantar á su padre y tío, y marcharse carretera ade- 
lante, solo como de costumbre, á gozar tan apacible 
noche. Pero su tíoGenday se le colgó del brazo. 

— Rapaz, estás de enhorabuena. 

— ¿De enhorabuena, tío? 

— ¿Tú no rabias por salir de aquí? ¿tú no quieres 
volar á otra parte? ¿tú no le tienes tirria al bufete? 

— Hombre, intervino el abogado: él que ya es loco 
y tú que le revuelves la cabeza más 

— ¡Calla, tonto! D. Victorino viene le presentamos 
al chico y le pedimos la colocación... Y la ha de dar 
buena, que aunque él se figure otra cosa, si nonos 
complace, le costará la torta un pan. . . No está el 
distrito como él piensa, y si los que le sostenemos 
nos acostamos, se la juegan de puño los curas. 

— ¿Y Primo? ¿Y Méndez de las Vides? 

— No pueden con ellos... El día menos pensado 
les dan un desaire, me los dejan en una vergüenza... 
Pero tú muchacho... Míralo bien: ¿note lleva afi- 
ción por la abogacía? 

Segundo se encogió de hombros, sonriéndo. 

— Pues discurre. . .así, á ver que te convendría 
más. . ."Porque algo has de ser; en alguna parte has 
de meter la cabeza. ¿Te el gustaría un jnsgado entra- 
da? ¿un destino en el ramo de correos? ¿en alguna 
oficina! 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



43 



Estaban dando la vuelta á la plazoleta para acercar- 
se á casa de García, y al pasar por delante del balcón 
de Leocadia, el aroma de los claveles penetró hasta el 
cerebro ele Segundo. Experimentó una reacción poé- 
tica, y dilatando las fosas nasales para/ecojer la fra- 
gancia, exclamó: 

— Ni juez, ni empleado en correos. . .Déjeme de 
eso, tio. 

— No porfíes, Clodio, dijo ágriamente el abogado. 
Éste no quiere ser nada, nada, más que un solemne 
holgazán, y pasarse la vida echando borroncitos en 
papelitos. . . Ni más ni ménos. Allá van los cuartos 
de la carrera, todo lo que gasté; alia van el Instituto 
la Universidad, la pechera, el levitin, la botita fla- 
mante; y luego, cuando uno piensa que los tiene ha- 
bilitados, vuelta á cargar sobre las costillas de uno... 
á fumar y á comer á su cuenta. . . Sí señor. . . Yo 
tengo tres, tres hijos para gastarme y chuparme el ju- 
go, y ninguno para darme ayuda. . . Así son estos 
señoritos. . . ¡vaya! 

Segundo, parado y con las facciones contraidas, 
se retorcía la punta del bigotillo. Todos se detuvie- 
ron en la esquina de la plazoleta, como suele suceder 
cuando una plática se enzarza. 

— No sé de dónde saca V. eso, papá... declaró el 
poeta. ¿Usted se figura que me he propuesto no pasar 



44 



EL CISNE DE VÍLAMORTA 



de Segundo García, el hijo del abogado? Pues se 
equivoca mucho. Ganas tendrá V. de librarse del 
peso que le hago; pero más aún tengo yo de no ha- 
cérselo 

— ¿Y luego, á qué aguardas? El tio te está propo- 
niendo mil cosas y no te acomoda ninguna. ¿Quieres 
empezar por Ministro! 

"El poeta dió nuevo tormento á su bigote. 

— No hay que cansarse, papá. Yo haría muy mal 
empleado en correos y peor juez. No me quiero suje- 
tar al ingreso en una carrera dada, donde todo esté 
previsto y marche por sus pasos contados... Para eso 
sería abogado como usted ó escribano como el tío 
Genday. Si realmente cogemos á D. Victoriano de 
buen talante, pídanle ustedes para mi cualquier cosa 
un puesto sin rótulo, que me permita residir en Ma- 
drid... Yo me las arreglaré después. 

— Te las arreglarás... Sí, sí, bien hablas... 

— Me girarás letritas, ¿eh? como tu hermano él de 
Filipinas. . . Pues sírvate de gobierno que nopue- 
do. . . . que no robé lo que tengo, ni íabrico mo- 
neda. 

— Si yo nada pido, gritó Segundo con salvaje có- 
lera. ¿Le estorbo á V.? Pues sentaré plaza ó me lar- 
garé á América. . . Ea, se acabó. 

— No, dijo el abogado calmándose. . . Siempre que 
no exijas más sacrificios. . . 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



41 



— -Ninguno. . . ¡así me muriese de hambre! 

Abrióse la puerta del abogado: la vieja tía Gaspara, 
en refajos, hecha un vestiglo, salió á abrir; traía un 
pañuelo de algodón tan encima del rostro, que no se le 
distinguían las hurañas facciones. Segundo retrocedió 
ante aquella imagen de la vida doméstica. 

— ¿No entras? interrogó su padre. 

— Voy con el íio Genday. 

— ¿Vuelves pronto? 

— En seguida. 

Tomó plazoleta abajo y explicó sus proyectos á 
Genday. Este, chiquitín y fosfórico de genio, se agita- 
ba como una lagartija, aprobando. No le desagrada- 
ban á él las ideas de su subrino. Su cabeza activa y 
organizadora, de agente electoral y escribano mañe- 
ro, admitía mejor los planes vastos que la cabeza me- 
tódica del abogado García. Quedaron tío y sobrino 
muy conformes en el modo de beneficiar el influjo de 
don Victoriano. Charlando así, llegaron á casa de 
Genday, y la criada de éste, mocita guapa, le abrió 
la puerta con toda la zalamería de una fámula de sol- 
terón incorregible. En vez de volverse á su domicilio., 
Segundo, preocupado y exitado, bajó á la carretera, 
se detuvo en el primer soto de castaños, y sentándo- 
se al pié de una cruz de madera que allí dejaron los 
jesuítas durante la última misión, se entregó al pa- 



4 6 



EL CISNE DE VILAMORTA 



satiempo inofensivo de contemplar los luceros, las 
constelaciones y todas las magnificencias siderales. 

IV 

urante Jas pesadas siestas de Vilamorla, 
mientras los agüistas digerían sus vasos de 
agua mineral y compensaban la madrugo • 
na con un letargo reparador, los músicos aficionados 
de la banda popular ensayaban las piezas que pronto 
ejecutarían reunidos. De la tienda del zapatero salían 
trinos melancólicos de flauta: en la del panadero reso- 
naban briosas y marciales notas de cornetín: en el es- 
tanco gemía un clarinete: por el almacén de paños 
vagaban los ahogados suspiros de un figle. Los que 
así se consagraban al culto de Euterpe eran depen - 
dientes de comercio, hijos de íamilia, el elemento jo- 
ven de Vilamorta. Semejantes fragmentos de melodía 
brotaban con penetrante sonoridad de entre la pe- 
rezosa y cálida atmósfera. Cuando se esparcí-; la 
nueva de que dentro de veinticuatro horas llegaba D m 
Victorano Andrés de la Comba y su familia, para salir 
inmediatamente á las Vides, estaba la charanga su- 
mamente afinada y acorde ya, dispuesta á atronar 
con tandas de valse, dancitas y pasos dobles los 
oídos del insigne varón. 




BÍDLiOTECA DE «LA ESPAÑA» 47 



Notosé enla villa movimiento desacostumbrado. La 
casa de Agonde se abrió, ventiló y barrió, saliendo 
por sus ventanas nubes de polvo: la hermana de 
Agonde se asomó poco después, peinada en flequillo 
y con un collar de caracoles nacarados. El ama del 
cura de Cebre, guisandera famosa, daba vueltas en la 
cocina, y se oía el sonsonete del almirez y el chirriar 
del aceite. Dos horas antes de las cinco, á que llega el 
coche de Orense, miden ya la plaza las notabilidades 
calificadas del partido combista-radical, y Agonde es- 
pera en el umbral de su botica, habiendo sacrificado 
á la solemnidad de la ocasión su clásico gorro y chi- 
nelas de terciopelo, y luciendo botas de charol y levi- 
ta inglesa, que le hace parecer más corto de cuello y 
más barrigudo. 

Entrabad coche de Orense por la parte del soto, y 
al resonar sus cascabeles y campanillas, el trote de sus 
ocho muías y jacos y el carranqueo de su pesada 
mole, los vecinos de Vilamorta se colgaron de los bal- 
cones, se asomaron á los portales; sólo la botica reac- 
cionaria permaneció cerrada y hostil. Al desembocar 
el gran armatoste en la plaza, agitáronse los grupos, 
varios chiquillos descalzos, treparon al estribo pidien- 
do un ochavo en plañidera voz; las 1 ruteras de los 
soportales se incorporan para mejor ver, y únicamen- 
te Cansín el tendero de paños, con las manos metidas 



EL CISNE DE VILAMORTA 



en los bolsillos y en babuchas, prosiguió recorriendo 
su almacén de arriba abajo, afectando olímpica in- 
diferencia. Refrenó el mayoral el tiro, diciendo en 
tono conciliador á una muía resabiada: 

— Eeeeeeh... Bueno ya, bueno ya, Canóniga... 
Estalló la charanga, formada ante el ayuntamiento 
en ensordecedor preludio y el primer cohete salió 
pitando, despidiendo chispas... Lanzóse el grupo en 
masa hacia la portezuela para ofrecer la mano, el 
brazo cualquier cosa... Y bajaron trabajosamente una 
señora gruesa, un cura con las sienes abrigadas por 
un pañuelo de algodón á cuadros... Agonde, con más 
risa que enojo, hizo señas á la charanga y á los co- 
heteros de que cesen en su faena. 

— ¡No viene aún! ¡No viene aún! gritaba. En efec- 
to, no traía más gente el ómnibus. El mayoral se 
deshizo en explicaciones. 

— Vienen ahí, á dos pasos, como quien dice... En 
el coche del conde de Vilai\ . . En la carretela .. . 
Por causa de la señora. . . Yo aquí traigo el equipa- 
je. . . Y pagaron los asientos como si los ocupasen.. . 

No tardó en escucharse el trote acompasado y ge- 
melo del [tronco del conde de Vilar, y la carretela 
descubierta, de arcáica forma, penetró majestuosa- 
mente en la plaza. Recostábase en el íondo un hom- 
bre envuelto, á pesar del calor, en un abrigo de pa- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



49 



ño: á su lado una mujer con impermeable de dril gris 
destacaba sobre el puro azul del cíelo el ala capricho- 
sa de su sombrero de viaje. En el asiento delantero, 
una nif . como de diez años, y una mademolselle, 
especie de aya-niñera uítrapirenáica. Segundo que 
al llegar la diligencia se había quedado atrás, no 
aproximándose al estribo, esta vez anduvo menos 
reacio, y la mano que, cubierta con largo guante de 
Suecia se tendía pidiendo apoyo, encontró otra ma- 
no de presión enérgica y nerviosa. La señora del mi- 
nistro miró con sorpresa al galán, le hizo un saludo 
reservado, y tomando el brazo que la brindaba 
Agonde, entró á buen paso en la botica. 

Tardó más en bajarse el hombre político. Sorpren- 
didos le miraban su partidarios. Había variado mu- 
cho desde su última estancia en Vilamorta — ocho ó 
diez años antes, en plena revolución. — Su pelo gris 
pizarra, más blanco en las sienes, realzaba la amari- 
llez de la piel; amarillo también y con estrías de san- 
gre tenía lo blanco del ojo; y su semblante, arado y 
marchito, mostraba impresas en signos visibles las 
zozobras de la lucha social, las vicisitudes de la ban- 
ca política y los sedentarios trabajos del foro. Su 
cuerpo estaba desgonzado, faltándole el aplomo, la 
actitud que revela el vigor físico. No obstante, cuan- 
do menudearon los apretones de manos, cuando los 



ÉL CISNE DE VILÁMORTA 



tanto bueno... por fin... al cabo délos años mil... 
resonaron en torno con halagüeño murmullo, el gla- 
diador exánime recobró fuerzas, se irguió, y una 
amable sonrisa dilató sus secos labios, prestando 
grata expresión á la ya severa boca. Hasta abrió los 
brazos á Genday, que se agitó en elllos con coleteos 
de anguila, y dió palmadícas en los hombros del al- 
calde. García el abogado trataba de hacerse visible y 
destacarse del grupo, murmurando con el tono grave 
de quien emite parecer sobre cosas muy peliagudas: 
— Vaya, ahora arriba, arriba, á descansar; á to- 
mar algo... 

Por fin el remolino se aquietó subiendo á la botica 
el personaje, y tras él García, Genday, el alcalde y 
Segundo. 

En la salita de Agonde tomaron asiento, dejando 
respetuosamente á D. Victoriano el sofá de rep gro- 
sella, y formando en torno suyo un semicírculo de 
sillas y butacas. A poco rato aparecieron las señoras 
ya sin sombrero, y entonces pudo verse que la de 
Comba era linda y fresca, pareciendo mas que ma- 
dre hermana mayor de la niña. Esta, con su copiosa 
mata de pelo tendida por la espalda, su seriedad de 
mujercita precoz, tenía aspecto triste, de arbolillo 
ético; mientras su mamá, rubia risueña, ostentaba 
gran lozanía. Hablóse del viaje, délas feraces orillas 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» f I 

del Avieiro, del tiempo, del camino; la conversación 
enfriaba, cuando entró oportunamente la hermana de 
Agpnde, precediendo al ama del cura, cargada con 
dos enormes bandejas donde humeaban jicaras de' 
chocolate, pues de cena no entendían los huéspedes. 
Con depositarlo sobre el velador, servirlo, repartirlo 
se animó la reunión. Los vílamortanos. encontrando 
asunto adecuado á sus facultades oratorias, empeza- 
ron á instar á los forasteros, á encomiar las excelen- 
cias de los manjares, y, llamando por su nombre de 
pila á la señora de Comba y agregando un cariñoso 
diminutivo al de la niña, se deshicieron en exclama- 
ciones y preguntas. 

— Nieves, ¿está el chocolate á su gusto? 

—¿Acostumbra á tomarlo claro ó espeso? 

— Nieves, este pellizco de bizcocho maimón por 
mí: es una cosa superior, que sólo acá sabemos ha- 
cer. 

— Victoriniña, vamos, á perder la vergüenza: esta 
manteca fresca sabe mucho con el pan caliente. 

— ¿Un pedacito de esponjado tostado? ¡Ajajá! De 
esto no hay por Madrid, ¿he? 

—No, contestaba la voz clarita y remilgada de la 
niña... En Madrid tomábamos con el chocolate bu- 
ñuelos y churros. 

—Aquí no se estilan buñuelos, sino bizcochitos... 



EL CISNE DE VILAMORTA 



De esto de encima, délo dorado... Eso no es nada : 
un pajarito lo pica... 

r i erció en el debate D. Victoriano, encareciendo el 
pan: él no podía comerlo; se lo habían prohibido en 
absoluto, pues su enfermedad le vedaba las féculas y 
los" glútenes, hasta el extremo de que solían enviarle 
de Francia unas hogazas preparadas ad hoc, sin nin- 
gún elemento glucogénico; y al decir esto, volvióse 
hacia Agonde, que aprobó, mostrando entender el 
termínillo. Y sen tía doblemente don Victoriano la 
veda, porque nada encontraba comparable al pan de 
Vilamorta: mejoren su género que el bizcocho, sí 
señor. Reíanse los vilamortanos, muy lisonjeados en 
su amor propio; más García, meneando sentenciosa- 
mente la cabeza, explicó que ya el pan decaía; que no 
era como en otros tiempos, y que sólo el Pellejo, el 
panadero de la plaza, 'lo amasaba á conciencia, te- 
niendo la santa cachaza de escoger el trigo grano 
por grano, y no admitir ninguno picado del gorgo- 
jo; así resulba tan sabroso el mollete y con tanta li- 
ga. Se discutió si debía ó no tener ojos el pan, y si 
caliente era indigesto. 

Don Victoriano, reanimado por estas mínimas vul- 
garidades, hablaba de su niñez de los zoquetes de 
pan untado con manteca ó miel que le daban de me- 
rienda; y al añadir que también solía su tío el cura 



BIBLIOTECA DE' «LA ESPAÑA» $¿ 



administrarle buenos azotes, volvió la sonrisa á sua- 
vizar las hundidas líneas de su rostro. Dulcificábase 
su fisonomía con aquella efusión, borrándose los años 
de combatey las cicatrices de las heridas, y luciendo 
un reflejo de la juventud pasada. ¡Qué ganas tenía 
de volver á ver en las Vicies un emparrado del cual 
mil veces robara uvas allá cíe chiquillo! 

— Aún las ha de robar usted ahora, exclamó {es- 
tivamente Cloclio Genday. Ya le diremos al señor de 
las Vides que ponga un guarda en la parra del 
Jaén. 

Celebróse el chiste con hilaridad suprema, y la 
niña soltó su risilla aguda ante la idea de que robase 
uvas su papá. Segundo no hizo más que sonreírse. 
Tenía los ojos fijos en D. Victoriano y pensaba en su 
destino. Repasaba toda la historia del personaje; á la 
edad de Segundo era también D. Victoriano un os- 
curo abogaduelo, enterrado en Viiamorta, ansioso de 
romper el cascarón. Se había ido á Madrid, donde 
un jurisconsulto de fama le tomó de pasante. El ju- 
risconsulto picaba en político y D.Victoriano siguió sus 
huellas. ¿Cómo empezó á medrar? Espesas tinie- 
blas en torno de la génesis. Unos decían erres y otros 
haches. Viiamorta se le encontró, cuando menos se 
percataba, candidato y diputado: ya frisaría por en- 
tonces en los treinta y cinco, y se exageraba su talen- 



EL CISNE DE VILAMORTA 



to y porvenir. Una vez de patitas en el Congreso, 
creció la importancia de D. Victoriano, y cuando vi- 
no la Revolución de Setiembre, le halló empinado 
asaz para improvisarle ministro. El breve ministerio 
no le dió tiempo á gastarse ni á demostrar especiales 
dotes, y, casi intacto su prestigio, le admitió la 
Restauración en un gabinete fusionísta. Acababa de 
soltar la cartera y venía á reponer su quebrantada 
salud al país natal, donde su enfluencia era incontes- 
table y robusta, gracias al enlace con la ilustre casa 
de Méndez de las Vides... Segundo se preguntaba si 
colmaría sus aspiraciones la suerte de D. Victoriano. 
Don Victoriano tenía dinero; acciones del Banco y 
de vías férreas, en cuyo consejo de administración 
figuraba el hábil jurisconsulto... Enarcó desdeñosa- 
mente las cejas nuestro versificador, y miró á la es- 
posa del ministro: aquella gentil beldad no amaba, 
d3 seguro, á su dueño. Era hija del segundón de las 
Vides, un magistrado: se casaría alucinada por la 
posición. ¡Vive Dios! El poeta no envidiaba al polí- 
tico. ¿Por qué se habría encumbrado aquel hombre? 
¿Qué extraordinarias dotes eran las suyas? Difuso 
orador parlamentario, ministro pasivo, algo de ca 
pacidad forense.. Total, una medianía... 

Mientras elaboraba estas ideas el cerebro de Segun- 
do, la señora de Comba se entretenía en desmenu- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» $ j 

zar los trajes y fachas de los presentes. Analizó, con 
los ojos entornados, todo el atavío de Carmen Agon- 
de, embutida en un corpiño azul fuerte, mu)' justo, 
que arrebataba la sangre á sus mejillas pictóricas. 
Bajó después la burlona ojeada á las botas de charol 
del farmacéutico, y volvió á subir hasta los dedos de 
Glodio Genday, eulotados por el cigarro, y el chaleco 
de terciopelo á cuadritos morados y blancos del abo- 
gado García. Por ultimóse posó en Segundo, investi- 
gando algún pormenor de indumentaria. Pero la re- 
chazó como un escudo otra mirada fija y ardiente. 

V 

gonde madrugó y bajó temprano á la boti- 
ca, dejando á sus huéspedes entregados al 
sueño, y á Cármen encargada de meterles, 
apenas se bullesen, el chocolate en la boca. Quería el 
boticario gozar del efecto producido en el pueblo por 
la estancia de don Victoriano. Recostábase en el di- 
ván de gutapercha, cuando vió cruzar á Tropiezo, 
caballero en su parda mulita, y le holeó: 

—Hola, hola... ¿A dónde se va tan de mañana? 
— A Doas, hombre... Me hace falta todo el tiem- 
po. Y al afirmarlo, el médico se apeaba, atando su 
montura á una argolla incrustada en la pared. 
— ¿Es tan apurada la cosa? 




^6 EL CISNE DE VILAMORTA 



— ¡Tssss! La vieja, la abuela de Ramón el dulce- 
ro... Sí dice que ya está sacramentadiña. 

— ¿Y le mandan el recado ahora? 

No: si ya fui ayer... y le puse dos docenas de san- 
guijuelas que sangraron á tutiplén... Parecía un ca- 
brito... Quedó muy débil, hecha una oblea... Puede 
que si en vez de sanguijuelas le doy otra cosa que 
pensaba... 

— Vamos, un tropiezo, interrumpió Agonde mali- 
ciosamente. 

—En la vida todos son tropiezos... repuso el mé- 
dico encog iéndose de hombros. ¿Y por arriba? añadió 
mirando al techo. 

— Como príncipes... roncando. 
—¿Y. .. él... qué tal? silabeó D. Fermín bajando 
la voz. 

— ¿El?. pronunció Agonde imitándole.*,. Así... así., 
¡algo viejo! Con mucho pelo blanco... 

— Pero, lúe go qué tiene, vamos á ver? Porque es- 
tar, está enfermo. 

— Tiene... una emfermedad nueva, muy rara, de 
las de última moda... Y Agonde sonreía picaresca- 
mente. 

—¿Nueva? 

Agonde entornó los ojos, pegó la boca al oído de 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» ^ 

Tropiezo y articuló dos palabras, un verbo y un sus- 
tantivo. 
— ...azúcar. 

Soltó Tropiezo fuerte risotada; de pronto se quedó 
muy serio y se frotó repetidas veces la nariz con el 
dedo índice. 

—-Ya sé, ya sé, declaró enfáticamente. . . Hace po- 
co que leí de eso... Se llama... aguarde, hom...¿í/... 
diabetes sacarina, que viene de sdcaro, azúcar... y 
de... ¡Justamente las aguas de aquí y otras de Fran- 
cia son las únicas para curar ese [mal! Si bebe unos 
vasitos de la fuente, tenemos hombre. 

Emitía Tropiezo su dictamen apoyándose en el 
mostrador, sin acordarse ya de la mulita, que patea- 
ba á la puerta. Guiñando un ojo, preguntó de re- 
pente: 

— Y la señora ¿qué dice del mal del marido? 
— ¡Qué ha de decir, hombre! No sabrá q^ie es ce 
cuidado. 

Una mueca de indescriptible y grosera burla me- 
tamorfoceó la cara inexpresiva del médico; miró á 
Agonde, y ahogando otra explosión de risa, dijo: 

— La señora... ¡Si que la señora no lo sabrá! ¿Us- 
ted leyó los síntomas del mal? Pues justamente... 

— ¡Chsst! atajó furioso el boticario. Toda la fami- 
lia Comba hacia irrupción en la botica por el postigo 



58 



EL CISNF DE VILAMORTA 



del portal. Madre é hija formaban lindo grupo, am- 
bas de enormes pamelas de paja tosca, adornadas con 
un lazo colosal del lanilla color luego; sus trajes de 
tela cruda, bordados con trencilla roja, completaban 
lo campestre del atavio, semejante á un ramillete de 
amapolas y heno. Colgábale á la niña su rica mata 
de pelo oscuro, y á la madre se le embrollaban las 
crenchas rubias bajo la sombra del ala del sombrero. 
No llegaba Nieves guantes, ni en su tez se veían 
rastros de polvo de arroz, ni de oíros artificios de 
tocador, imputados iu justamente por las provincia - 
ñas á las madrileñas: al contrario, se notaban en las 
rosadas orejas y cuello señales de enérgico lavato- 
rio y fricciones de tohalla. En cuanto á D. Victoria- 
no, la luz matinal revelaba mejor la devastación 
de su semblante. No estaba, conforme al dicho de 
Agonde, viejo: lo que allí se aivertía era la virilidad, 
pero atormentada, exhausta, herida de muerte. 

— ¡Jesús, María! Ustedes han tomado chocolate? 
preguntaba Agonde confuso. 

— No, amigo Saturnino... ni lo tomamos, con per- 
miso de V., hasta volver... No pase V. cuidado por 
nosotros... Victorina le ha saqueado á V. la alacena 
el aparador... 

Entreabrió la niña un pañuelo que llevaba atado 
por las cuatro puntar», descubriendo una. hacina di- 
pan, bizcocho y queso del paí§ 4 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



)9 



— Al menos les bajaré un queso entero... Iré á ver 
si hay pan fresco de ahora mismito. . . 

No quería D. Victoriano; por Dios, que no le qui- 
tasen el gusto de irse á desayunar á la alameda de 
lás aguas, igual que de muchacho. Agonde observó 
que no eran sanos para él tales alimentos; y al oirlo 
Tropiezo, se rascó una oreja y murmnró con escépti- 
co tono: 

-Bah, bah, bah . . . Le son cosas de ahora, nove- 
dades. . . Lo sano para el cuerpo ¿se hacen de cargo? 
es lo que el cuerpo pide y reclama ... Si al señor le 
apetece el pan. . . Y para su enfermedad, señor D. 
Victoriano, ya no hay como estas aguas. No sé á 
qué va la gente á dar cuartos á los lranchutes cuando 
aquí tenemos cosas mejores. 

El ministro miró ^Tropiezo con vivo interés. Acor- 
dábase de su última consulta á Sánchez del Abrojo y 
del fruncimiento de labios con que el docto faculta- 
tivo le habia dicho: «Yo le mandaría á V. á Garlsbad 
ó á Vichy . . . pero no siempre están indicadas las 
aguas .... A veces precipitan el curso natural de las 
afecciones . . . Descansar algún tiempo y observar 
régimen: veremos como vuelve V. en Otoño . . . » 
¡Qué diablo ele cara tenia Sánchezdel Abrojo al hablar 
así! Una fisonomía reservada, de esfinge. La afirma- 
ción explícita de Tropiezo despertó en D. Victoriano 



ÓÓ EL GÍSNS DE VILAMO&ÍA 

tumultuosas esperanzas. Aquel practicón de aldea 
debía saber mucho por experiencia: más acaso que, 
que los orondos doctores cortesanos. 

— Vamos, papá, suplicaba la niña tirándole de la 
manga. 

Emprendieron el camino. Vilamorta, madruga- 
dora de suyo, vivia más activamente entonces que 
por la tarde. Abiertas se hallaban las tiendas; col- 
mados los cestos de las fruteras, Cansin, medía su al- 
macén con las manos en los bolsillos, haciéndose el 
desentendido por no saludar á Angode ni reconocer 
su triunfo; el Pellejo, muy enharinado, regatea con 
tres panaderos de Cebre, que le pedían trigo del bue- 
no; Ramón el de la dulcería tableteaba sobre el mos- 
trador con un gran tablero lleno de libras de choco- 
lote, y antes que se enfriasen del todo las marcaba 
con un hierro rápidamante. 

Era despejada la mañanita, y ya picaba más de lo 
justo el sol. La comitiva, engrosada con García y 
Genday, se internó por huertecillas y maizales hasta 
el ingreso déla alameda. Exhaló D. Victoriano una 
exclamación de júbilo. Era la misma hilera doble de 
olmos, alineada sobre el río, el espumante y retozón 
Avieiro, que se escurría á borbotones, en cascaduelas 
mansas, con rumor gratísimo, besándolas peñas gas- 
tadas y lisas por el roce déla corriente. Reconociólos 



BIBLIOTECA DK *U %$PkÍA» 6t 



espesos mimbrerales; recordó iodo el saadoso ayer, y, 
conmovido, se apoyó en el parapeto de la alameda* 
Encontrábase el lugar casi desierto; media docena, á 
lo sumo, de mustios y biliosos agüistas, daban vuel- 
tas por él con lento paso, hablando en voz queda de 
sus padecimientos, eructando el bicarbonato de las 
aguas. Nieves reclinada en un banco de piedra, con- 
templaba el río. La niña la tocó en el hombro. 
— Mamá, el chico de ayer. 

A la otra orilla; sobre un peñasco, estaba de pié 
Segundo Garcia, distraído, con su sombrero ele pa- 
ja echado hacia atrás y la mano puesta en la cadera, 
sin duda para guardar el equilibrio en tan peligro- 
sa posición, Nieves riñó á la chiquilla. 

— No seas tontita, hija — Me has dado un sus- 
to. .. . Saluda á ese señor. 

— Es que no mira... ¡Ah! ya miró... Salúdale tú, 
mamita,.. Se quita el sombrero... va á resbalar,.. 
¡Quiál Ya está en sitio seguro... 

D. Victoriano bajaba los escalones de piedra 
que conducían á la fuente mineral. En pobre gruta 
moraba la náyade: un cobertizo sustentado en toscos 
postes, una estrecha pila de donde rebosaba el ma- 
nantial, unas pocilgas inmundas para los baños, y 
un fuerte y nauseabundo olor á huevos podridos, 
causado por el estancamiento del agua sulfurosa, era 



62 



EL CISNE DE VILAMORTA 



cuanto allí encontraba el turista exigente. Sin em- 
bargo, á D. Victoriano se le inundó el alma de pu- 
rísimo gozo. Cifraba aquella náyade la mocedad, la 
la mocedad perdida: los años de ilusiones, de espe- 
ranzas frescas como las orillitas del rio Avieiro, 
¡Cuántas mañanas habia venido á beber de la fuente 
por broma, á lavarse la cara con el agua que en el 
país gozaba renombre de poseer estupendas virtu- 
des medicinales para los ojos! Don Victoriano 
alargó ambas manos, las sumió en la corriente tibia, 
sintiéndola con fruición resbalar por entre sus de- 
dos, y jugueteando con ella y palpándola como se 
palpan las carnes de un ser querido. Pero el cuerpo 
ondeante de la náyade se le escapaba lo mismo que 
se escapa la juventud: sin ser posible"' de tenerla. 
Entonces se despertó la sed del ex-ministro. Allí al 
lado, sobre el borde de la pila, habia un vaso; y el 
bañero, pobre viejo chocho, se lo brindó con sonrisa 
idiota. Bebió D. Victoriano cerrando los ojos, con 
inexplicable placer, saboreando el agua misteriosa, 
encantada por las artes mágicas del recuerdo. Apu- 
rado el vaso, enderezóse y subió con paso firme y 
elástico la escalera. En lo alameda, Victoriano, que se 
desayunaba con pan y queso, quedó asombrada 
cuando su padre, jovialmente, la cogió del regazo 
un zoquete de pan. dicíéndolá: 
— Todos somos de Dios. 



63. 



VI 

§Y?f5% ASI íant0 como I a llegada de don Vícto- 
^HJ^S^riano, alborotó á Vilamorta la del señor de 
<*^yi^)!as Vides, en persona acompañado de su 
mayordomo Primo Genday. Ocurrió este suceso me- 
morable la tarde del día en que don Victoriano in- 
fringió las prescripciones de la ciencia, comiéndose 
media, libra de pan tierno. A las tres, con un sol de 
justicia, entraron por la plaza Genday el mayor y 
Méndez, caballero éste en una poderosa muía, y 
aquél en un mediano jaco. 

Era el señor de las Vides viejecito, seco lo mismo 
que un sarmiento. Sus mejillas primorosamente ra- 
suradas, sus labios delgados y barba y nariz aristo- 
cráticamente puntiagudas, sus ojos benévolos, mali- 
ciosos, con las mil arrugas de la pata de gallo, su 
perfil inteligente, su cara lampiña, pedían á gritos la 
peluca de bucles, la bordada chupa y la tabaquera de 
oro de los Campomanes y Arandas. Con su fisonomía 
afilada y sutil, contrastaba la ele Primo Genday. Te- 
nía el mayordomo el color blanco y sonrosado, la 
piel fina y transparente de los hemiplégicos, bajo la 
cual se ramifican inyectadas venas. De sus verdosos 



64 EL CISNE DE VILAMORTA 

ojos, el uno estaba como sujeto al párpado lacio y 
colgante, y el otro giraba, humedecido, con truha- 
nesca vivacidad. El pelo, blanco de plata, muy rizo- 
so, le daba un parecido remoto con el rey Luis Feli- 
pa, tal cual conserva su efigie el cuño de los napo- 
leones. 

Mediante una combinación frecuente en los pue- 
blos chicos, Primo Genday y su hermano Clodio mi- 
litaban en opuestos bandos políticos, poseyendo en 
el fondo una sola voluntad y caminando á idénticos 
fines. Clodio se significaba entre los radicales: Pri- 
mo era el sostén del paitido carlista, y en los casos 
de apuro, en las electorales lides, se daban la mano por 
encima de la tapia. Al resonar sobre la acera el trote 
del jaco de Primo Genday, abriéronse los balcones 
de la botica reaccionaria y dos ó tres manos se agita- 
ron en señal de bienvenida cariñosa. Primo se detuvo 
y Méndez continuó sn ruta hasta llegar al portal de 
Agonde, echando allí pié á tierra. 

Le recibieron los brazos deD. Victoriano y se per- 
dió en las honduras de la escalera. La muía se quedó 
atada en la argolla, pateando á más y mejor, mien- 
tras los curiosos de la plaza consideraban con res- 
peto los arcaicos jaeces del hidalgo, claveteados de 
plata sobre el labrado cuero, ya reluciente por el uso. 
Poco á poco fueron reuniéndose con la muía indivi- 



65 



dúos de la raza asinina y caballar, conducidos del 
diestro, y la gente los distribuyó con mucho tino. El 
jaco castaño del alguacil, de buena estampa, con su 
galápago y su cabezada de seda, sería para el minis- 
tro: de seguro. La borrica 'negra, con jamúa-sillón 
de terciopelo rojo, quién duda que para la señora. A 
la niña le darían la otra pollina blanca y mansita. 
El burro del alcalde, para la doncella. Agonde iría 
en su yegua de costumbre, la Morena, con más es- 
paravanes en los converjones que cerdas en la cola. 
A todo esto, los radicales, García, Clodio, Genday, 
Ramón, examinaban las cabalgaduras y el estado de 
los aparejos, calculando cuantas probabilidades de 
éxito ofrecía la tentativa de llegar á las Vides antes 
del anochecer. El abogado meneaba la cabeza, di- 
ciendo enfática y sentenciosamente: 

■—Mucha, mucha calma se están dando para eso... 

— ¡Y le traen á D. Victoriano el caballo del agua- 
cil! exclamó el estanquero. ¡Rínchón como un de- 
monio! Va á armarse aquí un Cristo... Tú, Se- 
gundo, ¿cuándo lo montaste. . . te hizo algo? 

— A mí, nada. . . Pero es alegre. 

— Verás, veras. 

Los viajeros salían ya y comenzó á disponerse la 
cabalgata. Las señoras se afianzaron en sus jamúas 
y los hombres se asentaron en los estribos. Entónces 

. 3 



66 EL CISNE DE VILAMORTA 

se presentó el drama anunciado por el estanquero, 
con grave escándalo y mayor retraso de la comitiva. 
No bien hubo olfateado el jaco del alguacil una hem- 
bra de su raza, empezó á sorber el aire todo descom- 
puesto, exhalando apasionados relinchos. Don Vic- 
toriano recogió las bridas, pero el rijoso animal ni 
aun sentia el hierro en la boca, y encabritándose 
primero y disparando después valientes coces y re- 
volviendo por último la cabeza para morder el muslo 
del jinete, hizo tanto que D. Victoriano, algo desco- 
lorido, tuvo por prudente apearse. Agonde, furioso 
se bajó también. 

— ¿Pero qué condenado de caballo es ese? gritó. 
A ver, pedazos de brutos. . . ¿Quién os manda traer 
el caballo del alguacil? ¡Parece que no sabéis que es 
una fiera! Usted... Alcalde... ó usted, García... 
pronto.... la muía de Requinto, que está á dos pa- 
sos.... Señor D. Victoriano, lleve usted mi yegua... 
Y ese tigre, á la cuadra con él. 

—No, le objetó Segundo... Yo lo montaré, ya 
que está ensillado. Iré hasta el crucero. 

Dicho y hecho: Segundo, provisto de una vara 
fuerte, cogió al jaco por las crines de la cerviz y de 
un salto estuvo en la silla. En vez de apoyarse en el 
estribo, apretó los muslos, mientras sacudía una llu- 
via de tremendos varazos sobre la cabeza del animal. 



kíBLÍGTECA DÉ «LA ESPAÑA» 



07 



Este, que ya se^ iba á la empinada, soltó un relincho 
de dolor, y bajó los humos, quedándose quieto, tré- 
mulo y domado. La cabalgata se puso en movimiento 
así que llegó la muía de Requinto, no sin previos 
apretones de mano, sombreradas y hasta un ¡viva! 
vergonzante, salido no sé de dónde. Tomó el cortejo 
carretera adelante, abriendo la marcha la yegua y 
muías y quedándose atrás las borricas, á cuyo lado 
iba, honesto á puras vareadas, el jaco. Ya declinaba 
el sol, dorando el polvo de la carretera, prolongaban 
su sombra los castaños, y subía de la montaña un 
airecillo regalado, portador de la humedad del rio. 

Segundo callaba. Victorina, contentísima de ir á 
lomos del borrico, sonreía, pugna en balde por 
tapar con el vestido las rótulas punti-agudas, que la 
tablilla del aparejo le obligaba á subir y descubrir. 
Nieves, reclinada en la jamúa, sostenía su sombrilla 
de encaje crudo con trasparente rosa, y al comenzar 
á andar, sacó del pecho un reloj sumamente chiquito 
y miró la hora que era. Momentos embarazosos. Por 
fin Segundo comprendió la necesidad de decir algo. 

— ¿Qué tal, Victorina? ¿Vamos bien? 

Ruborizóse la niña extraordinariamente, como si le 
preguntasen cosas muy reservadas é íntimas, y dijo 
en ahogada voz: 

— Sí, muy bien. 



68 



EL CISNE DE VILAMORTA 



— ¿A que prefería usted ir en mi caballo? Si no 
tiene usted miedo la llevo delante. 

La niña, que ya no podia estar más sofocada, bajó 
los ojos sin contestar, pero la madre, con graciosa 
sonrisa, terció en el diálogo. 

— Y diga usted, García, ¿por qué no tutea usted á 
á la chiquilla? La trata usted con un respeto... Va á 
figurarse que está ya de largo. 

— Sin su permiso no me atreveré yo á tutearla. 
— Anda, Victorma, dale permiso á este caballero... 
Encerróse la niña en el invencible mutismo de las 
adolescentes, en quienes la sensibilidad exquisita y 
temprana produce una timidez extremadamente peno- 
sa. Sus labios sonreían, y sus ojos, al mismo tiempo, 
se arrasaron en lágrimas. Mademoiselle le dijo no sé 
qué en francés, con gran suavidad; y entretanto Nie- 
ves y Segundo, riéndose confidencialmente del episo- 
dio, tuvieron expeditos los caminos déla conversación. 

— ¿A qué hora le parece V. que llegaremos á las 
Vides?... ¿Es bonito aquello?... ¿Estaremos bien allí?.. 
¿Como le sentará á Victoriano?. . .¿Que vida hare- 
mos?. . .¿Vendrá gente á vernos?. . . ¿Hay jardín?... 

— Las vides es un sitio precioso, declaró Segundo 
... Un sitio que tiene aspecto de antigüedad, aire así 
...señorial. Me gusta la piedra de armas, y una pa- 
rra magnífica, que cubre el patio de entrada, y las 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



69 



camelias y limoneros de la huerta, que tienen porte 
de medianos castaños y la vista del rio, y sobre todo 
un pinar que habla yhasta canta..., no se ría V.... 
canta, si señora, mejor que la mayor parte de los 
cantantes de oficio. ¿No lo cree V.? Pues ya lo verá. 

Nieves miró con gran curiosidad al mancebo, y 
después fingió mirar á otra parte, acordándose de la 
rápida y nerviosa piesion de mano advertirda la vís- 
pera, al bajarse del carruaje. Por segunda vez en el 
espacio de breves horas, aquel muchacho la sorpren- 
día. Nieves llevaba en Madrid una vida sumamente 
correcta, mesocrática, sin ningún incidente que no 
fuese vulgar. A misa y á tiendas por la mañana; por 
la tarde al Retiro ó á visitas; de noche, á casa de su 
padres, ó al teatro con su marido: por extraordinario 
algún baile ó cena en casa de los duques de Puente- 
ancha, clientes de don Victoriano. Guando éste obtu- 
vo la cartera, exhibió poco á su mujer. Nieves reco- 
gió unos cuantos saludos más en el Retiro, en las 
tiendas los dependientes se manifestaron más obse- 
quiosos; la duquesa de Puenteancha la hizo recomen- 
daciones llamándola monísima, y á esto se redujeron 
para Nieves los placeres del ministerio. La venida á 
Vilamorta, al país pintoresco del cual tanto le había 
hablado su padre, fué un incidente nuevo en su exis- 
tencia acompasada. Segundo le parecía un detalle ori- 



. EL CISNE DE VILÁMÓRTA 



ginal del viaje. La miraba y hablaba de un modo tan 
desusado.. Bah, aprensiones. Entre aquel chico y ella, 
nada habia de común. Una relación superficial, como 
doscientas que se encuentra uno á cada paso por 
ahí... ¿Con qué los pinos cantaban, eh? ¡Mal año 
para Gayarre! Y Nieves saurió afablemente, disimu- 
lando sus raros pensamientos, y continuó haciendo 
preguntas, á que respondía Segundo con expresivas 
frases. Acercábase la noche. De pronto la cabalgata, 
dejando el camino real, torció por una senda abierta 
entre pinares y montes. Al revolver de la vereda, 
apareció el crucero de piedra oscura, romántico, con 
sus gradas que convidaban á rezar ó á soñar senti- 
mentales desvarios. Agonde se paró allí, despidién- 
dose de la comitiva, y Segundo le imitó. 

Conforme iba perdiéndose el repiqueteo de los 
cascabeles de las borriquillas, notó Segundo una 
inexplicable impresión de soledad y abandono, cual 
si de él se alejasen para siempre personas muy que- 
ridas ó que desempeñaban en su vida importantísimo 
papel. ¡Valiente necio! se dijo á sí mismo el poeta. 
¿Qué tengo yo que ver cón esta gente, ni ella conmi- 
go? Nieves me ha convidado á ir á las Vides á pasar 
unos dias en familia. . .¡En familia! Cuando Nieves 
vuelva á Madrid este invierno, dirá de míi—Aquél 
chico del abogado, que conocimos en Vilamorta 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



7< 



— ¿Quién soy yo, qué puesto ocuparía en la casa? 
Enteramente secundario. ¡El de un muchacho á 
quién halagan porque su padre dispone devotos....! 

Mientras cavilaba Segundo, el boticario se le acer- 
caba, emparejando al fin caballo y muía. La clari- 
dad del crepúsculo mostró al poeta la plácida sonrisa 
de Agonde, sus bermejos carrillos repujados por el 
bigote lustroso y negro, su expresión de sensual 
bondad y epicúrea beatitud. ¡Envidiable condición 
la del boticario! Aquel hombre era feliz en su cómo- 
da y limpia farmacia, con su amistosa tertulia, su 
gorro y sus zapatillas bordadas, tomando la vida co- 
mo se toma una copa de estomacal licor, paladeada 
y digerida en paz y en gracia de Dios y en buena 
armonía con los demás convidados al banquete de la 
existencia. ¿Por qué no había de bastarle á Segundo 
lo que satisfacía á Agonde plenamente? ¿De dónde 
procedía aquella sed de algo que no era precisamente 
ni dinero, ni placer, ni triunfos, ni amoríos, y de 
todo tenía y todo lo abarcaba y con nada había de 
aplacarse quizás? 

— Segundo. 

— ¿Eh? contestó volviendo la cabeza hacía Agonde. 
—Chico ¿vas bien callado! ¿Qué te parece del mi- 
nistro? 

—¿Qué quieres que me parezca? 



72 



EL CISNE DE VILAMORTA 



— ¿Y la señora ? Vamos, que á esa la habrás 

reparado — ¡Lleva medias negras de seda, cómo los 
curas! Al tiempo de subirse á la borrica.... 

— Voy á pegar un escape hasta Vilamorta. ¿Te 
animas, Saturno? 

— ¿Escapes en esta muía? ¡Llegaría con las tripas 
en la boca! Corre tú, sí te lo pide el cuerpo. 

Cosa de medía legua galoparía el jaco, instigado 
por la vara del jinete. Al aproximarse á la encañada 
del rio, Segundo lo puso otra vez al paso; un paso 
muy lento. Ya apenas se veía, y el frescor del Avieiro 
subía más húmedo y pegajoso. Segundo recordó que 
llevaba dos ó tres días sin poner los piés en casa de 
Leocadia. De seguro que la maestra se consumía, llo- 
raba y le aguardaba á todas horas. Esta idea fué al 
pronto bálsamo para el espíritu ulcerado de Segundo 
¡Le quería tanto Leocadia! ¡Era tan extraordinaria 
su alegría, tan vivas sus demostraciones al verle en- 
trar! ¡La conmovían tanto las palabras y los versos 
del poeta! ¿Y á él por que no se le pegaba el entu- 
siasmo? De un amor tan ilimitado y absoluto, Segun- 
do no se había dignado nunca recoger ni la mitad; y 
de las bellas caricias cantadas por la musa, elegía él 
para Leocadia las menos líricas, las menos soñado- 
ras; asi como el dinero que llevamos en el bolsilífc 
apartamos el oro y la plata, dejando para los pobres 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



importunos la calderilla, el ochavo mas roñoso. Se- 
gundo regateaba los tesoros de la pasión. Mil veces le 
sucedía, paseando por el campo, recojer en el som- 
brero cosecha de violetas, jacintos silvestres, ramas 
floridas de zarza mora; y al llegar al pueblo, arroja- 
ba al rio las flores, por no llevárselas á Leocadia. 

VII 

l paso que distribuía la tarea á las niñas, 
diciendo á una: «Ese dobladillito bien de- 
recho»; y á otra: «El pespunte más igual, 
la puntada mas menuda»; y á esta: «No hay que so- 
narse al vestido, sino al pañuelo»; y á la de más 
allá: «No patees mujer, estáte quietecita»; Leocadia 
volvía de tiempo en tiempo los ojos hácia la plazuela, 
por si á Segundo le daban ganas de pasar. Ni ras- 
tro de Segundo. Las moscas, zumbando, se posa- 
ron en el techo para dormir; el calor se aplacó; vino 
la tarde, y se marcharon las chiquillas. Sintió Leo- 
cadia profunda tristeza, y sin cuidarse de arreglar 
su habitación se íué á su alcoba y se tendió sobre 
su cama. 

Empujaron suavemente la vidriera, y entró una 
persona que pisaba muy blandíto. 
— Mamá, dijo en voz baja, 
La maestra no contestó. 




74 EL CISNE DE VILAMORTA 

— Mamá, mamá, gritó con más fuerza el jorobado. 
¡¡Mamá!! gritó por último. 
— ¿Eres tú? ¿Que te se oí rece? 
— ¿Estás enferma? 
—No, hombre. 
— Como te acostastes . . . 

— Tengo así un poco de jaqueca. . . . Déjame en 
paz. 

Dió media vuelta Minguitos, y se dirigió hácia la 
puerta silenciosamente. Al ver la proeminencia de su 
espinazo arqueado, sintió la maestra una punzada en 
el corazón. ¡Aquel arcóle habia costado á ella tan- 
tas lágrimas en otro tiempo! Se incorporó sobre un 
codo. 

—¡Minguitos! 

—¿Mamá? 

—No te marches. ¿Qué tal estás hoy? ¿Te duele 
algo? 

— Estoy regular mamá... Solo me duele el 
pecho. 
¿A ver... acércate aquí? 

Leocadia se sentó en la cama y cogió con ambas 
manos la cabeza, del niño, mirándole á la cara con 
el mirar hambriento de las madres. Tenía Minguitos 
la fisonomía prolongada, melancólica; la mandíbula 
'inferior, muy saliente, armonizaba con el ca- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



75 



rácter de desviación y tortura que se notaba en 
el resto del cuerpo> semejante á un edificio cuartea- 
do, deshecho por el terremoto; á un árbol torcido 
por el huracán. No era congénita la joroba de Min- 
guitos: nació delicado, eso sí, y siempre se notó que 
le pesaba el cráneo y le sostenían mal sus endebles 
piernecillas... Leocadia iba recordando uno por uno 
los detalles de la niñez... A los cinco años el chico 
dió una caída, rodando las escaleras; desde aquel dia 
perdió la viveza toda; andaba poco y no corría nun- 
ca; se aficionó á sentarse á lo moro, jugando á las 
chinas horas enteras. Sí se levantaba, las piernas le 
decían al punto: párate. Guando estaba en pié sus 
ademanes eran vacilantes y torpes. Quieto, no nota- 
ba dolores, pero los movimientos de torsión le oca- 
sionaban ligeras raquialgías. Andando el tiempo,cre- 
ció la molestia: el niño se quejaba de que tenfa como 
un cint arón ó aro de hierro que le apretaba el pecho 
entonces la madre, asustada ya, le consultó con un 
médico de fama, el mejor de Orense. Le recetaron 
fricciones de yodo, mucho fdsfato de cal y baños d e 
mar. Leocadia corrió con él á un puertecillo... A lo s 
dos ó trés baños, el mal se agravó: el niño no podía 
doblarse, la columna estaba rígida, ysólo en posición 
horizontal resistía el enfermo los ya agudas dolores. 
De estar acostado se llagó su epidermis; y una maña- 



76 



EL CISNE DE VILAMORTA 



na en que Leocadia, llorosa, le suplicaba que se en- 
derezase y trataba de incorporarle suspendiéndole 
por los sobacos, exhaló un horrible grito. 

— ¡Me he partido, mamá! ¡Me he partido! repetía 
angustiosamente, mientras las manos trémulas de la 
madre recorrían su cuerpo, buscando la pupa. 

¡Éra cierto! ¡Habíase levantado el espinazo, for- 
mando un ángulo á la altura de los omoplatos; las 
vértebras reblandecidas se deprimían, la cifosis, la 
joroba, la marca indeleble de eterna desventura, 
afeaba ya aquel pedazo de las entrañas de Leocadia! 
La maestra habia tenido un momento de dolor ani- 
mal y sublime, el dolor de la ñera que ve mutilado á 
su cachorro. Habia llorado con alaridos, maldiciendo 
al médico, maldiciendose á si propia, mesándose el 
cabello y arañándose el rostro. Después corrieron las 
lágrimas, vinieron los besos delirantes, pero cal- 
mantes y dulces, y el cariño tomó forma resignada. 
En nueve años no hizo Leocadia más que cuidar á su 
jorobadito noche y día, abrigándole con su ternura, 
distrayendo con ingeniosas invenciones los ocios de 
su niñez sedentaria. Acudían á la memoria de Leo- 
cadia mil detalles. El niño padecía pertinaces disneas 
debidas á la presión, déla hundidas vértebras sobre 
los órganos respiratorios, y la madre se levantaba 
descalza á las altas horas de la noche, para oir sí 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



respiraba bien y alzarle las almohadas... Al evocar 
estos recuerdos sintió Leocadia reblandecérsele el 
alma y agitarse en el íondo de ella algo como los 
restos de un gran amor, cenizas tibias de un fuego 
inmenso, y experimentó la reacción instintiva de la 
maternidad, el impulso irresistible que hace á las 
madres ver únicamente en el hijo ya adulto, el niño 
que lacraron y protegieron, al cual darían su sangre 
si les faltase leche. Y exhalando un chillido de pasión 
pegando su boca febril de enamorada á las pálidas 
sienes del * jorobadito, exclamó lo mismo que en otros 
días, acudiendo al dialecto como á un arrullo: 

— ¡Mqípocadiñol ¿Quién te quiere?... di, ¿quién 
te quiere mucho? ¿Quién? 

— Tú no me quieres, mamá. Tú no me quieres, 
articulaba él semi risueño, reclinando la cabeza con 
deleite en aquel seno y hombros que cobijaron su 
triste infancia. La madre, entretanto, le besaba loca- 
mente el pelo, el cuello, los ojos — como recuperando 
el tiempo perdido; — prodigándole las palabras de 
azúcar con que se emboban los niños de pecho, pala- 
bras profanadas en horas de pasión, que ahora vol- 
vían al puro cauce maternal. 

—Rico.... tesoro... rey... mi gloria... 

Por fin sintió el jorobado caer una lágrima sobr e 
su cutis. ¡Delicioso refresco! Al principio la gota de 



78 



EL CISNE DE VILAMORTA 



llanto, redonda y gruesa, quemaba casi; pero fué 
esparciéndose, evaporándose, y quedó sólo en el lu- 
gar que bañaba una grata frescura. Frases vehemen- 
tes se atropellaban en los labios de la madre y del 
hijo. 

— ¿Me quieres mucho, mucho, mucho? ¿Lo mismo 
que toda la vida? 

— Lo mismo vidiña, tesoro. 

— ¿Me has de querer siempre? 

— Siempre, siempre, rico. 

— ¿Me has de dar gusto, mamá? Yo te quería 
pedir... 

-¿Qué? 

—Un favor... ¡No me apartes la cara! 

El jorobado notó que el cuerpo de su madre se po- 
nía de repente inflexible y rígido, como si le hubie- 
sen introducido un ástil de hierro. Dejó de advertir 
el dulce calor de los párpados humedecidos y el cos- 
quilleo de las mojadas pestañas. Con voz algo metá- 
lica preguntó Leocadia á su hijo: 

— ¿Y qué quieres, vamos á ver? 

Minguitos murmuró sin encono, resignado ya: 

— Nada, mamá, nada... Si fué de risa, 

— Pero entonces, ¿por qué lo decías? 

— Por nada. Por nada, á lé. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



79 



—No tú por algo lo decías, insistió la maestra, 
agarrándose al pretexto para enojarse. Sino que 
eres muy disimulado y muy zorro. Todo te lo guar- 
das en el bolsillito,muy guardado. Esas son lecciones 
de Flores: ¿piensas tú que no me hago de cargo? 

Hablando así, rechazó al niño y saltó de la cama. 
Oyóse en el corredor, casi al mismo tiempo, un taco- 
neo firme de persona joven. Leocadia se estremeció, 
y tartamudeando: 

— Anda, anda junto á Flores... ordenó á Mingui- 
tos. A mi déjame, que no estoy buena, y me aturdes 
más. 

Venia Segundo un tanto encapotado, y después del 
júbilo de verle, se apoderó de Leocadia el afán ele 
despejar las nubes de su cara. Primero se¡revístió de 
paciencia y aguardó. Después echándole los brazos 
al cuello, formuló una queja: ¿dónde había estado 
metido? ¿cómo había tardado tanto en venir? El poeta 
desahogó su mal humor: vamos, era cosa insufrible 
andar en el séquito de un personaje. Y dejándose lle- 
var del gusto ele hablar de lo que ocupaba su imagi- 
nación, describió á D. Victoriano, á los radicales, 
satirizó la recepción y el hospedaje de Agonde, ex- 
plicó las esperanzas que fundaba en la protección del 
ex-ministro, motivó con ellas la necesidad de hacer 
á D. Victoriano la corte. Leocadia clavó en el rostro 
de Segundo su mirada canina. 



8o 



EL CISNE DE VILAM0RTÁ 



— ¿Y qué tal... la señora.., y la niña? ¿Dice que 
son muy guapas? 

Segundo entornó los ojos para ver mejor dentro de 
si una imájen atractiva, encantadora, y reflexionar 
que en la existencia de Nieves él no desempeñaba 
papel alguno, siendo necedad manifiesta pensar en la 
señora de Comba, que no se acordaba de él. Esta 
idea, harto natural y sencilla, le sacó de tino. Sintió 
punzante nostalgia en lo inaccesible, ese deseo in- 
sensato y desenfrenado que infunde á un soñador, en 
los museos, un retrato de mujer hermosa, muerta 
hace siglos. 

— Pero... ¿son tanbonitas esas señoras? continua- 
ba preguntando la maestra. 

— La madre, si... contestó Segundo, hablando 
con la sinceridad indiferente del que domina á su 
auditorio. — Tiene pelo rubio ceniza, y unos ojos, 
azules, de un azul claro, que recuerdan los versos de 
Becquer... Y empezó á recitar: 

Tu pupila es azul, y cuando ríes 
su claridad suave me recuerda... 
Leocadia le escuchaba, al principio, con los ojos 
bajos, después, con el rostro vuelto hacia otra parte. 
Así que terminó la poesía, dijo en alterada voz, fin- 
giendo serenidad: 

— Te convidarían á ir a allá. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



— ¿A dónde? 

— A las Vides, hombre. Dice que quieren tener 
gente para divertirse. 

—Sí, me han convidado, instándome mucho... No 
iré. Se empeña el tío Clodío en que debo intimar con 
D. Victoriano, para que me dé luego la mano en 
Madrid y me abra camino... Pero hija, ir á hacer un 
triste papel, no me gusta. Este traje es el mejor que 
tengo, y es del año pasado. Si se juega al tresillo, ó 
hay que dar propinas al servicio... Y á mi padre no 
se le convence de eso... ni lo intentaré, líbreme Dios. 
De modo que no me verán el pelo en las Vides. 

Al informarse de estos planes, el rostro de Leoca- 
dia se despejó, y levantándose radiante de satifac- 
ción, la maestra corrió á la cocina, Flores, á la luz 
de un candil, fregaba platos y tacillas, con airados 
choques de loza y coléricas fricciones de estropajo. 

— Esa máquina del caíé, ¿la limpiastes? 

—Ahora, ahora. . . respondió la vieja. No parece 
sino que es uno de palo, que no se ha de cansar... 
que lo ha de hacer por el aire todo... 

— Daca, yo la limpiaré... Pon tú más leña, que 
ese fuego se está apagando y van á salir mal los 
bistés... Y diciendo y haciendo, Leocadia frotábala 
maquinilla, desobstruía con una aguja de calceta el 
filtro, ponía á hervir en un puchero nuevo agua fres- 
ca, y cebaba la lumbre. 



82 EL CISNE DE VILAMORTA 



— ¡Echa, echa leña! bufaba Flores. ¡Como la dan 
de balde! 

No le hizo caso Leocadia, ocupada en cortar rue- 
decítas finas de patata para los bistés. Preparado ya 
lo que juzgó necesario, se lavólas manos de prisa y ma¡ 
en la tinaja del vertedero, llena de agua sucia, irisa- 
da con grandes placas de crasitud. Corrió á la sala 
donde aguardaba Segundo, y no tardó Flores en tra- 
erles la cena, que despacharon sobre al velador. Ha- 
cia el café, Segundo fué mostrándose algo más comu- 
nicativo. Era aquel café el triunfo de Leocadia. Ha- 
bía comprado un juego de porcelana inglesa, un bo- 
te de imitación de laca, unas tenacillas de rermcil, 
dos cucharillas de plata, y servia siempre con el café 
una licorera surtida de cumen, rom y anisete. Gozaba 
viendo á Segundo servirse dos tazas seguidas de café 
y paladear los licores. A la tercer copa de cumen, 
viendo al poeta afable y propicio, Leocadia le pasó 
el brazo alrededor del cuello. Retrocedió él brusca- 
mente, notando con viva repulsión el olor á guisos 
y á perejil que impregnaba las ropas de la maestra. 

Sucedía esto al punto mismo en que Minguitos 
dejaba caer al suelo los zapatos, y suspiraba, cubri- 
éndose con la colcha. Flores, sentada en una sillita 
baja, empezaba á rezar el rosario. Necesitaba el en- 
fermo, para dormirse, el maquinal arrullo de la voz 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



83 



cascajosa que le traía de la mano el sueño, desde que 
le faltaba á la hora de acostarse la compañía de su 
mamá. Las Apernarías y Gloria Patris, mascullados 
mejor que pronunciados, iban poco apoco embotán- 
dole el pensamiento, y al llegar á la letanía entrába- 
le el sopor, y, medio traspuesto, á duras penas con- 
testaba á las atroces barbaridades de la vieja: 

— Juana celi... Ora pro nobis... Sal-es-enfmvó- 
run. ..hobis... Refajos-pecadórun... bis... Consólate 
flitórun... sss... 

El niño respondía tan sólo con la respiración que 
pasaba desigual, intranquila, fatigosa, por entre sus 
dormidos labios... Flores apagaba despacito el velón 
de cuerda, descalzábase para no hacer ruido, y se 
retiraba pasito á pasito, apoyándose en la pared del 
comedor. Desde que Minguitos descansaba, no se 
oían estrépitos de loza en la cocina. 



VÍÍI 



[^|] Plasta muy tarde no sopló el Cisne la pal- 
' l|t mator íá de latón donde la económica tía 
(^i^4^G as P ara le colocaba, siempre á regañadien- 
tes, una vela de sebo. Sentado á la exigua mesa, en- 
tre los revueltos libros, tenia delante un pliego de pa- 
pel, medio cubierto ya de renglones desiguales, jas- 



84 



EL CISNE DE VILAMORTA 



peado de borrones y tachaduras, con montículos de 
arenilla y algún garrapato á trechos. Segundo no 
pegaría los ojos en toda la noche si no escribiese la 
poesía que desde el crucero le correteaba por la ca- 
beza adelante. Sólo que, antes de coger la pluma, 
parecíale llevar la inspiración allí, perfecta y cabal, 
de suerte que con dar vuelta á la espita, brotaría á 
chorros: y asi que oprimieron sus dedos la pluma 
dichosa, los versos, en vez de salir con ímpetu, se 
escondían, se evaporaban. Algunas estrofas caían 
sobre el papel redondas, fáciles, remataditas por 
consonantes armoniosos y oportunos, con cierta so- 
noridad y dulzura muy deleitable para el mismo au- 
tor, que temeroso de perderlas, escribíalas al vuelo, 
en letra desigual; mas de otras se le ocurrían única- 
mente los dos primeros renglones ya caso el final , ro- 
tundode gran electo, y faltaba la rima tercera, era indis- 
pensable cazarla, llenar aquel hueco, ingerir el ripio. 
Deteníase el poeta, mirando al techo y buscando con 
las dientes un cabo del bigote para morderlo, y en- 
tonces la ociosa pluma trazaba, obedeciendo á auto- 
máticos impulsos de la mano, un sombrero tricornio 
un cometa, ó cualquier mamarracho por el estilo... 
Borradas á veces siete ú ocho rimas se resignaba al 
fin con la novena, ni mejor ni peor que las anteriores. 
Acontecía también que una sílaba importuna estro- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



8? 



peaba un verso, y échese usted á buscar otro adver- 
bio, otro adjetivo, porque si no... ¿Y los acentos? Si 
el poeta gozase del privilegio de decir, v. gr., mi co- 
razón en vez de mi corazón, ¡sería tan cómodo ri- 
mar! 

¡Malditas dificultades técnicas! El estro alentaba y 
ardia, á modo de fuego sagrado, en la mente de Se- 
gundo: pero en tratándose de que apareciese allí, pa- 
tente, sobre las hojas de papel. . . Que apariciese ex- 
presando cuanto setia el poeta, condensando un mun- 
do de sueños, una nebulosa psíquica. .. ¡Ahí es nada! 
Obtener la difícil conjunción déla íorrna y la idea, 
prender el sentimiento con los eslabones de oro del rit- 
mo! ¡Ah, qué cadena tan leve y florida en apariencia 
y tan dura de forjar en realidad! ¡Cómo engaña la 
ingenua soltura, la fácil armonía del maestro! ¡Qué 
hacedero parece decir cosas sencillas, intimas, narrar, 
quimeras de la fantasía y del corazón en metro suel- 
to y desceñido, y cuán imposible es, sin embargo, 
para quien no se llama Becquer, prestar al verso 
esas alitas palpitantes, diáfanas y azules con que 
vuela la mariposa becqueriana! 

Mientras el Cisne borra y enmienda, Leocadia se 
desnuda en su alcoba. Solia entrar en ella otras no- 
ches con la sonrisa en los labios, el rostro encendido, 
jos ojos húmedos, entornados, las ojeras hundidas, 



86 EL CISNE DE VILAMORTA 



el pelo revuelto. . . Y esas noches tardaba en acos- 
tarse, se entretenía en arreglar objetos sobre la cómo- 
da, y hasta se miraba al espejo de su vulgar tocador. 
Hoy tenía los lábios secos, las mejillas pálidas; acer- 
cóse á la cama, se desabrochó, dejó caer la ropa, 
apagó el quinqué y sepultó la cara en la frescura de 
las gruesas sábanas de lienzo. No quería pensar; 
quería olvidar y dormir solamente. Trató de estarse 
quieta. Mil agujas le punzaban el cuerpo: dió una 
vuelta buscando el sitio frió, luego otra, luego echó 
abajo las sábanas... Sentía inquietud horrible, gran 
amargor en la boca. En medio del silencio nocturno, 
oia los latidos desordenados del corazón; si se recos- 
taba del lado izquierdo, el ruido la ensordecía casi. 
Intentó fijar el pensamiento en cosas indiferentes, y 
se repitió á sí misma mil veces, con monótona regula- 
ridad é insistencia:— Mañana es domingo... las niñas 
no vendrán. — Ni por esas se contuvo el bullir del 
cerebro y el ardor malsano de la sangre... ¡Leocadia 
tenia celos! 

¡Dolor sin medida y sin nombre que expresa su 
crueldad! Hasta entonces la pobre maestra habia ig- 
norado el contrapeso del amor, los negros celos, con 
su aguijón que se clava en el alma, su abrasadora sed 
que quema las fauces, su frío polar que hiela el cora- 
zón, su congoja impaciente que crispa los nervios... 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 87 



Segundo apenas se fijaba en las muchachas de Vila- 
morta; en cuanto á las paisanas, no existían para él, 
ni por mujeres las tenia; de suerte que las horas de 
frialdad del Cisne achacábalas Leocadia á malos ofi- 
cios de la musa... ¡Pero ahora! Recordaba la poesía 
A los ojos azules y el modo de recitarla. ¡Veneno 
eran aquellas estrofas de miel: sí, veneno y acíbar! 
Leocadia sintió acudir llanto á sus lagrimales y las 
lágrimas saltaron entre sollozos convulsivos, que sa- 
cudían el cuerpo y hacían crujir las maderas de la 
cama y susurrar la hoja de maíz del jergón. Ni por 
esas suspendió su actividad el caviloso cerebro. Indu- 
dablemente Segundo estaba enamorado de la señora 
de Comba; pero ella era una mujer casada... ¿Bah! 
En Madrid y en las novelas todas las señoras tienen 
amantes... Y además ¿quién resistirá á Segundo, á 
un poeta émulo de Becquer, joven, guapo, apasiona- 
do cuando se le antojaba serlo. 

¿Qué podia Leocadia contra esta gran catástrofe? 
¿No valia más resignarse? ¡Ah! resignarse. ¡Pronto 
se dice! No, no; luchar y vencer por cualquiera me- 
dio. ¿Por qué le negaba Dios la facultad de espresar 
sus sentimientos? ¿Porqué no se habia puesto de ro- 
dillas delante de Segundo pidiéndole un poco de 
amor, pintándole y comunicándole la llama que la 



88 



ÉL CISNE DE VILAMORTA 



consumía á ella el tuétano de los huesos? ¿Porqué 
quedarse muda cuando tantas cosas podia decir? Se- 
gundo no iría á las Vides. Mejor. Carecía de dinero 
Magnífico. No conseguirá destino alguno, ni se mo- 
vería de Villamorta. Mejor mejor, mejor. . . , ¿Y qué? 
si al fin Segundo no la amaba; si se desviaba de ella 
con un ademán que Leocadia estaba viendo todavía 
á oscuras, ó mejor dicho, á la extraña luz de la pa- 
sión celosa? 

¡Qué calor, qué desasosiego! Leocadia se arrojó de 
la cama, dejándose caer al suelo, donde le parecía en- 
contrar una frescura consoladora. En vez de alivio 
notó un temblor, y en la garganta un obstáculo, á 
modo de pera de ahogo atravesada allí, que no le 
permitía respirar. Quiso alzarse y no pudo: la con- 
vulsión empezaba y Leocadia contenía los gritos, los 
sollozos, las cabezadas por no despertar á Flores. 
Algún tiempo lo consiguió, más al fin venció la cri- 
sis nerviosa, retorciendo sin piedad los rígidos miem- 
bros, obligando á las uñas á desgarrar la garganta, 
al cuerpo á revolcarse, y á las sienes á batirse contra 
el piso. . .Vino después, precedido de fríos sudores, 
un instante en que Leocadia perdió el conocimiento. 
Al recobrarlo se halló tranquila, aunque molidísima. 
Levantóse, subió á la cama de nuevo, se arropó y 
quedó anonadada, sin cerebro, sumida en reparador 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



89 



marasmo. El grato sueño del amanecer la envolvió 
completamente. 

Despertóse bastante tarde, no saciada de descanso, 
rendida y como atontada. Apenas acertaba á vestirse 
parecíale que desde la noche anterior habia transcu- 
rrido un año por lo menos; y en cuanto á su celosa 
cólera, á sus proyectos de lucha... Pero ¿cómo pudo 
ella pensaren cosas semejantes? Que Segundo fuese 
ielíz, eso tan sólo importaba y convenía; que realiza- 
se sus altos destinos, su gloria... Lo demás era un 
delirio, una convulsión; una crisis pasajera, sufrida 
en horas que el alma amante no quiere solitarias. 

Abrió la maestra la cómoda donde guardaba sus 
ahorros y el dinero para el gasto. No lejos de un 
montón de medias palpó un bolsillo, ya muy lacio 
y escueto. En él se contenían poco ha unos miles de 
reales, todo su peculio en metálico. Quedaban sobre 
treinta duros descabalados, y para eso debia un 
corte de merino negro á Cansín, licores al confitero 
y encargos á unas amigas de Orense. Y hasta^ No- 
viembre no vencían sus rentitas. ¡Brillante situa- 
ción! 

Tras un minuto de angustia, causada por la pug- 
na entre sus principios económicos y su resolución, 
Leocadia sé lavó, se alisó el pelo, se echó el vestido 
y ei manto de seda, y salió, Por ser día de misa re^ 



90 



EL CISNE D£ VILAMORTA 



corría mucha gente la calle, y el rajado esquilón de 
la capilla repicaba sin cesar. En la plaza animación 
y bullicio. A la puerta de la botica de doña Eufrasia 
tres ó cuatro cabalgaduras clericales sufrían mal las 
impertinencias de las moscas y tábanos, volviendo A 
cada paso la cabeza con desapacible estrépito de fer- 
raje, y mosqueándose los ijares con la hirsuta cola. 
Tampoco las fruteras, entre regateos y risas, descui- 
daban espantar los porfiados insectos, posados en el 
lugar donde la grieteada piel de las Claudias y toma - 
tes descubría la melosa pulpa ó la carne roja. Más el 
verdadero cónclave mosquil era la dulcería de Ra- 
món. Daba fatiga y náusea ver á aquellos bichos 
zumbar, tropezarse en la cálida atmósfera, prender- 
se las patas en el caramelo de las yemas, hacer des- 
pués esfuerzos penosos para libertarse del dulce cau- 
tiverio. Sobre una tarta de bizcocho, merenge y cre- 
ma, que honraba el centro del escaparate, se arre- 
molinaba un enjambre de moscas: ya no se tomaba 
Ramón el trabajo de defenderla, y el ejército invasor 
saqueaba á todo su talante: á orillas de la fuente 
yacían las moscas muertas en la demanda: unas dese- 
cadas y encogidas, otras muy espatarradas, sacando 
un abdomen blanquecino y cadavérico... 

Leocadia pasó á la trastienda. Estaba Ramón en 
mangas de camisa, arremangado, luciendo su valien- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



9* 



mente musculatura ya meneando un cazo para enfriar la 
pasta de azucarillo que contenía; después la fué 
cortando con un cuchillo candente, y el azúcar chi- 
lló al tostarse, despidiendo olor confortativo. El dul- 
cero se pasó el dorso de la mano por la frente sudo- 
rosa. 

—¿Qué queria, Leocadia? ¿Anisete de Brizar, eh? 

Pues se acabó. Tú, Rosa, ¿verdad que se acabó el 
anisete? 

Vió Leocadia, en el rincón de la trastienda-coci- 
na, á la mujer del dulcero, dando papilla á un 
mamón endeble. La confitera clavó en Ja maestra su 
mirada sombría de mujer histérica, y celosa, y excla- 
mó con dureza: 

— Si viene por más anisete, acuérdese de las tres 
botellas que tiene sin pagar. 

— Ahora mismo las pago, respondió la maestra, 
sacando del bolsillo un puñado de duros. 

— No, mujer, calle por Dios... ¿qué prisa corre? 
murmuró avergonzado el dulcero. 

— Cobre Ramón, ande ya... Si justamente vengo 
á eso, hombre. 

— Si se empeña... Maldito el apuro que tenia. 

Marchóse Leocadia corriendo, ¡No acordarse de 
la confitera! ¿Quién le pedia nada á Ramón delante 
de aquella tigre celosa, que chiquita y débil como 



9 2 



EL CISNE DE VILAMORTA 



era, acostumbraba á solfear al hercúleo marido? A 
ver si Cansín... 

El pañero vendía, rodeado de paisanas, una de la 
las cuales se empeñaba en que una lanilla era al- 
godón, que la restregaba para probarlo. Cansín, por 
su parte, la frota b<Xcon fines diametralmente opues- 
tos. 

— Mujer, qué ha de ser algodón, que ha de ser 
algodón, repetía con su agria vocecilla, acercando, 
pegando la tela á la compradora. Parecía tan amos- 
tasado Cansin, que Leocadia no se atrevió á llamar- 
le. Pasó de largo y aceleró el andar. Pensaba en su 
otro pretendiente, el tabernero... Mas de pronto re- 
cordó con repugnancia sus gruesos labios, sus carri- 
llos que chorreaban sangre... Y dando vueltas á 
cuantos expedientes podían sacarla del conflicto, le 
ocurrió una idea. La rechazó, la pesó la admitió... 
A paso de carga se dirigió al domicilio del abogado 
García. 

Al primer aldabonazo abrió la tia Gaspara. ¿Qué 
significativo fruncimiento de cejas y labios! ¡Qué 
repliegue general de arrugas! Leocadia, cortada y 
muerta de vergüenza, se mantenía en el umbral. La 
vieja, parecida á un vigilante perro, interceptaba 
la puerta, próxima á ladrar ó morder al menor pe- 
ligro. 

— ¿Que quería? gruñó. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 93 



— Hablar con D. Justo. ¿Se puede? interrogó hu- 
mildemente la maestra. 
— No sé... veremos... 

Y el vestiglo, sin más ceremonias, dió á Leocadia 
con la puerta en las narices. Leocadia aguardó. Al 
cabo de diez minutos un bronco acento le decía: 

— Venga. 

El corazón de la maestra bailó como si tuviese azo- 
gue, j Atravesar la casa en que había nacido Segundo! 
Era lóbrega y destartalada, fría y desnuda, según 
son las moradas de los avarientos, donde los mue- 
bles no se renuevan jamás y se apuran hasta la suma 
vetustez. Al cruzar un corredor vió Leocadia al tra- 
vés de una entornada puerteciüa alguna ropa de Se- 
gundo, colgada en la percha, y la reconoció, no sin 
cosquilleo en el alma. Ai final del corredor tenía su 
despacho el abogado; pieza mugrienta, sobada, ates- 
tada de papelotes y libros tediosos y polvorientos por 
dentro y fuera. La tía Gaspara se zafó, mientras el 
abogado recibía á la maestra de pie, en desconfiada 
y hostil actitud, preguntando con el severo tono de 
un juez: 

— ¿Y qué se le ocurre á V., señora doña Leoca- 
dia? 

Fórmula exterior relacionada con otra inte- 
rior: 



94 CISNE DE VILAMORTA 

— ¡A que la bribona de la maestra viene á decirme 
qne se casa con el loco del rapaz y que los mantenga 
yo! 

Leocadia fijó sus ojos abatidos en García, buscan- 
do en sus facciones secas y curtidas los rasgos de un 
amado semblante. Sí que se parecía á Segundo, sal- 
vo la expresión, muy diferente, cauta y recelosa en 
el padre, cuanto era sonadera y concentrada en el 
hijo. 

— Señor D. Justo... balbucióla maestra. Yo siento 
molestarle... Le suplico no extrañe este paso... por- 
que me aseguraron que V... señor, yo necesito un 
préstamo...' 

— ¡Dinero! rugió el abogado apretando los puños. 
¡Me pide V. dinero! 

— Sí señor sobre unos bienes... 

— ¡Ah! (transición en el abogado, que todo se 
añojo y jexíbilizó). Pero ¡que tonto soy! Entre V., 
entre V., doña Leocadia, y tome asiento.., ¿Eh? 
¿Está V. bien? Pues... cualquiera tiene un apuro... 
¿Y qué bienes son? Hablando se entienden las gentes^ 
mi señora... ¿Por casualidad la viña de la Junqueira 
y la otra pequeñita del Adro...? Estos años dan po- 
co... 

Debatieron el punto y se firmóla obliga ó pagaré. 
La tía Gaspara, inquieta, con paso de fantasma, ron- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



9$ 



daba por el corredor. Cuando salió su hermano y le 
dió algunas órdenes, se hizo varias cruces en la cara 
y pecho, muy de prisa. Bajó furtivamente á la bode- 
ga y tardó algo en subir y en vaciar sobre la mesa 
del abogado su delantal, de donde cayeron, envuel- 
tos en polvo y telarañas, cuatro objetos que rebota- 
ron produciendo el sonido especial del dinero metá- 
lico. Los objetos eran una hucha de barro, un cal- 
cetín, una bota ó gato y un saquete de lienzo. 

Aquella tarde le dijo á Segundo Leocadia: 

— ¿Sabes una cosa, corazón? Que es lástima que 
por traje ó por cualquier menudedencia así pierdas 
de colocarte y de conseguir lo que pretendes... Mi- 
ra, yo tengo ahí unos cuartos que... no me hacen 
mucha falta. ¿Los quieres, eh? Yo te los daba ahora 
y tú después me los volvías. 

Segundo se irguíó con arranque sincero de pundo- 
nor y dignidad: 

— No vuelvas á proponerme cosas por ese estilo. 
Admito tus finezas á veces por no verte llorar á lá- 
grima viva. Pero eso deque me vistas y sostengas... 
Mujer, no tanto. 

La muestra insistió amorosamente media hora más 
tarde, aprovechando la ocasión de encontrarse el Cis» 
me algo pensativo. Entre él y ella no cabía mió ni 
tuyo. ¿Por qué reparaba en aceptar lo que le daban 



9 6 



EL CISNE DE VILAMORTA 



con tan gran placer? Acaso dependía su porvenir de 
aquellos cuartos miserables. Con ellos podría presen- 
tarse decentemente en las Vides, imprimir sus versos 
ir á Madrid. ¡Ella sería tan dichosa viéndole triunfar 
eclipsar á Campoamor, á Nuñez de Arce, á todos! 
¿Y quién le privaba á Segundo de restituir, hasta con 
creces, el dinero?... Charlando así, echaba Leocadia 
en un pañuelo, anudado por las cuatro puntas, on- 
zas y doblillas, centenes á granel, y lo entregaba al 
poeta, preguntándole con voz velada por el llanto: 
— ¿Me desairas? 

Segundo cogió con ambas manos la basta y gruesa 
cabeza de la maestra, y clavando sus ojos en las pupi- 
las que le miraban húmedas de íelicidad inexplicable, 
pronunció: 

— Leocadia... ¡Ya sé que tú eres la persona que 
más me ha querídoen el mundo! 

— Segundiño, vida... tartamudeaba ella fuera de 
sí.— No vale nada, mi rey... Conforme te doy esto... 
así Dios me salve... te daría sangre de las venas! 

¿Y quién le diría á la tía Gaspara que varias onzas 
del calcetín, de la hucha, de la bota y del saco, vol- 
verían inmediatamente, á fuer de bien enseñadas y 
leales, á dormir, si no bajo las vigas de la bodega, al 
menos bajo el techo de D* Justo? 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



97 



IX 

a parra de las Vides, que tanto gusta á don 
Victoriano Andrés de la Comba, es de esas 
uvas gruesas conocidas en el país por 
ñapar o ó Jaén, uvas teñidas con los matices rojo 
claro y verde pálido, que dominan en los raci- 
mos de los bodegones flamencos. Cuelgan sus 
piñas en corimbo largo, con disimetría graciosa, 
rompiendo el tupido follaje. Derrama la parra som- 
bra fresquísima, y contribuye á hacer apacible el lu- 
gar el hilo de agua que cae en tosca pila de piedra 
bañando las legumbres puestas á remojo. 

Tiene la maciza casa aspecto de fortaleza: flan- 
quean el cuerpo central dos torres cuadranglares, 
con achaparrado techo y hondas ventanas: en mitad 
del edificio, sobre un largo balcón de hierro se des- 
taca el gran escudo de armas con el blasón de los 
Méndez, cinco hojas de vid y una cabeza de lobo 
cortada y goteando sangre. Desde este bilcón se do- 
mina la vertiente de la montaña y el curso del río; 
al costado de la torre hay una solana de madera que 
avanza sobre el huerto, y gracias á la exposición al 

4 




9§ 



EL CISNE DE VILAMOR.TA 



mediodía, florecen claveles de á onza en ollas viejas 
llenas de requebrajado terrón, y de cajoncillos de ma- 
dera se desbordan rechonchas albahacas, plumas de 
Santa Teresa, cactos, asclepias y malvas: una flora 
requemada, crasa, árabe, de embriagadores perfu- 
mes. Por dentro, la casa se reduce á una série de sa- 
lones dados de cal, con las vigas al descubierto, y 
casi sin muebles, excepto el central, llamado del bal- 
cón, alhajado con sillas depaja y respaldo de madera 
figurando una lira, época del imperio. Un espejo ya 
casi desazogado luce sobre el sofá su gran marco de 
ébano, con alegorías de dorado latón, que represen- 
tando á Febo guiando su carricoche. El orgullo de las 
Vides no son los salones, sino la bodega, la inmensa 
candiotera oscura y sorda y fresca como una nave de 
catedral, con sus magnas cubas alineadas á ambos 
lados. Esta pieza sin rival en el Borde es la que en- 
seña más ufano el señor de las Vides, y también su 
dormitorio que ofrece la singularidad de ser inex- 
pugnable, por hallarse practicado en el grueso de 
la pared y no tener entrada sino por un pasadizo 
donde no cabe un hombre de frente. 

No realizó nunca Méndez de las Vides el tipo clá- 
sico del mayorazgo ignorante, que firma con una 
cruz, tipo tan común en aquel país de tierra adentro. 
Méndez, al contrario, alardeaba de instruido y culto. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



99 



Escribía con letra correcta, junta y menuda, de viejo 
obstinado; leía bien, calándose las gafas, alejando el 
periódico ó el libro, recalcando las palabras, con 
reposada voz. Sólo que se habia estacionado su cul- 
tura en una época: la Enciclopedia, que su padre ya 
conocía tarde, y que á él llegó con un siglo de retra- 
so. Leyó á Holbach, á Rousseau, á Voltaire y los 
catorce tomos de Feijóo. Quedó adscrito y sellado; 
hasta en lo físico. En religión se hizo deísta, sin dejar 
de ir á misa y comer de pescado en Semana Santa: 
en política tomó vahos de regalismo. Sin embargo, 
desde la venida de don Victoriano, algún movimiento 
se produjo en las ya estratificadas ideas del hidalgo 
de las Vides. Gustóle aquello de la autonomía ingle- 
sa, la libertad individual,unida el con respeto á la tra- 
dición y la influencia civilizadora de las clases aris- 
tocráticas: série de importaciones sajonas más ó me- 
nos felices, pero á las cuales debía don ¿Victoriano su 
fortuna política. Discantando estas profundidades de 
ciencia social, pasábanse tío y sobrino largas horas, 
durante las cuales Nieves hacia labor, prestando oído 
por si en las piedras del sendero resonaba el trote de 
algún caballo; una visita, una distracción en su ocio- 
sa existencia. 

Segundo, para bajar á las Vides, pidió el jaco en- 
diablado, el del alguacil. Desde el crucero, el camino 



ÍCO 



EL CíSNE DE VILAMORTA 



se hacia clivoso y difícil Lo interceptaban á trechos 
peñas muy lisas y resbaladizas, y el jinete se colgaba 
de las riendas, porque las herraduras se deslizaba 
arrancando chispas, y el animal, arrastrado por su 
peso, podía caerse. El terreno, calcinado por el sol, 
era quebradísimo; las casas, más que sentadas en fir- 
mes cimientos, parecían colgadas de las laderas, 
próximas á desprenderse y rodar al río, y el indis- 
pensable tiesto de claveles reventones, asomando y 
saliéndose casi por los balconcillos de madera, recor- 
daba la flor que al desgaire se coloca en el pelo una 
gitana. A veces Segundo cruzaba un pinar; respiraba 
el olor balsámico de la resina, y pisaba una alfonbra 
de hojas secas que asordaba el golpe del casco de su 
montura: de repente, entre dos vallados aparecía un 
angosto sendero, orillado de zarzamora, digital y 
madreselva, y á menudo experimentaba Segundo la 
impresión de bienestar que causan á las horas de sol 
los toldos vegetales, y trotaba al amparo de un túnel 
de verdura, un emparrado alto sostenido en postes de 
piedra; viendo sobre su cabeza los racimos que ya 
negreaban y escuchando el alborotado pitío de los 
gorriones y el silbo estridente de los mirlos. Por las 
murallas tapizadas de musgo correteaban los lagartos 
Cuando se encontraban dos ó tres vereditas, Segundo 
refrenaba el caballo buscando la dirección de las Vi- 



BIBLIOTECA DÉ «LA ESPAÑA» ÍÓÍ 



de preguntando á las mujeres que subían trabajosa- 
mente, arrastrando el cuerpo, cargadasjcon un coloño 
de leña de pino, ó á los chiquillos que retozaban á 
la puerta de las casas. 

Allá abajo, muy profundo, corría el Avíeiro y vis- 
to desde la altura podía compararse á la hoja de ace- 
ro que, blandida, culebrea y refulge. Enfrente la 
montaña, dende se escalonaban, á manera de gradas 
de colosal anfiteatro, hileras de paredones de soste- 
nimiento para las viñas, construidos con piedra blan- 
cuzca, y las listas claras sobre el fondo verde hacían 
bizarra combinación, destacándose en ella el rojo 
tejado de algún palomar ó casa solariega, y en la 
cima del monte el verdor más sombrío de los pinares 
Ya veía Segundo á sus piés las tejas de las Vides. 
Descendió una cuesta más vertical que horizontal, y 
se halló delante del portalón. 

Bajo la cepa estaban Victoriana y Nieves. Entrete- 
níase la niña en saltar á la cuerda, y lo hacía con 
notable agilidad, á pies juntillas, sin moverse de un 
sitio, volteando la cuerda tan rápidamente, que fin- 
gía una especie de niebla en derredor de la elegante 
academia de la saltarina. Como los claros de la parra 
dejaban pasar grandes manchones de sol, á lo mejor 
se inundaba deluz el cuerpo de la chiquilla, radiaba su 
mata de pelo, sus brazos ó sus piernas desnudas, 



i 02 EL CISNE DE VÍLAMORTA 



pues sólo tenia una blusa azul marino, corta y sin 
mangas. Al divisar á Segundo dió un grito, soltó la 
cuerda y desapareció. En cambio Nieves, levántan- 
dose del banco donde trabajaba, con la sonrisa en los 
labios y algo encendida de sorpresa tendió la mano al 
recien venido, que se apeó prestamente del caballo. 

— ¿Y el señor don Victoriano? ¿cómo sigue? 

— ¡Ah! Por allí andaba, regular de salud; pero 
muy divertido con las faenas agrícolas, muy satisfe- 
cho... Y al decir e'sto, tenía el rostro de Nieves la 
expresión distraída con que hablamos de cosas que 
nos interesan poco. Segundo observó que la señora 
del ministro reparaba en su atavio flamante, recien 
llegado de Orense; y por algún rato le mortificó la 
duda de si lo encontraría pretencioso ó ridículo, has- 
ta el extremo de sentir no haber traído la ropa de 
todos los días. 

— Ha asustado usted á Victorina, añadió Nieves 
riendo... ¿Dónde se habrá metido esa boba? De fijo 
que sólo se escondió porque estaba de blusa... Usted 
la trata como á una mujer y ella se pone insoportable. 
Venga usted... 

Remangóse Nieves la bata de cretona blanca sal- 
picada de capullos de rosa, y penetró intrépidamente 
en la cocina, que estaba al nivel del patio. En pos de 
los taconcitos Luis XV, que encubría el encaje bre- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» IO3 ' 

tón de la enagua, recorrió Segundo varias piezas: co- 
cina, comedor, sala del rosario, llamada así porque 
en ella lo rezaba con los criados Primo Genday, y 
por último, sala del balcón. Allí se detuvo Nieves 
exclamando: 

—Los llamare por si están en la viña. 

Y asomándose gritó: 

— ¡Tío! ¡Victoriano! ¡Tío! 

Dos voces respondieron: 

— ¿Qué?... Allá vamos. 

No hallando cosa oportuna que decir, Segundo 
callaba. Tranquila ya la conciencia con haber llama- 
do á las personas formales, Nieves se volvió y dijo 
con la afabilidad de un ama de casa que conoce su 
obligación: 

— ¡Pero qué amable, qué amable ha sido usted! 
Hasta las vendimias no contábamos con que se ani- 
mase á venir... Y ahora, que se acercan las íiestas... 
Tanto que pensaba ver á usted antes en Vílamorta, 
porque Victoriano se empeña en tomar las aguas 
quince días... 

— Al hablar se respaldaba en la pared, y Segun- 
do se azotaba con el latiguillo la punta de las botas. 
Del huerto subió la voz de Méndez. 

— Nieves, Nieves. . . Que bajes, si te es igual. 

^-Gon permiso de usted... Voy por una sombrilla. 



104 



EL CISNE DE VÍLAMORTA 



Tardó poco en volver, y Segundo le oíreció el bra- 
zo. Bajaron al huerto por la solana, y entre los 
saludos de ordenanza, Méndez protestó contra la idea 
de que Segundo se volviese la misma tarde á Víla- 
morta. 

— ¡Hombre! !No faltaba más! ¡Coger calor dos ve 
ees en un día! 

Y el señor de las Vides, aprovechando la coyuntu- 
ra que jamás desperdicia un propietario rural, se 
apoderó del poeta, consagrándose á enseñarle al 
pormenor la finca. Explicábale al mismo tiempo sus 
empresas vitícolas. Había sido de los primeros á azu- 
frar con fortuna, y empleaba abonos nuevos que 
acaso resolviesen el problema del cultivo. Hacía en- 
sayos tratando de imitar con el vino común del Bor- 
de el Burdeos de pasto; de prestarle, con polvos de 
raíz de lirio, el boupuet la fragancia de los caldos 
franceses. Pero le salía al paso la rutina, el fanatismo 
según decía confidencialmente bajando la voz y po- 
niendo una mano en el hombro de Segundo. Los de- 
más cosecheros del país le acusaban de olvidar las 
sanas tradicciones; de adulterar el vino. ¡Cómo si 
ellos no lo compusiesen! Sólo que ellos lo hacían sir- 
viéndose de drogas ordinarias, v. gr., campeche y 
yerba mora. Él se contentaba con aplicar los méto- 
dos racionales, los descubrimientos científicos, los 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



105 



adelantos de la química moderna-, proscribiendo el 
absurdo empleo de la pez en las corambres, pues si 
bien la gente del Borde alababa el dejo á pez en el 
vino, diciendo que la pez hacía beber otra vez, á 
los exportadores les repugnaba, con razón, aquel 
pegote. En fin, si Segundo quería ver las bodegas y 
los lagares... 

No hubo remedio. Nieves se quedó á la puerta, 
temerosa de mancharse la bata. Así que salieron, se 
trató de registrar el huerto en detalle. Era también el 
huerto una série de paredones en gradería, sostenien- 
do estrechas fajas de tierra, y esta disposición del 
terreno daba á la vegetación exuberancia casi tropi- 
cal. Camelios, pavíos y limoneros crecían libres, 
irregulares é indómitos, cargados de hoja, de fruta ó 
de flores. Abejas y mariposas revoloteaban y bullían 
libando, fecundándose, locas de contento y ébrias de 
sol. De paredón á paredón se bajaba por unas esca- 
lerillas difíciles. Segundo dió el brazo á Nieves y en 
la última grada se detuvieron para contemplar el río 
que corría allá muy abajo. 

— Mire usted hacia allí, dijo Segundo, señalando 
á su izquierda una colina algo distante. Allí está el 
pinar... ¿A qué no se acuerda usted? 

— Sí me acuerdo, respondió Nieves, guiñando, á 
causa del sol, sus azules ojos. El pinar que canta, » 



IOÓ ÉL CISNE DE VILAMORTÁ 



¡Mire usted cómo me acuerdo! Y diga usted, ¿sabe 
usted si hoy cantará? Porque de buena gana le oíria 
esta tarde. 

— Si se levanta un poco de brisa... con la calma 
que reina, los pinos se estarán casi quietos y casi 
mudos. Y digo casi, porque del todo no lo están nun- 
ca. Basta el roce de sus copas para que vibren de un 
modo especial y tengan un susurro . . . 

—¿Y eso — preguntó Nieves en tono jocoso, — no 
sucede más que en el pinar de aquí ó es igual en 
todos? 

— ¿Quién sabe? respondió Segundo mirándola fija- 
mente. Acaso el único pinar que cante para mi será 
el de las Vides. 

Nieves bajo la vista, y después echó una ojeada 
en derredor, como buscando á D. Victoriano y 
Méndez que^estaban un escalón más arriba. Notó 
Segundo el movimiento, y con imperiosa descortesía 
dijo á Nieves: 

— Subamos. 

Reunióse á Méndez, y ya no se despegó de su la- 
do hasta que pasaron al cernedor, donde les aguar- 
daban Genday y Tropiezo. La última á llegar fué la 
niña, muy púdica ya, con medias largas y traje de 
blanco piqué. 

La mesa en que comían no estaba en el centro sí- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



107 



no en un costado del comedor;era cuadrilonga, y los 
convidados en vez de sillas, tenían para sentarse dos 
bancos fronterizos, de ennegrecido noble. Los extre- 
mos de la mesa quedaban libres para el servicio. So- 
brio por instinto. Segundo reparó con sorpresa la 
inverosímil cantidad de alimentos que consumía don 
Victoriano, no sin advertir también que su rostro 
estaba más demacrado que nunca. A veces, el hom- 
bre político se detenía, porque un remordimiento le 
asaltaba. 

— Estoy devorando. 

Protestaba el anfitrión y Tropiezo y Genday, por 
turno, exponían doctrinas latas y consoladoras. La 
naturaleza es muy sábia, decía el señor de las Vides, 
que no olvidaba á Rosseau, y el que la obedece no 
puede errar. Primo Genday, glotón como todos los 
pletóricos, añadía con cierta teológica unción; para 
que el alma esté dispuesta á servir á Dios, hay que 
atender primero á las justas exigencias del cuerpo. 
Tropiezo, por su parte, sacaba el labio inferior, ne- 
gando la existencia de ciertas enfermedades novísi- 
mas. Toda la vida hubo personas que padeciesen de 
la orina y jamás se les privó el comer y beber, al 
contrario. Por lo mismo que la enfermedad desgasta, 
hay que nutrirse, Fácilmente se dejaba persuadir D. 
Victoriano. Aquellos manjares de otros tiempos, 



108 EL CISNE DE VILAMORTA 



aquellas anticuadas vinagreras milagrosas de donde 
por un tubo salía el aceite y el vinagre por otro sin 
confundirse jamás aquel inmenso mollete colocado á 
guisa de centro de mesa, eran otros tantos arcaismos 
encantadores para él, que le recordaban horas felices, 
años límbicos de la existencia. A los postres, cuan- 
do Primo Genday, sofocado aún por una discusión 
política en que calificó de incircuncisos á los libera- 
les, se puso de repente muy grave y empezó á rezar 
el Padre nuestro, el ministro, racionalista añejo ya, 
sorprendióse de la devoción con que sus labios mur- 
muraron: El pan nuestro de cada dia. . . ¡Caramba 
estas cosas de cuando era uno joven!... D. Victoria- 
no revivía al contacto de sus desvanecidas mocedades. 
Hasta se le venían á las mientes recuerdos de noviaz- 
gos efímeros, de amorcillos de quince dias con seño- 
ritas del Borde, que á la hora presente debían ser 
apergaminadas solteronas ó respetables madres de 
familia. ¡Valiente necedad!, .. El ex-ministro rechazó 
la servilleta y selevantó. 

— ¿Usted duerme la siesta? preguntó á Segundo. 

— No, señor. 

— Yo tampoco. Venga V. y fumaremos un ciga- 
rro. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



109 



X 

entáronse en la sala, cerca del balcón, en 
dos mecedoras traídas de Orense. Del huer- 
to y de las viñas subía una tranquilidad pe- 
rezosa, un silencio tan absoluto, que podía oirse el 
choque mate de las pavías maduras al desprenderse 
de la rama y dar en tierra seca. Olores á Iruta y á 
miel entraban por el balcón entreabierto. Por la casa 
no rebullía nadie. 
— ¿Una breva de recibo? 
— Mil gracias... 

Restalló el fósforo, y Segundo se meció imitando 
á D. Victoriano. El cadecioso balanceo de las mece- 
doras, la soñolienta paz del sitio, todo convidaba á 
importante y confidencial diálogo. 

—¿Y V. qué se hace, vamos á ver, por Vilamorta? 
Es V. abogado, ¿no es eso? Tengo idea de que se 
propone V. suceder á su padre, una persona tan in • 
teligente.., 

Segundo víó propicio el momento» La voluta de 
humo del cigarro le velaba los ojos con suave niebla* 
predisponiéndole á la expansión y desterrando íu 
reserva habitual 




110 EL CISNE DE VILAMORTA 

— Me horripila el pensamiento de empezar ahora 
la vida que mí padre está terminando: contestó á la 
pregunta del ex-ministro. — Esa lucha mezquina pa- 
ra ganar un poco de dinero más ó menos; esas intri- 
gas de lugar, esos manejos miserables, ese expedien- 
teo, todo eso, señor D. Victoriano, no se bizo para 
mi. No es que no pueda ejercer: he sido un regular 
estudiante, porque mi buena memoria me salvó 
siempre en los exámenes. ¿Pero de qué sirve esa ca- 
rrera? De base nada más. Es un pasaporte, es una 
papeleta de entrada en cualquier oficina. 

— Hombie... pch... — y D. Victoriano sacudió la 
ceniza del puro; — eso es verdad, muy verdad. Lo 
que se estudia en las aulas, apenas se utiliza después. 
Yo, si no es por la pasantía en casa de D. Juan An- 
tonio Prado, que me hizo aplicar los codos y apren- 
der cuántas púas tiene un peine, no me luciría mu- 
cho con mi ciencia compostelana. Amigo, lo que le 
íorma á uno y le desasna, es esa pasantía terrible y 
ese aprieto en que se ve un muchacho cuando le po- 
nen delante un rimero así de papeles y le dice un se- 
ñor muy orondo; « Estudíeme V. eso hoy, y ténga - 
me mañana formulado dictámen». ¡Allí es lo bueno 
el sudar, el roerse las uñas! Allí no vale la pereza ni 
ignorancia. La cosa tiene que hacerse, y como no ha 
de ser por arte de encantamiento... 



tílBUOTEtiA DE «LA ESPAÑA» i ! i 



Ni aun en Madrid y en gran escala me atrae á mi 
el foro. . . Tengo mis aspiraciones. 
— Sepamos. 

Vaciló Segundo, con el sentimiento de pudor del 
que narra un sueño ó visión amorosa. Miró dos ó 
tres veces vagoroso humo azu¡, y por fin la media 
oscuridad de la sala, discreta como un confesionario, 
disipó sus recelos. 

— Quiero seguir la carrera de las letras. 

El hombre político paró de mecerse y de fumar. 



— ¡Pero hijo, si las letras noj^pn «arrera! ¡Sino hay 
tal cosa! Vamos claros: ¿ha salido usted alguna vez 
de Vilamorta . . . digo, de Santiago y de esos pue- 
blos así? 

— No, señor. 

— ¿Entonces comprendo esas ilusiones y esas ni- 
ñadas! Por aquí todavía creen que un escritor ó un 
poeta, en el mero hecho de serlo, puede aspirar á. . . 
¿Y V. qué escribe? 

— Versos. 

— ¿Prosa, no? 

— Algún artículo ó suelto, . . Casi nada. 

— ¡Bravo! Pues si se fia V. en los versos par na- 
vegar por el mundo adelante. . . Yo^he notado en es- 
te país una cosa curiosa, y voy á comunicar á V. mis 

observaciones. Aqui los versos se leen todavía con 




112 EL CISNE DE VILAMORTA 



mucho interés, y parece que las chicas se los apren- 
de memoria. . . Pues allá en la corte le aseguro á 
V. que apenas hay quien se entretenga en eso. Por 
acá viven veinte ó treinta años atrasados; en pleno 
romanticismo. 

— ¡Y Campoamor? y Nufíez de Arce? y Grilo? no 
son poetas de lama? no gozan de gran popularidad? 

— Campoamor. . . A ese le leen porque es muy tru- 
hán y dice cosas que hacen cavilar á las niñas y reir 
álos hombres... Tiene su miga, y filosofa así, entrete- 
niendo... Pero mire V. ni él ni Nuñez de Arce viven 
de los regloncitos desiguales... Buen pelo echarían... 
Grilo qué sé yo... Goza de simpatías allá entre las 
damas dealto copete y le imprime sus poesías la reina 
madre, que por lo visto está en londos... En fin, crea 
usted que ninguno medrará gran cosa por el camino 

del Parnaso Y ya ve V . ; se trata de los 

maestros, porque poetas de segunda fila, chicos que 
riman mejor ó peor, habrá en Madrid ahora unos 
doscientos ó trescientos... ¿Les conoce usted? Pues yo 
tampoco tengo el gusto... Cuatro amigotes les elogian, 
cuando publican algo en una Revista trasconejada... 
Y pare V. de contar. Hablando en plata, tiempo per- 
dido. 

Segundo, muy silencioso, se ensañaba con el ci- 
garro. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



í*3 



— No lotome V. á ofensa. . . prosiguió don Victo- 
riano. Yo entiendo poco de letras, por más que en 
mis juventudes hice quintillas como todo el mundo: 

además, no conozco nada de V De manera que 

mi juicio es imparcial, y mi consejo sincerísimo. 

— Yo... articuló Segundo al cabo — no tengo cifra- 
das mis aspiraciones sólo en la poesía lírica... Acaso 
más adelante optaría por la dramática... ó por la 
prosa: qué sé yo. Solo quisiera probar fortuna... 

Don Victoriano se levantó y salió al balcón un ins- 
tante. De repente se volvió; puso ambas manos en 
los hombros de Segundo, y pegando casi al rostro 
del poeta su cara amojamada, exclamó con lástima 
no fingida; 

— ¡Pobre muchacho! ¡Cuántos, cuántos disgustos 
le esperan á V.! 

Y como Segundo callase, atónito de aquella efu- 
sión repentina: 

— No puede V., novicio como es, adivinar en lo 
que se mete; me dá V. pena: ya está V. divertido. 
En el estado actual de la sociedad, para descollar ó 
brillar en algo, hay que sudar sangre como Cristo en 
el huerto... Si es en la poesía lírica, Dios nos asis- 
ta... Si hace V. comedias ó dramas, verá V. lo que 
es bueno: adular á los cómicos, dejar el manuscrito 
arrinconado, apolillándose en un cajón, que le cor- 



ÍÍ4 EL CISNE DÉ VILAMORTA 

ten á V. de un tijeretazo medio acto, y luego el mie- 
do en la noche del estreno, y lo que viene detrás... 
que puede ser la más negra... Si se mete V. á perio- 
dista... no descansará V. diez minutos, hará usted la 
reputación de los demás y nunca verá ni el principio 
de la propia... Si escribe V. libros... ¿Pero quién lée 
en España? Y sí se echa usted en brazos de la políti- 
ca... ¡Ah! 

Oía Segundo sin despegar los lábios, con los ojos 
bajos y la mirada errante por los nudos de la madera 
del piso, aquella voz persuasiva que parecía arrancar- 
le una por una las ojas de rosa de sus ilusiones, con 
el mismo chasquido estridente de la uña que disper- 
saba la ceniza del puro. Al fin alzó el rostro contraí- 
do y miró al hombre político, murmurando no sin 
alguna ironía en el acento: 

— Pues de la política, señor don Victoriano, creo 
que no cabe V. hablar tan mal... A V. le ha tratado 
con cariño; no tendrá V. queja de ello. Para V. no 
fué madrasta 

Se descompuso el semblante de don Victoriano, 
dejando salir á la superficie los estragos de la enfer- 
medad... y levantándose de nuevo y tirando el cigar- 
ro y midiendo á pasos agitados el salón, rompió á 
hablar apasionadamente, con lrases que brotaban en 
oleadas súbitas, en chorros impetuosos y desiguales, 
como el caño de sangre por la cortada arteria. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» I I $ 

— No me toque V. ese punto... cállese V. criatura... 
¡qué sabe V., qué sabe V. ni qué sabe nadie lo que 
son esas cosas, hasta que cae en ellas de cabeza y 
queda sujeto y no puede salir ya! Si yo le contase 
á V... ¡Pero es imposible contar la vida entera, dia 
por dia, referir una batalla que dura años, sin trégua 
ni reposo! Combatir para que le empiecen á conocer 
á uno, seguir combatiendo para que no le olviden, 
pasar del bufete á la política, de una rueda de cuchi- 
llos á una cama de ascuas, lidiar en el foro, 
en el Congreso, sin fé, sin convicción, porque 
sí, por no dejar vacante el puesto que uno se conquis- 
ta; y á todo esto, ni una hora libre, ni un minuto 
sosegado, ni tiempo para nada... Logra uno lortuna 
cuando ya le falta humor para gozarla; se casa y for- 
ma familia, y... casi no es uno dueño de acompañar á 
su mujer al teatro... No me hable V... El infierno, el 
infierno en abreviatura es la política... Querrá usted 
creer... (y aquí soltó redonda la interjección) que 
cuando mi chiquitína empezó á andar, intenté yo un 
dia tener el gusto ele llevarla á paseo de la mano... 
Un capricho, una rareza... Pues iba muy satisfecho 
bajando la escalera con la pequeñilla en brazos, y 
cátate que me encuentro al marqués de Cameros, 
un aspirante á diputado cunero por Galicia, que 
venía á pedirme quince ó veinte cartas de mi puño 



I 1 6 EL CISNF DE VILAMORTA 



y letra para mayor eficacia... ¡Y fui tan bestia, hom- 
bre, fui tan bestia, que en vez de tirar al marqués por 
las escaleras abajo, subí de nuevo mis dos pisos, di la 
chiquilla á la niñera y me encerré en el despacho á 
preparar la elección! Y así, toda la vida; conque 
dígame usted, ¿tengo ó no razón en abominar de tanta 
estupidez y tanta íarsa? jAh! ¡Qué trabajo nos toma- 
mos para hacernos infelices! 

No cabía duda. En la voz del hombre político tem- 
blaban lágrimas reprimidas; en su laringe se revol- 
vían, ahogándose, imprecaciones y blasfemias. Se- 
gundo, por hacer algo, abrió de paren par la vidriera 
del balcón. El sol estaba distante del zenit, el calor 
era ménos pesado. 

— ¡Y lo peor de todo,., la cola! prosiguió don 
Victoriano deteniéndose. V. lucha y brega sin calcu- 
lar, sin entretenerse en observar el estado de su 
fuerzas... Combate V. al modo de aquellos caballeros 
antiguos; con la vicera calada. Pero como no es 
usted de hierro, sino de carne, cuando menos lo 
piensa ¡zas! se encuentra enfermo, herido sin sa- 
ber dónde... No pierde V. sangre, pero pierde V, el 
jugo.,, lo propio que un limón cuando lo esprimen... 
—Y el ex-ministro se reía amargamente.— Y quiere 
V. pararse, reponerse, comprar á peso de oro la sa- 
lud,. .y ya no es tiempo... ya no tiene V. gota de 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



117 



agua en su cuerpo todo. . . ¡Ea, fastidiarse, secarse 
y reventar! ¡Pues ya se ha lucido V. con sus traba- 
jos y sus victorias! ¡Está usted fresco... está usted 
aviado! 

Decíalo accionando, metiendo las manos en los 
bolsillos, en un paroxismo de confianza, expresán- 
dose igual que si estuviese solo. Y en realidad, con- 
sigo mismo hablaba. Era aquel un monólogo, tra- 
ducción en alta voz de los pensamientos negros que 
don Victoriano ocultaba, merced á esfuerzos de he- 
roísmo. La estraña enfermedad que padecía le causa- 
ba horribles pesadillas nocturnas; soñaba que se vol- 
vía pilón de azúcar, y que la inteligencia, la sangre 
y la vida se le escapaban por un canal muy hondo, 
muy hondo, convertidas en almíbar puro. Despierto, 
su mente rechazaba, como se rechaza la ignominia, 
tan peregrino mal. Debía equivocarse Sánchez del 
Abrojo: aquello era un desorden fisiológico y pasa- 
jero, un achaque usual y corriente, consecuencia de 
la vida sedentaria, y Tropiezo y su rutina vencerían 
acaso á la ciencia. ¿Y si no vencían?. . . El hombre 
político sentía pasar por los bulbos capilares un so- 
plo glacial que le encogía el corazón. ¡Morir álos 
cuarenta y pico deañosj con la inteligencia firme y 
con tantas cosas emprendidas y logradas! Y síntomas 
de muerte debían ser sin duda aquella sed abrasado- 



I 1 8 EL CISNE DE VILAMORTA 

ra, aquella bulimia nunca saciada, aquella sensación 
enervante de derretimiento, de fusión, aquel liqui- 
darse continuo. 

De repente recordó D. Victoriano la presencia de 
Segundo, que habia olvidado casi. Y apoyándole 
otra vez ambas manos en los hombros, y fijando en 
los del poeta sus ojos áridos, que requemaba un 
llanto contenido, exclamó: 

— ¿Quiére V. oir la verdad y recibir un buen con- 
sejo? ¿Tiene V. ambición, aspiraciones y esperan- 
zas? Pues yo tengo desengaños, y quiero hacerle á 
V. un favor comunicándoselos ahora. No sea V. ton- 
to; quédese V. aquí toda su vida; ayude á su padre, 
herédele el bufete, y cásese con esa muchacha tan 
frescota de Agonde... No abandone nunca este país 
de fruta de viñas, de clima tan dulce.. ¡Cuánto daría 
ahora por no haberme movido de él! ¡Si se pudiese 
ver la vida futura en cuadros como un panorama! 
Nada, hijo. .. Quieto aquí; eche usted aquí raíces; 
viva muchos años con prole numerosa. . . ¿Ha repa- 
rado V. qué sano está su padre! Da gusto verle con 
aquella dentadura tan fuerte y tan entera ... Yo no 
tengo un diente por dañar: dicen que es uno de los 
síntomas de mi achaque... ¡Ah! si su madre de 
V. viviese, ahora le estarían naciendo á V. her- 
manitos! 

Segundo se sonreía. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» í Í9 

— Pero, Sr. D. Victoriano. . ., murmuró con arre- 
glo á sus teorías de V., en lugar de vivir. . . vegeta- 
ríamos. 

— Y qué dicha mayor que vegetar! respondió el 
hombre político asomándose al balcón. ¿Cree V. que 
no son dignos de envidia esos árboles! 

Tenia en efecto el huerto, á semejante hora en que 
declinaba el sol, cierta beatitud voluptuosa, cual si 
gozase un sueño feliz. Las hojas lustrosas de los li- 
moneros y camelias, los gomosos troncos de los fru- 
tales parecían beber con deleite el fresco aliento ves- 
pertino, precursor del rocío vital de la noche. La 
atmósfera dorada se teñía á lo léjos en tintas de 
acuarela, color lila. Empezaban á oirse mil rumo- 
res, preludios de cantos de insectos, de conciertos de 
ranas y sapos . 

Interrumpió la contemplativa tranquilidad de la 
escena el trote precipitado de una muía, y Clodio 
Genday en persona, sofocado, girando como una 
devanadera, penetró en el huerto, Con las manos, 
con la cabeza, con el cuerqo todo, llamó, gritó, vo- 
ciferó: 

— ¡La traigo buena... buena! Ya subo, ya subo. 

Fuéronle á recibir á la escalera de la solana, y en- 
tró disparado, como un rehilete, viéndose que no 
traia cuello ni corbata, y venia desceñido, hecho una 
calamidad. 



120 



EL CISNE DE VILAMORTA 



— Que nada, Sr. D. Victoriano, que nos la jue- 
gan, que nos la jugaron... Que si no toman pronto 
medidas perdemos el distrito . . . Mentira le parecería 
á V. lo que llevan revuelto y urdido, desde dias acá, 
en la botica de doña Eufrasia. . . Y nosotros ino- 
centes, descuidadísimos... Toditos los curas meti- 
dos en el ajo: el de Lubrego, el de Boan, el de Na- 
ya, el de Cebre... Ponen de candidato al señorito de 
Romero, de Orense, que está dispuesto á aflojar la 
mosca... Pero ¿donde Anda Primo; ese majadero, 
ese pasmón que no se enteró de nada? 

-—Vamos á buscarle, hombre... ¡Queme cuen- 
ta V.! ¡Que me cuenta V.! Nunca pense que se atre- 
viesen. . . 

YD. Victoriano, reanimado, excitado, siguió á 
Clodio que iba gritando por el salón: 
—-¡Primo! ¡Primo! 

A poco rato vió Segundo que los dos hermanos 
y el ex-ministro recorrfan el huerto, departiendo y 
gesticulando acaloradamente. Clodio acusaba, de- 
fendíase Primo, y conciliaba don Victoriano. En su 
furia, Clodio metia á Primo los puños en la cara, le 
desabrochaba el chaleco, mientras el inculpado sólo 
acertaba á contestar tartajosamente, haciéndose cru- 
ces muy de prisa; 

—Jesús, Jesús, Jesús. . . j Avemaria de gracia! 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



121 



El poeta les miraba pasar, observando la trans- 
formación de D. Victoriano. Al retirarse del balccfn, 
vió enfrente de sí á Nieves que le decía con afabili- 
dad: 

— ¿Y esos señores? ¿Le dejan á V. sólito? A estas 
horas ya deben cantar los pinos. Se ha levantado la 
brisa. 

— De fijo cantan ahora, contestó el poeta. Yo los 
oiré desde la silla del caballo, camino de Vila- 
morta. 

El movimiento de sorpresa de Nieves no pasó 
inadvertido para Segundo, que clavando los ojos en 
ella, añadió con soberbia y fffaldad: 

— A no ser que V. me mandara quedarme. 

Nieves enmudeció. Por cortesía, figurábase que 
era preciso detener al huésped; y al mismo tiempo, 
eso de decirle, — quédese V., — estando los dos solos, 
le pareció cosa rara y grave compromiso. Al 
fin, con risa íorzada, pronunció una frase ambi- 
gua: 

—¿Pero que prisa tiene V.? Y.,, ¿volverá usted á 
hacernos otra visita?... 

—Ya nos veremos en Vilamorta... Adiós, Nie- 
ves... No quiero interrumpir á D. Victoriano... Sa- 
lúdele V. de mi parte y que cuente conmigo y con 
mí padre para todo, 



122 



EL CISNE DE VILAMORTA 



Sin tomar la mano que Nieves le tendía y sin 
volver la cara, bajó al patio. Sentaba el pié en el 
estribo, cuando una figurilla menuda saltó allí cer- 
ca. Era Victorína que traia las manos llenas de terro- 
nes de azúcar y venia á ofrecérselos al jaco. Este 
alargaba ansiosamente sus belfos, con ondulaciones 
inteligentes de trompa de efefante. Segundo inter- 
vino. 

— Hija, va á morderte... mira que muerde... Lue- 
go, en tono festivo, añadió: 

— ¿Quieres que te aupe aquí? ¿No? ¡A que sí te 
aupo! 

La cogió y la sentó en el borren delantera de la 
silla. Forcejeaba la niña para escaparse, y su her- 
moso pelo envolvía la cara y hombros de Segundo, 
que la sujetaba por debajo de los brazos y por el ta- 
lle. No sin sorpresa reparó que el corazón de la ni- 
ña palpitaba fuerte y desordenadamente, bajo la im- 
perceptible turgencia del seno impúber. Victorína, 
muy pálida, gritaba: 

— ¡Mamá... mamá! 

Al fin logró desasirse, y hecho á correr hacia Nie- 
ves, que se reía á carcajadas del suceso. A medio 
camino se detuvo, retrocedió, anudó los brazos al 
cuello del caballo, y le dió en el mismo hocico, un 

beso muy cariñoso. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 1 2 3 



XI 



cho ó diez dias mediaron entre la visita de 
^!|^Segundo á las Vides y el regreso de D. Vic- 
^^®toriano y su familia á Vilamorta. Quería D. 
Victoriano tomar las aguas y á la vez desbaratar la 
tenebrosa maquinación, lacandidatura Romero. Plan 
sencillo: ofrecer á Romero un distrito en otra parte, 
donde no tuviese que gastar un céntimo; y así quita- 
do de enmedio el único rival que tenia prestigio en 
el país, evitaba el bofetón de una derrota por Vila- 
morta. Esto importaba hacer antes de Octubre, épo- 
ca señalada para la lucha electoral. Y mientras Gen- 
day, García, el Alcalde y demás combistas maneja- 
ban los palillos, don Victoriano, instalado en casa de 
Agonde, bebía por las mañanas dos ó tres vasos del 
sálutífaro licor; leía después el corred, y por la tarde 
á tiempo que el pegajoso bochorno convidaba á 
siestas, leía ó escribía en la fresca salita del botica- 
rio. 

Frecuentemente le acompañaba Segundo en seme- 
jantes horas de soledad. Hablaban amigablemente, y 
el hombre político, léjos de insistir en la tésis desa- 



124 



EL CISNE DE VILÁMORTA 



rroüada allá en las Vicies, alentaba al poeta, ofre- 
ciéndose de muy buen grado á buscarle en Madrid 
colocación adecuada á sus propósitos. 

— Un puesto que no le robe á V. muchas horas ni 
le caliente mucho la cabeza... Yo veré, yo veré... Es- 
cudriñaremos... 

Observaba Segundo en el rostro desecado del mi- 
nistro indicios de mejoría evidente. Experimentaba 
don Victoriano el pasajero alivio que producen las 
aguas minerales en los primeros momentos, cuando . 
su energía estimula el organismo, siquiera sea para 
desgastarlo más después. La digestión y circulación 
se habían activado, y hasta la transpiración, entera- 
mente suprimida por la enfermedad, dilataba con 
grato fomento los poros, comunicando á las secas fi* 
bras elasticidad de carne mollar. Como la luz de una 
bujía brilla más al acelerarse la combustión, 
D. Victoriano parecía regenerarse, cuando en 

realidad iba consumiéndose Él, pensando 

renacer, respiraba dichoso la estrecha atmósfera 
de las intrigurllas electorales, gozando en dispu- 
tar palmo á palmo su distrito, en recoger adhesiones 
y testimonios de simpatía, y secretamente halagado 
hasta por la absurda proposición de incensarle en la 
iglesia que al párroco de Vílamorta hicieron sus feli- 
greses. De noche se solazaba patriarcalmente en la 



BIBLIOTECA DÉ «LA ESPAÑA» 1 2 $ 



tertulia de Agonde con las historias cómicas de la 
botica de doña Eufrasia y con el menudo oleaje oca- 
sionado por la proximidad de las fiestas. Poco á po- 
co la inocente mesa de tresillo de Agonde se modifi- 
caba, convirtiéndose en algo de más malicia. Ya no 
eran las cuatro personas sentadas, si no una sola; ye! 
resto de pié, formaba grupo, y tenia fijos los ojos en 
las manos del sentado. La izquierda del banquero se 
crispaba aferrando los naipes, y con nervioso impul- 
so del pulgar de la diestra hacia ascender lentamente 
la postrera carta, hasta que se vislumbraba y adivi- 
naba, primero la pinta, luego el número, luego la 
porra de un basto, la yema de huevo de un oro, la co- 
la azul de un caballo, la corona picuda de un rey. Y 
habian otras manos que recogían puestas ó sacaban 
dinero del bolsillo y lo depositaban sobre los fatídi- 
cos pedazos de cartulina, y se oía decir: 

—¡Al siete! ¡Al cuatro! ¡As en puerta! 

Por pudor, Agonde se privaba de tallar mientras 
estuviese allí D. Victoriano, sofrenando á duras pe- 
nas la única pasión que tenia el privilegio de calen- 
tar un tanto su sangre y esparcir su linfa, y cediendo 
el puesto á Jacinto Ruedas, famoso tahúr ambulante, 
conocido en todo el universo, que andaba al olor de la 
timba como otros al de los banquetes: tipo raro entre 
chulo y polizonte, que decía en vos ronca chistes de 



I2Ó 



ÉL CISNE DE VILAMORTA 



baja ley. No aclaran los cronistas si la autoridad ci- 
vil de Vilamorta, ó sea el juez, intentó poner coto á 
la diversión ilegal que se permitianlos tertulianos de la 
farmacia, pero es punto averiguado que teniendo el 
juez una pierna más corta que otra, el ruido de su 
muleta en las baldosas de la acera avisaba siempre de 
su proximidad á los jugadores. Y en cuanto á la 
autoridad municipal, sábese de cierto que un dia, ó 
para mayor exactitud una noche, penetró en lastras- 
tienda del boticario lo mismo que una bomba, con 
dinero en la mano, y echándolo sobre una carta, 
gritó: 

— ¡Soy caballo, señores! 

— ¡Sea usted burro, si quiere! le replicó Agonde, 
.dándole un enpujón con irreverencia notoria. 

Aquel año, la presencia de D. Victoriano y 
la ya declarada lucha entre sus partidarios y 
los de Romero, prestaba á las fiestas carácter 
de batalla. Querían los combistas sacarlas más que 
nunca lucidas y brillantes, y los romeristas aguarlas 
si fuese posible. En el salón del Consistorio prepa- 
rábase el globo padre, que ocupaba extendido toda 
)a longitud de la pieza: sus cuarterones blancos iban 
cubriéndose de rótulos, figuras, emblemas y atribu- 
tos, y por el suelo andaban desparramados calderos 
de hoja lata llenos de engrudo, pucheretes de berme- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



127 



llón, tierra de Siena y ocre, ovillos de bramante y 
recortes de papel. Del globo gigantesco nacían dia- 
riamente menudas crías, globitos en miniatura, he- 
chos con retazos y muy ribeteados de azul y rosa. 
Hablábase con desdén en la tertulia de doña Eufrasia 
de semejantes preparativos, y se comentaba el arrojo 
del hijo del tabernero, solemne mamarrachista, que 
se proponía retratar á D. Victoriano en los cuartero- 
nes del gran globo. Las señoritas romeristas, frun- 
ciendo los labios y encogiéndose de hombros, protes- 
taban que no asistirían á los fuegos ni al baile, aun- 
que sus adversarios pusiesen, para conseguirlo, los 
santos en novena. 

En cambio, las del bando combista formaron en 
torno de Nieves una especie de corte. Todas las tar- 
des iban á buscarla para salir á paseo, y además de 
Carmen Agonde, la rodeaban Florentina la del Al- 
calde, Rosa, sobrinita de Tropiezo, y Clara, la mayor 
de las niñas de García. Andaba ésta descalza, muy 
ocupada en coger moras y echarlas en el mandil, 
cuando recibió la estupenda noticia de que su padre 
le encargaba un traje á Orense, para visitar á la se- 
ñora del ministro. Y vino el traje, con sus lazos muy 
tiesos y sus forros de percalina muy engomados, y 
la chiquilla, lavada, atusada, incrustados los piés en 
botitas nuevas de chagrín, con la vista baja y con las 



128 



EL CISNE DE VILAMOPvTA 



manos una encima de otra, en simétrica postura, fué 
á engrosar el séquito de Nieves. Declaróse Victorina 
protectora de Clara García; la compuso, la regaló un 
brazalete y se hicieron inseparables. 

Solían pasear por la carretera, pero así que Clara 
tomó confianza, protestó, asegurando que por las ve- 
redas y los atajos era mucho más divertido y se en- 
contraban cosas más bonitas. Y apretó el brazo de 
Victorina, exclamando: 

— ¡Segundo te sabe paseos preciosos! 

Casualmente la misma tarde, al regresar al pue- 
blo, divisaron á un hombre que se escurría pegado á 
las casas, y Clara, desde la acera de enfrente, echó á 
correr y le cogió por la cintura. 

— Eh....tú.... Segundo.... no te escapes, que bien 
te vemos. 

Dió el poeta familiar encontrón á su hermana, y 
saludó ceremoniosamente á Nieves, que le correspon- 
dió con cordialidad suma. 

— Mire V. que esta chica... Vamos, de seguro 
que le ha hecho á V. mala obra... V. dispense... 

Se sentaron á tomar el fresco en los bancos de la 
plaza, y cuando al otro dia salió la caravana, des- 
pués de la siesta, Segundo se le incorporó haciendo 
estudfo en no acercarse á Nieves, lo mismo que si 
entre los dos existiese alguna inteligencia secreta, al- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



129 



gima misteriosa complicidad. Mezclóse al grupo de 
las niñas, y deponiendo su seriedad acostumbrada, 
reía y bromeaba con Victorina, para quien recogía 
al borde de los setos, maduras zarzamoras, bellotas 
de roble, erizos tempraneros de castaña, y mil floré- 
enlas silvestres que la niña archivaba en un saquíto 
de cuero de Rusia. 

Unas veces las llevaba Segundo por caminos hon- 
dos, costaneros, abiertos en la piedra viva, guarne- 
cidos de murallones, cubiertos por emparrados que 
apenas dejaban filtrarse la moribunda luz del sol, 
otras, por descubiertos, calvos .y áridos montecillos, 
hasta llegar á alguna robleda añosa, á algún castaño 
dentro de cuyo tronco, resquebrajado y hendido por 
la vejez, podía Segundo esconderse, mientras las chi- 
quillas, asidas de las manos, bailaban en derredor. 

Un dia, las condujo al remanso del Avieiro, al 
puente de piedra bajo cuyos arcos el agua negra, 
fria é inmóvil, dormía siniestro sueño. Y les refirió 
que allí, por ser el río más hondo y calentar menos 
el sol; se guarecían las más corpulentas truchas, y 
que junto al estribo había aparecido el mes anterior 
un cadáver, También las guió al eco, donde las ni- 
ñas gozaron locamente hablando todas á la vez, sin 
dar tiempo á que el muro repitiese sus gritos y risas. 
Y otra tarde les enseñó un curioso-lago, del cual s© 

5 



130 



EL CISNE DE VILAMORTA 



referían en el país mil consejas: que no tenía fondo, 
que llegaba al centro ele la tierra, que bajo sus muer- 
tas ondas se columbraban ciudades sumergidas, que 
flotaban en él maderas extrañas y crecían nunca vis- 
tas flores. Era el tal lago, en realidad, una gran ex- 
cavación, probablemente una mina romana inunda- 
da, que presa entre la serie de montículos de toba ar- 
cillosa que la pala de los mineros había acumulado 
por todas partes, ofrecía sepulcral y fantástico aspec- 
to, ayudando á la ilusión la melancolía de las vege- 
taciones palustxes que verdeaban en la sobre haz del 
gran charco. Gomo se aproximaba el anochecer, las 
niñas declararon que tan Lugebre sitio les infundía un 
miedo atroz: las muchachas confesaron lo mismo, y 
echaron á escape para salir pronto al camino real 
dejando á Nieves y Segundo rezagados. Era la pri- 
mera vez que tal cosa ocurría, porque el poeta evi- 
taba las ocasiones. Nieves, sin embargo, miró in- 
quieta á su alrededor y bajó después los ojos; en- 
contrando los de Segunda puestos en ella, interroga- 
dores y ardientes. Y entonces, lo tétrico del paisaje y 
lo solemne del crepúsculo le encogieron el corazón, 
y sin saber lo que hacía, corrió lo mismo que las mu- 
chachas. Sentía detrás las pisadas de Segundo, y 
cuando por ñn se detuvo, no lejos de h carretera, le 
vió sonreír y no pudo menos de reírse también de su 
propia necedad. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» I 3 I 



— ¡Jesús. . . qué miedo ían estúpido. . . me he lu- 
cido. . . estoy á la altura de las chicas! Es que el di- 
choso charco impone. . . Diga V.:¿cómo no han sa- 
cado vistas de él? Es muy raro y muy pintoresco. 

Regresaban por la carretera, después de anocheci- 
do, y como si Nieves pretendiese borrar la impre- 
sión de su chiquillada, venia alegre y cariñosa con Se- 
gundo, dos ó tres veces se tropezaron sus ojos, y, 
sin duda por distracción, no los apartó. Hablaron de 
la expedición del dia siguiente: había de ser por las 
orillas deí río, más alegres que el lago; un punto de 
vista admirable y no fatídico, como la charca. 

En efecto, el camino que siguiéron al otro dia era 
muy lindo, aunque difícil, por- lo espeso de los mim- 
brales y cañaverales, y lo enmarañado de los abe- 
dules y álamos nuevos que estorbaban á veces el pa- 
so. A cada momento tenia Segundo que dar la mano 
á Nieves y desviar las ramas frescas y flexibles que 
lo azotaban el rostro. Por más precauciones que tomó 
no pudo evitar que se humedeciese los piés, ni que se 
dejase girones del encaje de su pamela en un álamo 
Se detuvieron allí donde el río, dividiéndose, forma- 
ba en medio una isleta plobada de espadañas y de 
sencillos gladiolos. Un arroyo, bajando del monte, 
venia á perderse en el Avieiro, humilde y callado. 
Crecían á sus orillas dentados y variadísimos hele- 



t-)2 EL CISNE DE V1LAM0RTÁ 

chos, y graciosa flora acuática. Segundo se arrodilló 
en el encharcado suelo y empezó á registrar entre las 
plantas. 

—■Tome V., Nieves. 

Ella se acercó, y él, con una rodilla en tierra, le 
entregó un manojo de flores azules, de un azul pálido 
de turquesa, con tronco delgadísimo; flores que ella 
sólo había visto contrahechas, en adornos de som- 
breros, y cuya existencia le parecía un mito: flores 
soñadas, que se figuraba no crecerían si no en los 
bordes del Rhín, allá donde suceden todas las cosas 
novelescas; flores que se conocen con un nombre tan 
bonito: no me olvides. 



XII 



ra Nieves lo que suele llamarse una señora 



cabal, sin una página turbia en su historia, 
á|,sin un pensamiento de infidelidad á su ma- 
rido, sin más coquetería que la del vestido y tocado, 
y aun esa, libre de afeites ó desaliños tentadores, 
limitada á complacencias serviles con la moda. Su 
ideal, caso de tener alguno, se cifraba en una vida 
cómoda, alegante, rodeada de consideración social. 
Se había casado muy joven, dotándola D. Victoriano 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



*33 



en algunos miles de duros, y el día de la boda, su 
padre la llamó á su despacho de magistrado, y te- 
niéndola de pié como á los reos, le encargó mucho 
que respetase y obedeciese al esposo que tomaba. 
Ella obedeció y respetó. 



Y la obediencií|y el respeto desesperaron á D. Vic- 
toriano, que buscaba en el matrimonio el desquite de 
largos años pasados en el bufete; años de abstinencia 
amoiosa, en que los asiduos trabajos y la sedentaria 
vida no le consintieron atar un tierno lazo ni cultivar 
dulces afectos, permitiéndole á lo sumo algún lance 
rápido, alguna violenta é inrritante aventura que no 
satisfacía su espíritu. Juzgaba que la linda hija del 
presidente de sala le pagaría sus atrasos de amor, y 
notó con estéril y doloroso despecho que Nieves veía 
en él al marido grave á quien se acepta dócilmente, 
sin repugnancia, y nada más. Respetando mal de su 
grado la tranquilidad de aquella superficial criatura 
no supo ni osó despertarla, y sólo consiguió consu- 
mirse y deshacerse en vano, acelerar la destrucción 
de su organismo y apresurar la crisis de la madurez, 
multiplicando las ráfagas blancas que listaban su pe- 
lo negro. 

Al nacer la niña, esperó D. Victoriano resarcirse 
con creces en nuevas y santas caricias, en un oasis 
puro. Más las exigencias de la posición política, el 



í^4 ÉL CISNE DE YlL AMORTA 



tráfago de los negocios, la complicación y el engra- 
naje implacable de su existencia, se interpusieron 
entre él y las delicias paternales. Vió á su hija de 
lejos siempre y apenas consiguió, á la hora del café, 
tenerla un rato á horcajadas sobre los muslos. Y 
después sobrevinieron los ataques de la enfermedad... 

Desde que se declaró ésta con sus aflictivos sínto- 
mas, Nieves, por extraño caso se halló como desli- 
gada del vínculo conyugal, y en cierto modo, solte- 
ra. Juzgaba ella sinceramente y de buena fé que lo 
importante y esencial del matrimonio era la vida en 
común de los esposos, la cohabitación obligatoria. 
Libre de este deber, parecíale haber vuelto á los ro- 
sados dias del colegio, cuando mariposeaba y juga- 
ba á los novios con sus compañeras, que le fingfan 
inofensivas cartitas amorosas y se las metían debajo 
de la almohada. ¡Qué tiempos! Era pollita... 

No había vuelto á divertirse desde entonces, no. 
¡Valiente diversión la de aquella vida metódica y ru- 
tinaria de Madrid!... Sí, una temporada hubo en 
que el marqués de Cameros, el rico y joven cliente 
de D. Victoriano, venia con cierta frecuencia, y aun 
le habían convidado dos ó tres veces á comer, sin 
cumplido... Persistía en Nieves el recuerdo de que el 
marqués la miraba mucho á hurtadillas, y que de no- 
che se lo encontraban, casualmente, siempre en el 
mismo teatro á donde ellos iban... No pasó de ahí. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 1 3 $ 
— — 

Ahora florecía la segunda juventud de Nieves, 
los veintenueve ó treinta años, época terrible en la 
vida femenina; y si no podía producir rojos cálices 
llenos de abrasadora pasión, en cambio deseaba 
adornarse con los soñadores no me olvides del poe- 
ta... Parecíale á Nieves que en el vaso de porcelana 
de China de su existencia faltaba una flor, y el frágil 
ramito azul venía á completar la gracia del juguete 
de sobremesa.,. ¡Bah! ¡Qué mal había en todo ello! 
Una chiquillada. Aquellas flores, conservadas entre 
las hojas de un devocionario lujoso, sólo le inspira- 
rían pensamientos de color celeste bajo, inertes como 
las pobres corolas ya prensadas y secas... 

Prendió en el pecho el grupo azul. ¡Qué bien ha- 
cía entre la cascada del encaje crudo! 

— Mamá, — le preguntó Victorina de noche antes 
de recogerse: — ¿te díó Segando esas flores tan mo- 
nas, di? 

— Ah... no recuerdo... Sí, creo que las ha cogido 
García. 

— ¿Me las das, para guardarlas en mi saquito. 
— Anda, hijita, que te acuestes pronto... Made - 
moiselle, ¡hágala V. que rece! 



EL CISNE DE VILAMORTA 



XIII 

a proximidad de las fiestas interrumpió los 
paseos largos. Únicamente se salía un poco 
hacia la carretera, regresando en breve al 
pueblo, donde andaba mucha gente por la plaza. 
Componíase el paseo de señoritas combistas muy 
emperejiladas, de curas de aldea alicaídos, mal afei- 
tados y enfermos, de jugadores de heteréclita facha, de 
lorasteras venidas del Borde, tipos todos que Agonde 
comentaba con mordacidad, entreteniendo bastante á 
Nieves. 

— ¿Ve aquellas? Son las señoritas de Gondás, tres 
solteronas y una solterita, que la tratan de sobrina, 
pero como las de Gondas no tienen hermano... Aque- 
llas otras dos son las de Molende, de allá de Cebre, 
gente muy aristócrata, Dios nos libre... La gorda 
es capaz de pegarle un tiro de revólver al hijo del 
sol... ¡y la otra hace unos versos! yo animo a Segun- 
do García para que se le declare: compondrán una 
pareja de lo más refinado... Están de huéspedas en 
casa de Lamajosa: allí se encuentran ellas en su ele- 
mento, porque doña Mercedes Lamajosa, para que 




BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» I 3 J 

las visitas sepan que es noble, les dice á las hijas:-* 
niñas, traedme acá la calceta, que debe estar en el 
armario sobre la carta-ejecutoria... Esas dos tan 
guapitas y tan majas son las de Camino, hijas del 
juez... 

La víspera de la feria salió mañana y tarde la mú- 
sica, aturdiendo las calles con su estrépito de murga 
victoriosa. Hallábase la plaza consistorial salpicada 
de tinglados que hacían vistosa confusión de colori- 
nes chillones y disparejos. Delante del Ayuntamiento 
se levantaban unos extraños armatostes, que así po- 
dían parecer instrumentos de martirio, como juguetes 
de chiquillos ó espantapájaros, y no eran sino los 
árboles y ruedas de fuego que á la noche habían de 
quemarse con magnífica pompa, favorecidos por la 
serenidad del aire. Del balcón del Consistrio salía, á 
manera de brazo titánico, el mástil donde debía izar- 
se el magno globo; y por el barandado corría una 
série de vasitos de colores, formando las letras V. A. 
D. L. C: delicado obsequio al representante del 
país. 

Había cerrado la noche, cuando. D Victoriano y 
su familia salieron hacia el Ayuntamiento para pre- 
senciar la función de pólvora. Trabajo les costó rom- 
per por entre el gentío que llenaba la plaza, donde 
chocaban mil varios y opuestos ruidos, ya la pande- 



•38 



EL CISNE DE VILAMORTA 



reta y las castañuelas de un corro de baile, ya el 
mosconeo de la zanfona, ya una triste y prolongada 
copla popular, ya la interjección de un borracho 
agresivo, que quería tener por suyos los ámbitos de 
la íéria. Agonde daba el brazo á Nieves, desviaba la 
gente y explicaba el programa de la fiesta noctur- 
na. 

—Nunca se ha visto un globo como el de este año: 
es el mayor que se recuerda: los romeristas están fu- 
riosos. 

— ¿Y qué tal ha salido mi estampa? — preguntaba 
con interés D. Victoriano. 

— ;Ah! ¡Una cosa soberbia! Mejor que el retrato de 
La Ilustración. 

En el portal del Ayuntamiento redoblaron las di- 
ficultades, y fué preciso hollar sin misericordia pe- 
chos, vientres y espaldas de personas instaladas allí, 
y resueltas á no menearse ni perder el sitio. 

— Mire V. qué pedazos de asnos — murmuraba 
Agonde... — Aunque uno los pisotee, nada... no se 
levantarán. Esos no tienen posada, y pasan ahí la 
noche; mañana se desperezan y se van tan conten- 
tos á sus aldeitas 

Saltaron como pudieron por encima de aquel 
amasijo, donde en repugnante promiscuidad se 
amontonaban hombres, mujeres y muchachos en- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



139 



trenzados, adheridos, revueltos. Aún por los descan- 
sos de la escalera yacían grupos sospechosos, ó ron- 
caba un labriego chispo, ahito de pulpo, ó contaba 
cuartos en el regazo una vieja. Entraron en el salón, 
donde no había más luz que la dudosa proyectada 
por los vasos de colores. Algunas señoritas ocupa- 
ban ya el balcón; pero el Alcalde, sombrero en ma- 
no, deshaciéndose de puro solícito, las íué arrinco- 
nando para dejar ancho sitio á Nieves, á Victorina y 
á Cármen Agonde, en torno de las cuales se formó 
una especie de círculo ó tertulia obsequiosa. Traje- 
ron sillas á las señoras, y á D. Victoriano se lo llevó 
el Alcalde á la Secretaría, donde le esperaban en una 
bandeja botellas de Tostado y tagarninas infames. 
La chiquillería y las muchachas se colocaron en pri- 
mera fila, apoyándose en el antepecho del balcón, 
desafiando el riesgo de que un cohete se les viniese 
encima. Quedóse Nieves algo más retirada, y se en- 
volvió mejor en su chai argelino tramado de plata, 
porque en aquel salón lóbrego y vacío se notaba 
fresco. Había á su lado una silla desocupada, y de 
repente se apoderó de ella un bulto humano. 

— Adiós, García Dichosos los ojos..,, Hace 

dos días que no le vemos. 

—Ni ahora meveV. tampoco, Nieves— murmuró el 



I4O EL CISNE DE VILAMORTA 



poeta inclinándose para hablarla en voz baja. — No 
es fácil verse aquí. 

— Es verdad. . . . — contestó Nieves turbada por tan 
sencilla observación. — ¿Cómo no habrán traído luz? 

— Porque perjudicaría al efecto del fuego ¿No 

le gusta á V. más esta especie de penumbra? — añadió 
anticipándose á sonreírse de lo muy selecto de la 
frase. 

Nieves no chistó. Instintivamente le agradaba la 
situación, que era delicadísima mezcla de riesgo y 
seguridad, y tenia sus puntas de romancesca; sen- 
tíase protegida por el abierto balcón, por las chicas 
que se agolpaban en él, por la plaza donde hormi- 
gueaba la multitud, de dondesalían rumores occeá- 
nicos y cantos y voces confusas, llenas de amante 
melancolía, pero al mismo tiempo la soledad y tinie- 
blas del salón y la especie de aislamiento en que se 
hallaban ella y el Cisne preparaban una de esas oca- 
siones casuales que tientan á las mujeres semi-üvia- 
nas, no tan apasionadas que se despeñen ni tan 
cáutas que huyan hasta la sombra del peligro. 

Siguió callada, sintiendo casi en su rostro el alien- 
to de Segundo. De pronto se estremecieron ambos. 
El primer cohete rasgaba el cielo con prolongadísimo 
arco luminoso, y su estallido, aunque apagado por 
la distancia, levantaba en la plaza un clamoreo. En 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



141 



pos ele aquella centinela avanzada salieron unas tras 
otras, á intervalos iguales, ocho formidables, pausa- 
das y retumbadoras bombas de palenque, la señal 
anunciada en el programa de las fiestas. Retembla- 
ba el balcón al grave estampido, y Nieves no se atre- 
vía á mirar al firmamento, sin duda por temor de 
que se viniese abajo con la repercusión de las bom- 
bas. Parecióle después ruido grato y ligero el de los 
voladores que á porfía se iban persiguiendo por las 
soledades del espacio. 

Fueron los primeros cohetes vulgares y sin no- 
vedad alguna; un trazo de luz, un tronido sofocado 
y un haz de chispas. Mas en breve les llegó el turno 
á las sorpresas, novedades y maravillas artísticas. 
Fuegos habia que al estallar se partían en tres ó 
cuatro cascadas de lumbre, y con fantástica rapidez 
se sepultaban en las profundidades del cielo; de otros 
se desprendían, con misteriosa lentitud y silen- 
cio, lucecillas violadas, verdes y rojas, igual que si 
los angelitos volcasen desde arriba una caja llena 
de amatistas, esmeraldas y rubíes. Caian las luces 
despacio, despacio, como lágrimas, y antes de llegar 
al suelo se extinguían repentinamente. Los más boni- 
to eran los cohetes de lluvia de oro, que exhalaban 
caprichosamente una constelación de chispas, un 
chorro de gotas de lumbre tan presto encendidas 



I42 EL CISNE DE VILAMORTA 

como apagadas. No obstante, el regocijo de la plaza 
fuémayor ante los fuegos de tres est altos y culebrina. 
Estos no carecían de gracia: salían y estallaban co- 
como los cohetes sencillos, y de allí á poco soltaban 
una lagartija de luz, un reptil que bufando y hacien- 
do eses correteaba por el cielo y se hundía ele golpe 
en la sombra. 

Tan pronto se quedaba á oscuras la escena como 
se inundaba de claridad y parecía ascender hasta el 
balcón la plaza, con su avispero de gente, las man- 
chas de color de los tinglados y los cientos de ros- 
tros humanos vueltos hacia arriba, disfrutando y sa- 
boreando el gran placer de los hijos de Galicia, raza 
que ha conservado el culto y amor del celta por los 
lenómeno ígneos, por la noche iluminada, compen- 
sación del brumoso horizonte diurno. 

También á Nieves le gustaba la alternativa de la 
luz con las tinieblas, fiel imagen del estado ambiguo 
de su alma. Cuando el firmamento se encendía y res- 
plandecía, ella alzaba los ojos, atraída por la brillan- 
tez y júbilo de las luminarias que ciaban á momentos 
tan agradables un colorido veneciano. Cuando volvía 
á quedarse todo oscuro, atrevíase á mirar al poeta, sin 
verle, pues sus pupilas, deslumbradas por la piro- 
tecnia, no distinguían los contornos. El poeta, en 
cambio, tenia las suyas tenazmente fijas en Nieves, y 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



*43 



la veía inundada de claridad, con ese matiz lunar 
hermoso y raro que presta la laceria de los cohetes 
y que centuplica la suavidad y frescura ele las faccio- 
nes. Sentía vivos impulsos de condensar en una fra- 
se ardiente todo lo que ya era hora de decir, y se in- 
clinaba.... y al fin, pronunciaba un nombre... 

— ¿Nieves? 

-¿Qué? 

—¿No habia V. visto nunca fuegos así? 

—Nunca... Es una especialidad de este pais... 
¡Me gustan mucho! Si fuese poeta como usted, diria 
de ellos cosas bonitas. Ande V., discurra V. algu- 
na... 

— Así debe brillar la felicidad en nuestra vida... 
breves momentos, Nieves,., pero mientras brilla. . . 
mientras la sentimos.... 

Segundo renegaba en su interior de la frase pre- 
tenciosa, que no acaba de salir... ¡Que simplezas es- 
taba ensartando? ¿No era mejor bajarse otro poco 
más y tocar con los labios?... ¿Y si grita?... ¡No 
gritará, vive Dios! Animo... 

En el balcón se armó un alboroto. Carmen Agón- 
de, á voces, llamaba á Nieves. 

—Nieves, venga. . .venga. . .El primer árbol . . . 
una rueda de fuego. . . 

Nieves se levantó apresuradamente y reclinóse de 



i 44 



EL CISNE DE VILAMORTA 



pechos en el balcón, pensando que convenía disimu- 
lar y no estarse toda la noche depaliquecon Segundo. 
Empezaba á arder el árbol por un extremo, al pare- 
cer no sin trabajo, escupiendo difícilmente chispas 
rojas, pero de súbito se comunicó el fuego á todo el 
artefacto, y brotó una flamígera rueda, una enorme 
oblea de luz verde y roja, que giraba y giraba y se 
expandía, soltando su cabellera de chispas volantes y 
atronando el espacio con ruido de metralla. Calló 
breves instantes y hasta estuvo próximo á extingir- 
se; téndiose un velo de humo rosado, y se vió detrás 
un foco de lumbre, un sol de oro que á poco se 
puso á dar vueltas vertiginosas, abriéndose y ro- 
deándose de una aureola de sayos. Estos fueron apa- 
gándose uno por uno y el sol menguado y quedán- 
dose chiquito hasta reducirse al tamaño de una can- 
delilla, que dió perezosamente algunas lángidas 
vueltas y, suspirando falleció. 

Al retroceder Nieves para sentarse otra vez, sintió 
unos brazos que rodeaban su cuello. Era Victorina, 
ebria de entusiasmo, prendada de los fuegos, chi- 
llando con su delgada vocecilla. 

— Mamá. . .mamá. . .qué gracioso ¿eh? que boni- 
to! Y dice Carmen que van á quemar otros árboles 
y un cubo . . . 

Interrumpióse, viendo á Segundo en pié detrás de 



biblioteca de «la espaSa» i 4 $ 



la silla de Nieves. Bajó la cabeza, muy auergonzada 
de su infantil alegría. Y en ves de regresar al balcón, 
se quedó allí clavada haciendo caricias á su madre? 
para disimular la cortedad y timidez que se apode- 
raban de ella en cuanto la miraba Segundo. Dos ar- 
bolitos más ardían en los ángulos de la plaza, figu- 
rando un miriñaque y una parrilla de luminarias, 
primero doradas, después azules. La niña, á pesar 
de su admiración por la pirotecnia, no daba señales 
de marcharse dejando solos á Nieves y Segundo. 
Este se sentó como cosa de diez minutos; pero al 
observar que el grupo de la madre y la hija no se 
deshacía, levantóse violentamente, poseído de repen- 
tino frenesí, y recorrió el tenebroso salón á pasos 
desiguales, comprendiendo que por entonces no era 
dueño de sí mismo, ni capaz de contenerse. 

—¡Por vida de... Bien empleado... Quién 
le mandaba ser un necio y desaprovechar los mo- 
mentos favorables! Nieves le había/alentado: el no lo 
soñaba no señor; miradas, sonrisas imperceptibles, 
pero evidentes; indicios de agrado y benevolencia, 
todo existia, todo le aconsejaba aclarar una situa- 
ción tan dudosa y enigmática. ¡Ah, si aquella mu- 
jer le quisiera! Y tenia que quererle, y no así por 
broma y pasatiempo, sino con delirio. No se conten- 
taba Segundo con menos. Su alma ambiciosa des- 



I 4 Ó 



EL CISNE DE VI LAMO RÍA 



deñaba triunfos ligeros y efímeros: ótodo ó nada. Si 
la madrileña pensaba coquetear con él, se llevaba 
chasco: él la cogería por sus alas de mariposa, y 
aun á costa de arrancárselas la pararía: á las mari- 
posas el que las quiere poseer les clava un alfiler ó 
les aprieta fuertemente la región del corazón hasta 
que espiran: Segundo lo había hecho mil veces cuan- 
do niño; volvería á hacerlo ahora; estaba resuelto. 
Siempre que una risa ligera y burlona, un ademán 
reservado una expresión tranquila de Nieves indi- 
caban á Segundo que la señora de Comba se mante- 
nía serena, el despecho concentrado subia á su gar- 
ganta amenazando sofocarle; y al ver allí á la niña, 
con quien su madre sostenía animado diálogo, como 
para entretenerla y que la sirviese de defensa, adop- 
tó la firme decisión de no dejar pasarla noche sin 
saber á que atenerse . 

Tornó al lado de NiéV39, pero ésta se habia incor- 
porado, y la niña, cogiéndole las manos, la arrastra- 
ba al balcón. Era el momento solemne y crítico aca- 
baban de suspender del palo el globo monstruo para 
incharlo; y en la plaza se oía gran vocerío, el rumor 
de la ansiedad. Una falange de artesanos combístas, 
entre los cuales figuraba Ramón el dulcero, despeja- 
ba el sitio para dejar espacio vacío donde pudiese 
arder libremente la mecha y verificarse la difícil ope- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



147 



ración. Veíanse las siluetas alumbradas por la luz de 
la mecha, agitándose, encorvándose, subiéndose, 
bailando un paso de danza macabra. Ya no alum- 
braban los cohetes la oscuridad nocturna, y el mar 
de gente parecía tenebroso como un lago de pez. 

Plegado aun en dobleces innumerables, hecho un 
látigo, desmayábase el globo besando el suelo con su 
boca de alambre, donde empezaba á encenderse y á 
tomar vigor la apestosa mecha. Los artífices del co- 
losal areostático lo iban desplegando suave y amo- 
rosamente, encendiendo debajo de él otras mechas 
para que auxiliasen á la central y facilitasen la rare- 
facción del aire en la panza de papel. Esta se pro- 
nunciaba, abriéndose los dobleces con blandos chas- 
quidos, y el globo, de lánguido y apabuyado, vol- 
víase turgente por algunas partes. Todavía los dibu- 
jos de sus cuarterones aparecían prolongados como 
los presenta de lejos la superficie bruñida y convexa 
de las cafeteras; pero ya muchas orlas y letreros aso- 
maban por aqní y por acullá, adquiriendo sus nutu- 
rales proporciones y oolocación, y viéndose clara- 
mente los groseros brochasos de bermellón y azul. 

Lo malo era que tuviese el globo tan ancha boca: 
escapábase por allí el aire dilatado, y si se aumenta- 
ban las mechas, había peligro de prender fuego al 
papel y reducir instantáneamente á pavesas la sober- 



I48 EL CISNE DE VILAMORTA 



bia máquina. Terrible calamidad, que importaba 
prevenir á toda costa. Así es que muchos brazos se 
agitaban extendidos, y cuando el globo se ladeaba 
hácia alguna parte, varias manos lo sostenían afano- 
samente; todo con ocompañamiento de gritos, pala- 
brotas 3' maldiciones. 

En la plaza aumentaban las mareas y crecía la 
ansiedad. Cármen Agonde, riéndose con su pastoso 
reir, explicaba á Nieves las intrigas de entre basti- 
dores. Los que empujaban y querían meterse en el 
corro para volcar las mechas é impedir que el globo 
ascendiese, eran del partidojromerista: buena centine- 
la habia tenido que hacer el cohetero todo el dia para 
que no le mojasen los árboles de pólvora; pero la in- 
quina mayor era contra el globo, por llevar el retrato 
de don Victoriano: se la tenían jurada, y afirmaban 
que no subiría semejante mamarracho mientras ellos 
viviesen, y que ellos echarían otro globo, mejor que 
el del Ayuntamiento, y único que saldría con felici- 
dad. Por eso aplaudían y lanzaban burlescos aulli- 
dos cada vez que el globo magno, desalentado é in- 
capaz de alejarse de la tierra, se dejaba caer á dere- 
cha é izquierda, mientras los partidarios de Victoria- 
no atendían, de una parte á proteger de todo agravio 
el enorme corpachón del aerostático, y de otra á ca- 
lentarle bien las entrañas é inflarle el vientre para que 
volase. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» I49 



Nieves contemplaba atentamente el armatoste, pero 
estaba á mil leguas ele él su espíritu distraído. Se- 
gundo habia logrado abrirse camino entre los espec- 
tadores del balcón, y allí le tenia Nieves, á su dere- 
cha, al lado suyo. Nadie les miraba entonces, y el 
poeta, sin más preámbulos, pasó el brazo alrededor 
del cuerpo de Nieves, apoyando con brío la palma de 
su abierta mano sobre el lugar donde anatómicamen- 
te está situado el corazón. En vez de la elástica y 
mórbida curva del seno y los acelerados latidos de 
la viscera, Segundo encontró la dureza de uno de esos 
largos corsés-corazas emballenados y provistos de 
resortes de acero, que hoy prescribe la moda: artificio 
que daba al talle de Nieves gran parte de su púdica 
esbeltez. ¡Maldito corsé! Segundo desearía que sus de- 
dos fuesen garfios ó tenazas que al través de la tela 
del vestido, de las recias ballenas, de la ropa interior 
de la carne y de las mismas costillas, penetrasen y se 
incaran en el corazón, agarrándolo rojo, humeante y 
sángriento, y apretándolo hasta destrujarlo y desha- 
cerlo y aniquilarlo para siempre. ¿Porqué no se sen- 
tían los latidos de aquel corazón? El de Leocadia y 
hasta el de Victorina saltaban como pájaros alto- 
caries. Y Segundo, desesperado apoyaba la mano, 
insistía, sin recelo de lastimar á Nieves, deseoso al 
contrarío, de ahogarla. jLsdSyÉItí 



ICO 



EL CISNE DE VILAMORTA 



Sobrecogida por la audacia de Segundo, Nieves ca- 
llaba no atreviéndose á hacer el más leve movimien- 
to por temor de que la génte observase algo, y pro- 
testando tan solo con la rigidez del talle y una mira- 
da de angustia, que pronto bajó, no acertando á re- 
sistir la expresión de los ojos del poeta. Este prose- 
guía buscando el corazón ausente sin lograr percibir 
mas que el golpeteo de sus propias arterias, dé su 
pulso comprimido por la firme plancha del corsé. Y 
al fin el cansancio pudo más, sus dedos se aflojaron, 
su brazo cayó inerte, y sin fuerza ni ilusión descan- 
só en el talle flexible y férreo á la par, el talle de ba- 
llena y acero. 

Entre tanto el globo, á despecho de las maniobras 
romeristas, redondeaba su enorme vientre, que iba 
llenándose de gas y luz, alumbrando la plaza como 
gigantésca farola. Columpiábase majestuosamente, 
y en sus cuarterones magnos se leian bien los letreros 
y dedicatorios ideadas por el entusiasmo combista. La 
efigie, ó mejor el celoso de D. Victoriano, que ocu- 
paba todo un frente, seguía la forma rotunda del glo- 
bo, y sobresalía, tan feo y desproporcionado, que 
daba gozo, tenia por ojos dos sartenes, por pupilas 
dos huevos que se freían sin duda en ellas, por boca 
una especie de pez ó lagarto, y por barbas un enma- 
rañado bosque ó mapa de chafarrinones de sieno y 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» I $ I 

negro humo. Monumentales ramas de laurel verde se 
cruzaban la cabeza del gigantón haciendo juego con 
las palmas de oro de su uniforme de ministro tra- 
zadas con brochazos de ocre... Y el globo crecía, se 
ensanchaba, sus paredes se ponían eada vev mas ten- 
sas, y atirantábase la cuerda que contenia su masa, 
impaciente ya por lanzarse á las alturas del cielo. 
Loscombistas rugían de júbilo. Alzóse un rumor 

un hondo rumor de zozobra... 

La cuerda habia sido cortada diestramente, y se- 
reno, poderoso, magnífico, se elevó el globo á unos 
cuantos metros de altura, ascendiendo con el apo- 
teosis de don Victoriano, la gloria de sus laureles, 
rótulos y atributos. Resonó en el balcón y debajo 
de él una salva de aplausos y aclamaciones triunfa- 
les, j Oh vanidad de la humana alegría! No fué una 
piedra romerista, fueron tres lo menos las que enton- 
ces, disparadas por certera mano, abrieron brecha 
en el monumento de papel, y por las heridas empezó 
á escaparse á toda prisa el fluido vital, el aire calien- 
te. Encogióse el globo, se contrajo como un gusano 
cuando lo pisan, doblándose al fin por la cintura y 
entregándose al fuego de la mecha, que en un decir 
Jesús se apoderó de él y lo envolvió en un manto de 
llamas. 

Al mismo tiempo que fenecía miserablemente el 



1$2 



EL CISNE DE VILAMORTA 



globo del candidato oficial, el globo romerista, chi- 
quito y redondo, pintarrajeado con obscenos dibu- 
jos, subia listo y vivaracho desde una esquina de la 
plaza, resuelto á no parar hasta el último pabellón 
de nubes. 

XIV 

ieves pasó la noche intranquila, y al des- 
pertar, los recuerdos de la víspera se le 
ofrecieron dudosos y como soñados; no 
acababa de dar crédito á la realidad de aquella sin- 
gular osadía de Segundo, aquella toma de posesión 
directa, aquel apasionado ultraje que ella no supo 
resistir. ¡En qué grave compromiso la ponía el atre- 
vido del poeta! ¿Y si álguien lo había notado? Al 
despedirse de las chicas que la acompañaban en el 
balcón, ellas se reían de un modo así.... particular. 
Cármen Agonde, la muchachona gruesa, con sus ojos 
dormilones y su genio de pastaflora, descubría á 
veces tanto la hilaza de la malicia.... Pero quiá..... 
¿cómo habían de ver nada? El chai argelino era lar- 
go y cubría todo el cuerpo.... Y Nieves tomó el chai, 
se lo puso y se miró con dos espejos para cerciorar- 
se de que con aquella prenda no podía verse un bra- 
zo pasado alrededor de un talle — Estaba en esta 




BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» I $ 3 



ocupación cuando abrieron la puerta y entró una 
persona. Ella soltó el espejillo, estremeciéndose. 

Era su marido, más que nunca amarillo, ó mejor 
dicho, color bazo, con las huellas del padecimiento 

escritas en el rostro A Nieves le dió un vuelco la 

sangre. ¿Sabría algo D. Victoriano? No tardó en 
tranquilizarse oyéndole hablar, con despecho mal 
reprimido, del fracaso del globo y del descaro de los 
romeristas. El ministro necesitaba desahogar su con- 
trariedad quejándose del dolorcillo del alfilerazo. 

— Pero has visto, hija. . . .¿qué te parece?. . . . 

Lamentóse después del continuo ruido de la feria, 
que no le había consentido pegar los ojos. Nieves 
convino en que era cosa molestísima: también ella se 
encontraba desvelada. El ministro abrió la ventana 
y el ruido subió, más estruendoso y alto. Asemejá- 
base á un gran coral ó sinfonía compuesta de voces 
humanas, relinchos de bestias, gruñidos de cerdos, 
mugidos de vacas, terneros y bueyes, pregones, ri- 
ñas, cantares, blasíemias y sonidos de instrumentos 
músicos. La marejada de la feria cubría á Vila- 
morta. 

Desde la ventana se veían las olas, un bullir de 
hombres y animales entreverados, embutidos por de- 
cirlo así los unos en los otros. Entre la masa de al- 
deanos se abria camino frecuentemente un rebano d@ 



I 54 EL CISNE DE VILAMORTA 



seis ú ocho becerros, asustados, en dramática acti- 
tud; una muía llevada del diestro formaba corro, 
disparando un semicírculo de coces; oíanse chillidos 
y ayes de dolor, pero los de atrás empujaban y el 
hueco volvía á llenarse; un jaco, excitado por la pro- 
ximidad de las yeguas, se encabritaba exhalando de- 
sesperados relinchos, caía al fin, y mordía, hidró- 
fobo de celo, lo primero que encontraba. Los mer- 
caderes de hongos de fieltro hacían muy rara figura, 
paseando su mercancía toda sobre la cabeza: una 
torre de veinte á treinta sornbrerones, semejante á las 
pagodas chinas. Otros traficantes vendían en un 
mostrador portátil colgado al pescuezo por dos cintas, 
ovillos de hilo, balduque, dedales y tijeras; los ven- 
dedores de ruecas y husos los llevan alrededor de la 
cintura, del pecho, por todas partes, como el inhábil 
nadador lleva las vejigas; y los sarteneros relucían 
al sol, á modo de combatientes feudales. 

Mareaban la confusión, el vaivén no interrumpido 
de la muchedumbre, la mescolanza de racionales y 
bestias, y era fatigoso el doliente mugir de las vacas 
apaleadas, el chillido de terror de las mujeres, la 
brutal hilaridad de los borrachos, que salían de las 
tabernas con el sombrero echado atrás, la lengua es- 
tropajosa, y muy deseosos de expansión y aire, de 
arremeter contra los hombres y pellizcar á las mozas, 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» I y f 



Estas, afligidas, levantaron el grito, no logrando es- 
quivar el brazo de los borrachos sino para caer en las 
astas de algún buey, ó recibir la hocicada de alguna 
muía, que les bañaba sienes y frente en espumosa 
baba. Y lo más aterrrador era ver á unas cuan- 
tas criaturas de pecho, llevadas en alto por sus 
madres, bogando como endebles esquifes en tan irri- 
tado golfo. 

Cosa de media hora estuvo Nieves asomada, hasta 
que se le cansaron los ojos y los oidos, y se retiró. 
A la tardecita se puso otro rato á la ventana. Se 
habia aplacado un poco el tráfago comercial, y el 
señorío del Borde empezaba á concurrir á la íéria, 
Agonde, á quien en todo el día no se le habia visto 
el pelo, porque le absorvia la desesperada timba que 
funcionaba en la trastienda, subió entonces un rato, 
y limpiándose el sudor copioso, explicaba á Nieves 
las notabilidades conforme iban apareciendo, nom- 
brándole los arciprestes, los párrocos, los médicos, 
los señoritos... 

— Aquel flaco, flaco que trae un matalón pasado 
por tamiz, y adornos de plata en la montura, y es- 
puelas también de plata.., es el señorito de Limioso 
... una casa, Dios nos libre de la pierna del Cid... 
El Pazo de Limioso está á la parte de Cebre...Lo 
que es tener, no tienen un ochavo, rentitas de cente- 



i $6 EL CISNE DE VILAMORTA 

no y cuatro viñas que ya no dan uva... ¿Pero V. 
piensa que el señorito de Limioso entrará á comer en 
alguna posada? No señora: traerá en el bolsillo su 
pan y queso... y dormirá... ¿qué sé yo donde? Como 
es carlista, en la trastienda de doña Eufrasia le de- 
jarán echarse sobre la silla del penco, porque un dia 
como hoy no sobran colchones... Si al espolista que 
lleva le abulta tanto la íaja, es que de seguro viene 
ahí el pienso del jaco.. . 

— Usted exagera, Agonde. 

— ¿Exagerar? Si, si... V. no tiene idea de lo que 
son estos señoritos. Aquí les llaman de siete en bes- 
tia, porque suelen traer para siete un solo caballo, 
que van montando por turno dos á dos; y un poco 
antes del pueblo se detienen para entrar á caballo uno 
á uno, muy armados de látigo y espuelas, y el jaco 
pasa siete veces con siete jinetes distintos... Pues 
mire V. quien viene allí en una borrica y una muía 
... ¡Las señoritas de Loiro! Son amigas de lasMolen- 
de... Repare V. el lío que traen delante: es el vestido 
para el baile de hoy. 

—¿Pero es de veras? 

— ¡Vaya! Sí, señora: ahi vendrá todo, todito: el 
miriñaque ó como séllame eso que abulta detrás, los 
zapatos, las enaguas y hasta el colorete... ¡Ah! pues 
éstas son muy finas, que vienen á vestirse al pueblo: 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



i)7 



la mayor parte, hace años, se vestían en el pinar 
que está junto al eco de Santa Margarita... Como no 
tenían casa aquí, ya se vé, ellas no habían de perder 
el baile, y á las diez y media ó á las once estaban en- 
tre pinos abrochándose los cuerpos escotados, pren- 
diéndose lacitos y perendengues, y tan guapas... 
Entre todo este señorío, créame, Nieves, no se junta 
el valor de un peso... Son gente que por no gastar 
grasa ni hacer caldo, almuerza sopa en vino... El 
mollete de pan de trigo lo cuelgan allá en las vigas 
para que no lo alcance nadie y dure años... Ya los 
conoce uno: vanidad y nada más... 

Enseñábase el boticario, muítiplicando por meno- 
res y recargándolos, con rabia de plebeyo que coge 
al vuelo una ocasión de ridiculizar á la aristocracia 
pobre, y refiriendo historias de todos los señoritos 
y señoritas, miserias más ó menos hábilmente reca- 
tadas. Reíase don Victoriano recordando algunos 
de aquéllos cuentos, ya proverbiales en el país, mien- 
tras Nieves, tranquilizada por la risa de su marido 
empezaba á pensar sin terror, antes con cierta com- 
placencia recóndita, en los episodios de los fuegos. 
Habia temido ver á Segundo entre la multitud, pero 
á [medida que venia la noche y se borraban los vivos 
colores de los tinglados y se encendían lucecillas y 
eran más roncos los cantos de los beodos, se sosega- 



i 58 



ÉL CISNE DE VÍLAMORTA 



ba su ánimo y el peligro le parecía muy remoto, casi 
nulo. En su inexperiencia se había figurado al pronto 
que el brazo de Segundo le dejaría señal en el talle, y 
que el poeta aprovecharía el primer momento para 
aparecer exigente y loco de amor, delatándose y 
comprometiéndola. Mas el día se deslizaba sereno y 
sin lances, y Nieves probaba la impaciencia inevita- 
ble en la mujer que no ve llegar al hombre que ocu- 
pa su imaginación. Al fin pensó en el baile. Allí es- 
taría Segundo, de hecho. 

XV 

se compuso para el baile del poblachón con 
secreta ilusioncilla, esmerándose lo mismo 
que si se tratase de un sarao en el palacio de 
Puenteancha. Claro está que el tocado y vestido eran 
muy diferentes, pero no menor el estudio y arte en la 
elección. Un traje de crespón de China blanco, subí- 
do y corto, guarnecido con encaje de ralcnciennes- 
traje plegado, adherente y dúctil lo mismo que una 
camisa de batista, y cuya original sencillez completaban 
los largos guantes de Suecia, oscuros, arrugados en 
la muñeca, que subían hasta el codo. Un terciopelo 
negro rodeaba la garganta y lo cerraba una herradura 
de brillantes y záfiros. El hermoso pelo rubio, reco- 




BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



giclo á la inglesa, se insubordinaba un tanto en la 
frente. 

Casi le dió vergüenza de haber calculado este atavío 
cuando atravesó del brazo de Agonde la fangosa pla- 
za, y oyó la ratonera música, y vió qne, como la 
víspera, estaba el zaguán del Consistorio lleno de 
gente acurrucada, á la cual era necesario pisar para 
llegar hasta la escalera. Por los descansos corrían las 
heces de la feria, un reguero oscuro, color de vino... 
Agonde la desvió. 

— No pise ahí, Nieves. . . cuidadito... 

Ella se sintió repelida portan feo ingreso, y recor- 
dó el vestíbulo y la escalera de los duques de Puente- 
ancha, de mármol, alfombrada por el centro, con 
macetas á los lados... A la puerta del salón donde 
ahora penetraba, había una cantina" provista de azul 
carillo:, rosquillas y dulces, y la mujer de Ramón el 
confitero, con su inseparable mamón, despachaba el 
género mirando torvamente á las señoritas que entra- 
ban á divertirse. 

Sentaron á Nieves en el lugar más conspicuo", de 
salón, frente á la puerta. No estaban muy limpias las 
caleadas paredes, ni muy fllamantes las banquetas 
cubiertas de paño grana; y ni las luces muy despabi- 
ladas, ni la araña de hojalata con bujías forma- 
ban un espléndido alumbrado. La mucha gente 
era causa dé que el calor rayase en insufrible. 



IÓO EL CISNE DE VILAMORTA 



Hácia el centro del salón se arracimaban los hom- 
bres, confundiéndose en negra masa la juventud de 
Vilamorta con agüistas, forasteros, tahúres y señori- 
tos monteses. Cada vez que la música atronaba el re- 
cinto cón la indiscreta sonoridad de sus metales , del 
grupo central se destacaban los animosos bailarines, 
lanzándose en busca de pareja. 

Nieves miraba, sorprendida, el aspecto del baile. 
Producíanle un efecto raro y cómico las señoritas 
con sus peinados abultados y pingües en rizos, sus 
teces raíagueadas de polvos de arroz ordinarios, sus 
escotes por poco más abajo del percuezo, sus largas 
colas de telas peseteras, pisoteadas y destrozadas por 
las recias botas de los galanes, sus flores de tarta 
mal prendidas, y sus guantes cortos de muñeca, d e 
grueso cabrito, que amorcillaban las manos... 
Acordábase Nieves de las descripciones de Agonde, 
del tocador establecido en el pinar, y se daba aire 
con su gran pericón negro, tratando de alejar la 
atmósfera pestilente en que el bureo del baile la en- 
volvía. Allí se bailaba á destajo, como si disputasen 
un premio ofrecido á quien echase más pronto los 
bofes; iban las parejas arrastradas por su propio 
impulso á la vez que por los ajenos empujones, piso- 
tones y rodillazos; y Nieves, habituada á presenciar 
el baile acompasado y fino de los saraos, se admi- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» I 6 I 

raba de la fé y resolución con que brincaban en Vi- 
lamorta. Algunas muchachas á quienes los taconazos 
habían desgarrado los volantes del traje, se paraban, 
remangaban la cola, arrancaban el adorno todo al 
rededor rápidamente, lo enrollaban, y después de 
arrojarlo á una esquina, volvían risueñas y felices á 
los brazos de su pareja. Los caballeros se enjugaban 
el sudor con el pañuelo, pero era inútil; cuellos y 
pedieras se reblandecían, el pelo se pegaba á las 
[rentes, por los sobacos de -los corpiños de seda se 
extendía una mancha, y los cinco decios de los gala- 
nes se señalaban y quedaban impresos en la espalda 
délas señoras... Y la gimnasia proseguía, y el polvo 
y las mulécolas de sudor viciaban el aire, y el piso 
del salón se cimbreaba... Había parejas hermosas, 
jóvenes írescas y mancebos gallardos, que danzaban 
con la alegría sanajíe la mocedad, con los ojos bri- 
llantes, rebosando expansión física; y otras muy re- 
silles, de hombres chiquitos con mujeres alias, de 
mujeronas cón niños barbiponientes, de un anciano 
calvo con una inmensa jamona. Algunos hermanos 
bailaban con sus hermanas, por cortedad, por no 
atreverse á sacar á otras señoritas, y el secretario del 
ayuntamiento, casado hacia años ya con una oren- 
sana rica, vieja y muy celosa, saltaba toda la noche 



IÓ2 



EL CISNE D2 VILAMORTA 



con su mujer, y por no morir asfixiado imprimía á 
polkas y valses el compás de las habaneras. 

Cuando Nieves entró la miraron las demás muje- 
res con curiosidad primero y sorpresa después. 
¡Cosa más rara! ¡Venir tan sencilliía! ¡No traer una 
cola de vara y media, ni una flor en el peinado, ni 
brazaletes, ni zapatos ele seda! Dos ó tres forasteras 
de Orense; que abrigaban la pretensión de poner ra- 
ya en el baile de Vilamorta, quehicheaban entre sí 
comentando aquella negligencia artística y el pudor 
de aquel corpiño blanco, subido y la gracia de 
aquella cabeza chiquita, casi sin moño, vaporosa 
como la de los grabados ele La Ilustración. Se pro- 
ponían las de Orense copiar el figurín; en cambio 
las de Vilamorta y el Borde censuraban acerbamen- 
te á la ministra. 

— Viene así como vestida de ca sa. . . 

— Lo hace porque aquí no se quiere poner nada 
bueno... Ya se ve, para un baile de aq uí... Pensará 
que no entendemos. .. Pero mujer, siquiera peinarse 
algo mejor... Y bien se le conoce que se aburre, mi- 
ra, ¡si parece que se está durmiendo! 

— Antes parecía que no se podía estar quieta sen- 
tada... daba con el pié en el suelo, de ganas que 
tenía de reírse..» 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



163 



¡Ahí ¡Efectivamente, Nieves se aburría! ¡Y si las 
señoritas censoras pudiesen adivinar la causa! 

No veía á Segundo en parte alguna, por más 
que le buscaba con los ojos, al principio disimula- 
damente y sin rebozo/Iespués. Por fin vino el aboga- 
do Garcia á saludarla, y entonces no se pudo conte- 
ner, y esforzándose por hablar en tono natural y co- 
rriente, le preguntó: 

— ¿Y el pollo? ¡Milagro que no anda por aquí! 

— ¿Quien? ¿Segundo? Segundo es allá... tan raro., 
¡vaya V. á saber lo que estará haciendo él á estas 
horas! Leyendo versos, ó componiéndolos... Hay 
que dejarlo con sus manías. 

Y el abogado agitó las manos, como indicando 
que era preciso respetar las extravagancias del genio, 
mientras pensaba para sus botones: 

— Estará con la condenada de la vieja, 

La verdad era que el poeta, dadas las circunstan- 
cias, por nada del mundo iría á un baile como 
aquel, donde sus conocidas, las chicas del pueblo, 
le comprometerían á bailar, á recibir empellones y 
sudar el quilo como los demás muchachos. Y su 
retraimiento, hijo del instinto estético, surtió efecto 
maravilloso en Nieves, borrando del todo los resi- 
duos del temor, estimulando la coquetería ■, pican- 
do la curiosidad. 



EL CISNE DE VILAMORTA 



Hablábase en el mismo baile, en el círculo radi- 
cal que se formó alrededor de D. Victoriano y su 
esposa, de la salida inmediata para las Vides, á pre- 
senciar la vendimia: proyecto que regocijaba al ex- 
ministro, como regocija á un niño cualquiera diver- 
sión extraordinaria. Se nombraba á las personas á 
quienes el hidalgo tenía convidadas ó pensaba con- 
vidar para tan alegre época, y al pronunciar Agonde 
el nombre de Segundo, Nieves alzó los ojos, su ros- 
tro se animó, mientras se decía interiormente: 

— Es capaz de no ir. 



XVI 

ran día en las Vides aquél que el ayunta- 
miento señala para la vendimia! El año en- 
tero transcurre en preparativos y especta- 

ción del hermoso tiempo de la cosecha. La parra se 
ha vestido de púrpura y oro, pero ya va soltando 
lentamente parte de su rico ornato, como la despo- 
sada sus velos al pie del tálamo nupcial: las avispas 
se encarnizan en los racimos, avisando al hombre 
de que están maduros; Setiembre ostenta la serena 
placidez de sus últimos días: á vendimia sin tar- 
danza. 




BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» l6$ 

Ni Primo Genday, ni Méndez se dan punto da 
reposo. Hay que atender á las cuadrillas de vendi- 
miadoras y vendimiadores que venien de distantes 
parroquias á alquilarse, distribuirles la labor, orga- 
nizar el -movimiento déla recolección para que re- 
sulte armónico y fructuoso. Y es que el trabajo de 
la vendimia se asemeja algo á una gran batalla, don- 
de se exije al soldado extraordinaria desarrollo de 
energía, despilfarro de músculos y sangre, pero en 
desquite es preciso tenerle siempre prevenido lo ne- 
cesario para reparar sus fuerzas en los monentos de 
descanso. Para que la gente vendimiadora estuviese 
dispuesta y animada á la penosa faena, importaba 
que encontrasen á punto, en la bodega, la ancha 
vasija llena de mosto donde bebiesen á discreción los 
carretones, al llegar exhaustos de subir el pesado 
coleiro |ó cestón henchido de uva por las cuestas 
agrias; importaba que el espeso caldo de calabazo, 
condimentado con sebo de carnero, las sardinas 
arenques y el pan de centeno abundasen cuando los 
reclamaba el apetito devorador de las cuadrillas; 
á cuyo fin, ni se apagaba el hogar de las Vides, ni 
nunca se veían desocupados los calderos enormes 
donde hervía el. rancho. 

Si á esto se añade la presencia de huéspedes nu- 
merosos y distinguidos, se comprenderá el bullí- 



i66 



CIELSNE DE VILAMORTA 



ció del caserón solariego en tan incomporables días. 
Encerraban sus paredes, aparte de la familia Comba, 
á Saturnino y Carmen Agonde, al joven y afable 
cura de Naya, al monumental arcipreste de Loiro, á 
Tropiezo, á Clodio Genday,al señorito del Limioso 
y á las dos señoritas de Molende. Hallabánse allí 
representadas todas las clases y era como microcosmos 
ó breve compendio del mundo de aquella provincia'* 
atraídos los curas por Primo Genday, los radicales 
por el diputado, y la aristocracia por el mayorazgo 
Méndez. Y toda esta gente de tan diversa condición, 
al encontrarse reunida, se dió á divertirse y gozar 
en la mejor armonía y concordia. 

Al júbilo de los vendimiadores respondía como un 
eco el de los huéspedes. Era imposible resistir á la 
expansión báquica, á la embriaguez que se respiraba 
en el aire. Entre los espectáculos deleitosos que la 
naturaleza ofrece, no cabe otro más grato que el de 
su fecundidad en la vendimia: aquellos cestos col- 
mados de racimos rubios ó del color de la cuajada 
sangre, que hombres fornidos, casi desnudos, seme- 
jantes á faunos, suben y vacían en la cuba ó en el la- 
gar; aquella risa de las vendimiadoras escondidas 
entre el follaje, disputando, desafiándose á cantar 
desde una viña á otra, desafíos que concluían aj 
anochecer como concluyen todas las expansiones vio- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» l6j 

lentas en que se gasta mucho vigor muscular; por 
desahogos melancólicos, por algún prolongado ge- 
mido céltico, algún quejumbroso a-laá-laá... La pa- 
gana sensación de bienestar, el rústico regocijo, el 
contentamiento de vivir se comunicaban á los espec- 
tadores de tan lindos cuadros; y por la noche, mien- 
tras los coros de faunos y bacantes bailaban al son 
de la flauta y la pandereta, el señorío se divertía tu- 
multuosamente, con pueriles retozos, en el caserón. 

Dormían las señoritas juntas en una gran pieza 
destartalada, la sala del Rosario, y á los huéspedes 
varones les había alojado Méndez en otra sala muy 
espaciosa, llamada del Biombo, por encerrar uno 
tan feo como antiguo; sin que de este sistema de 
acuartelamiento quedase exento más que el arci- 
preste, cuya obesidad y ronquidos eran tales, que 
ninguna persona medianamente sensible le podría su- 
frir por compañero de dormitorio; y con estar así 
repartida en dos secciones la gente traviesa y malean- 
te, sucedió que vino á armarse una especie de guerra 
y que las inquilinas de la sala del Rosario sólo pen- 
saban en hacer travesuras á los inquilinos de la del 
Biombo, resultando de aquí mil chistosas invenciones 
y divertidas escaramuzas. Entre los dos campos es- 
taba uno neutral: la familia de Comba, respetada en 
su sueño, invulnerable en materia de bromas pesadas. 



i68 



EX CISNE DE VILAMORTA 



si bien el bando femenino solía tomar á Nieves por 
confidente é inspiradora. 

—Nieves, venga acá. . .Nieves, mire qué tonta es 
Carmen Agonde. . . Mire. . . dice que le gusta más 
el arcipreste, ese barril, que D. Eugeniño, el de Na- 
ya. . . Porque dice que le da mucha risa ver cómo 
suda, y aquellas rollas de carne que tiene en el cogo- 
te. .. Y diga, Nieves, ¿qué le haremos esta noche á 
D. Eugeniño? ¿Y á Ramón Limioso, que todo el día 
nos está desafiando? 

La que así hablaba era por lo regular Teresa Mo- 
lende, morena y hombruna, de negros ojos, buen 
ejemplar de raza montañesa. 

— La de ayer nos la han de pagar — añadía su 
hermana Elvira, la sentimental poetisa. 

— ¿Pues qué ha sido? 

—Ha de saber V. que encerraron á Carmen ¡son 
el demonio! La encerraron en el cuarto de Méndez... 
Lo que no discurren: Le ataron las manos atrás con 
un pañuelo de seda, le taparon la boca con otro 
para que no chillase, y me la dejaron alli como el 
ratón en la ratonera. . . Nosotros busca que te busca 
á Carmen, y Carmen sin aparecer. . . Nosotros 
echando malos pensamientos. . . Hasta que va Mén- 
dez á acostarse y me la ve allí. . . [Por supuesto que 
tropezaron con esta boba, que si dan conmigo. . . 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 1 69 

—Lo mismo la encerraban á V.— alegó Carmen. 

— ¡A mí! — exclamó la amazona enderezando su 
robusto cuerpo. ¡Como no fuesen ellos los ence- 
rrados! 

— Pero si me cogieron la acción. . .—aseguraba 
la de Agonde poniendo el rostro compungido de un 
bebé. — Mire, Nieves, me dijeron así: «Eche las ma- 
nos atrás, Carmina, que le vamos á meter en ella 
una inonedita de cinco duros». Y yo las eché... y 
fueron tan traidores que me las ataron! 

Aquí Nieves hacía coro á las carcajadas de las do s 
hermanas. Aquella sencillez no se ha de negar qúe 
tenía mucho gracejo. Nieves creía vivir en un mundo 
nuevo donde no existía la rutina, las gastadas iór- 
mulas de la sociedad madrileña. Es verdad que tan 
candorosos y bulliciosos deportes podían rayar en 
inconvenientes ó groseros, pero á veces eran verda- 
deramente entretenidos. Desde que se levantaban los 
huéspedes, á la mesa, por las tardes, todo era solaz 
y jarana. Teresa se habia propuesto no dejar comer á 
Tropiezo, y con suma destreza cogía al vuelo las 
moscas y se las echaba disimuladamente en el caldo, 
ó le escanciaba vinagre en vez de vino, ó le untaba 
de pez la servilleta á fin de que se le pegase á la bo- 
ca. Para e] arcipreste tenía otra chanza: la de hacer- 
le hablar de ceremonias, conversación á que era muy 



i 7o 



EL CISNE DE VILAMORTA 



afecto, y al verle entreténido retirarle de delante 
el plato, que equivalía á arrancarle la mitad del co- 
razón, 

De noche, en el salón de los espejos turbios, don- 
de el piano y las mecedoras campeaban, formábase 
una brillante tertulia: se cantaban trozos de anticua- 
das zarzuelas, como El Juramento y El Grumete; 
se jugaban partidas de burro escondido y sin escon- 
der, de briscas con señas y de malilla; cansados de 
los naipes, acudían á las prendas, al florón, á apurar 
una letra y á adivinar el pensamiento... Y despierta 
ya la retozona sangre campesina, se pasaba á los 
juegos físicos, á las cuatro esquinas, á la gallina cie- 
ga, que tiene la sal y pimienta del ejercicio, del 
grito, del encontrón y la palmada... 

Recogíanse después excitados aún por el juego, y 
era la hora más tremenda, la de las grandes diablu- 
ras: la hora en que se ataban cerríllas encendidas al 
cuerpo de los grillos, para meterlos por debajo de la 
puerta del dormitorio; la hora en que se quitaban 
tablas á la tarima de Tropiezo, para que, al acos- 
tarse, se hundiese y diese formidable costalada... 
Oíanse por los corredores risas,, pasos tácitos, y se 
veían bultos blancos que escurrían precipitadamente 
y puertas que se cerraban con llave y ante las cuales 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



171 



se amontouaban muebles, mientras salía de den- 
tro una voz gruesa y pastosa diciendo: 
— ¡Que vienen! 

— ¡Cerrar bien, chicas!... ¡No se abre ni al Espí- 
ritu Santo!... 

XVII 

egundo fué el último en gozar la hospitali- 
dad de las Vides. Como era poco aficionado 
á juegos y Nieves tampoco tomaba en ellos 
parte muy activa, encontraríanse aislados á no ser 
por Victorina, que no se despegaba de su madre ape- 
nas veía próximo á Segundo, y también por Elvira 
Molende, que desde el primer instante se adhirió al 
poeta como la enredadera al muro, dedicándole un 
repertorio de miradas, suspiros, confidencias y va- 
guedades capaces de empalagar á un mozo de confi- 
tería. Al punto y hora en que Segundo pisó las Vi- 
des, perdió Elvira todo el vapor de su animación, y 
adoptó la acostumbrada postura lánguida y senti- 
mental, que hacía parecer más hendidas sus mejillas 
y más ojerosos y marchitos sus párpados. Recobró 
su andar la melancólica inclinación del sáuce, y de- 
jando á un lado bromas y retozos, se consagró por 
completo al Cisne. 




172 



EL CISNE DE VILAMORTA 



Como hacía luna y eran las noches apetecibles pa- 
ra gozadas, así que se ponía el sol y se acababa el 
bureo de la labor y las parejas de vendimiadores se 
reunían á danzar, algunos de los huéspedes se jun- 
taban á su vez en el huerto, especialmente al pié de 
un paredón que tenía por límite camelios frondosos 
ó bien se detenían, al regresar de paseo, en algún 
lugar de esos que convidan á sentarse y á un rato de 
plática. Sabía Elvira de memoria muchos versos 
buenos y malos, por lo regular pertenecientes al gé- 
nero tristón erótico y elegiaco; no ignoraba ninguna 
de lasflores y ternezas que constituyen el dulce tesoro 
de la poesía regional, y al pasar por sus delgados la- 
bios, por su voz suave, timbrada con timbre cristali- 
no, al entonarlos con su mimoso acento del país, los 
versos gallegos adquirían algo délo que la saeta an- 
daluza en la boca sensual déla gitana: una belleza ín- 
tima y penetrante, la concreción del alma de una 
raza en una perla poética, en una lágrima de amor. 
De tan plañideras estroíasse alzaba á veces irónica ri- 
sa, lo mismo que el repique alegre de las castañuelas 
suele destacarse entre los sones gemidores de la gaita. 
Ganaba las poesías en dialecto y parecía aumentar- 
se su frescura y agreste aroma al decirlas una mujer, 
con blanda pronunciación, en la linde de un pinar ó 
bajo la sombra de un emparrado, en serenas noches 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» I73 



de luna: y el ritmo pasaba á ser melopea vaga y so- 
ñadora como la de algunas baladas alemanas; músi- 
ca labial, salpicada de muelles diptongos, de enes 
cariñosas, de x moduladas con otro tono más meloso 
que el de la silbadora ch castellana. Generalmente, 
después de haber recitado buen rato, se cantaban 
canciones: D. Eugenio, que era rayano, sabía 
fados portugueses; y Elvira se pintaba sola para 
entonar aquella popularísima y saudosa Ccántiga de 
Curros, que parece hecha para las noches druídicas, 
de lunar. 

Segundo tembló de vanidad cuando, en turno con 
los de los poetas conocidos y amados en el país, re- 
citó Elvira de corrido la mayor parte de los cantos 
del Cisne, impresos en periódicos de Vigo ó de 
Orense. Segundo no había escrito nunca en dialecto, 
y sin embargo, Elvira tenia un libro donde recortaba 
y pegaba con engrudo todas las producciones del des- 
conocido Cisne. Y Teresa, terciando en la animada 
conversación, delató, con el mejor propósito, á su 
hermana. 

—Esta también compone. Anda, mujer, di algo 
tuyo. Tiene un cuaderno así de cosas suyas, discu- 
rridas, escritas por ella. % 

Recitóla poetisa, después de los indispensables 
remilgos, dos ó tres casillas casi sin forma poética, 



i74 



EL CISNE DE VILAMORTA 



flojas, sinceras en medio de su falsedad sentimental: 
de esos versos que no revelan facultades artísticas, 
pero son indicio cierto, infalible, de que el autor ó 
autora siente un anhelo no satisfecho, aspira á la 
fama ó á la pasión, como el inarticulado lloro del 
párvulo declara su hambre. Segundo daba tormento al 
bigote; Nieves bajaba los ojos y jugaba con las bor- 
las de su abanico, impaciente y aun algo aburrida y 
nerviosa. Sucedía esto á los dos ó tres días de la lle- 
gada de Segundo, el cual todavía no había podido 
realizar la menor tentativa de decirle á Nieves dos 
palabras. 

— ¡Qué señoritas estas tan cursis! — pensaba la de 
Comba, mientras en voz alta repetía:— ¡Qué bonito 
qué tierno! Se parece á unas composiciones de 
Grilo. . . 

XVIII 

o hablaban de versos el mayorazgo de las 
Vides, ni los Gendays, ni el arcipreste, ins- 
talados en el balcón so pretexto de tomar la 
luna; en realidad para debatir la palpitante cuestión 
de vendimia. 

¡Buena cosecha, buena! La uva no tenía ni seña- 
les de oidium: era limpia, gruesa, y tan sazonada, 




BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» I 7 $ 



que se pegaba á los dedos lo mismo que si estuviese 
regada con miel. De seguro valía más el vino nuevo 
de aquel año que el viejo del anterior. ¡El anterior 
fué mucho cuento! ¡Que granizo por acá, que agua 
por acullá!... Estaba la uva abierta ya con tanto llo- 
ver y sin pizca de sustancia; resultó un vino que ape- 
nas manchaba la manga de la camisa de los arrie- 
ros... 

Al recordar semejante calamidad, Méndez fruncía 
su arrugada boca, y el arcipreste resoplaba... Y la 
conversación seguía, sostenida por Primo Genday, 
que muy verboso, salivando y riendo, recordaba 
pormenores de cosechas de veinte años atrás, afir- 
mando: 

—La de este año es igualita á la del sesenta y 
uno. 

—Lo mismo, hombre, confirmaba Méndez. Lo 
que es el Rebeco no da esta vez menos cargas; y la 
Grilloa, no sé, no sé si aun nos meterá en casa seis ó 
siete más... ¡Es mucha viña la Grilloa! 

Después de tan alegres augurios de pingüe reco- 
lección, complacíase Méndez en detallar á su atento 
auditorio algunas mejoras que introducía en el culti- 
vo: tenía ajustada la mayor parte de sus pipas con 
arcos de hierro, más costosos que los de madera, pe- 
ro mas duraderos y que ahorraban la pesada faena 



EL CISNE DE VILÁMORTA 



de preparar y domar arcos á cada vendimia: además 
pensaba instalar, por vía de ensayo, un lagar con no 
sé qué hidráulicos artificios, que evitasen el feo es- 
pectáculo de la la uva pisada por humanos piés; y no 
queriendo tampoco desperdiciar el bagazo de la uva, 
destilaría un alcohol refinado que le había de com- 
prar Agonde á peso de oro para remedios... 

Al arrullo de las voces graves que discutían im- 
portantes puntos agrícolas en el balcón, don Victo- 
riano, un tanto rendido de su expedición á las viñas, 
fumaba en la mecedora, sepultado en penosas medi- 
taciones. Desde su regreso de las aguas, sentíase cada 
vez más débil: la efímera mejoría se evaporaba, cre- 
ciéndola postración, la bulimia, la sed y la desecación 
del pobre cuerpo. Recordaba que Sánchez del Abro- 
jo le había indicado cuánto alivio le proporcionaría 
un ligero sudor, y al observar los primeros días, des- 
pués de beber el agua sulfurosa, el restablecimiento 
de esta función de la piel, su alegría no tuvo límites. 
¡Mas cuál fué su terror al advertir que la camisa tie- 
sa y dura, se le pegaba al cutis, como si estuviese 
empapada en almíbar! Apoyó los labios en un plie- 
gue de la manga y percibió un sabor dulzón. ¡Evi- 
dente! ¡Sudaba azúcar! ¿La secreción glicosa era, 
pues, incoercible, y por tremenda ironía de la suerte, 
todas las amarguras de su existencia venían á resol- 



i 7 7 



verse en aquella extraña elaboración de materias 
dulces! 

Notaba de pocos días á esta parte otro alarmante 
síntoma. Su vista se alteraba. Al desecarse el humor 
acuoso del ojo, se le iba empañando el cristalino, y 
presentábase la catarata de los diabéticos. Don Vic- 
toriano sentía escalofríos. Ya le pesaba haberse pues- 
to en las homicidas manos de Tropiezo, y haber to- 
mado las aguas. Indudablemente le erraban la cura. 
Desde aquel día, régimen severo, dieta de frutas, de 
féculas, de leche. ¡Vivir, vivir siquiera un año, y 
ocultar el mal!... Si los electores veían á su diputado 
ciego y moribundo, iríanse todos con Romero... ¡El 
boletón de perderlas elecciones próximas le parecía 
tan humillante!... 

Carcajadas argentinas y exclamaciones juveniles 
que subían del huerto cambiaron el curso de sus ideas. 
¿Por qué Nieves no se hacia cargo del grave estado 
de su marido? Él quería disimular ante el mundo en- 
tero, pero ante su mujer... ¡Ah! Su mujer le pertene- 
cía, su mujer debía estar allí sosteniéndole la frente, 
acariciándole, en vez de gozar y loquear entre las ca- 
melias como una chiquilla! Si era linda y fresca y su 
marido achacoso, peor para ella... Que se aguantase, 
como era su deber... ¡Bah, qué disparate! ¡Nieves no 
le quería; no le había querido nunca! 



I78 EL CISNE DE VILAMORTA 

Las risas y el alboroto aumentaban abajo. Era 
que agotados los versos, Victorina y Teresa habían 
propuesto jugar al escondite. Victorina chillaba á 
cada momento:— ¡Tulé... panda Teresa! ¡Tulé... 
panda Segundo!— Era el huerto muy adecuando para 
semejante ejercicio, á causa de su complicación casi 
laberíntica, debida á estar dispuesto en inclinadas 
mesetas; sostenidas por paredillas, divididas por tu- 
pidísimo arbolado, y comunicadas por escalinatas 
desiguales, como sucede á las fincas todas en tan 
accidentado país. Así es que el juego producía gran 
alborozo, pues difícilmente conseguía el que pandaba 
acertar con los escondidos. 

Procuraba Nieves ocultarse bien, por pereza; por 
no pandar y tener luego que correr mucho detrás de 
los demás jugadores. Deparóle la fortuna un refugio 
soberbio, el limonero grande, situado al extremo de 
una meseta, cerca de varias escalerillas que favore- 
cían la retirada. Se emboscó, pues, en lo mas denso 
de la gruta de lollaje, haciendo por disimular su ves- 
tido claro. Breves momentos llevaba allí, cuando la 
oscuridad aumentó y una voz murmuró muy quedo: 

—¿Nieves? 

— Eh... chilló asustada. — ¿Quién me busca por 

aquí? 

—No, 11c la buscan á V..-. Sólo yo la busco cxcía- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



179 



\mó enérgicamente Segundo, penetrando en el alber- 
gue de Nieves con tanta impetuosidad, que los tar- 
díos azahares que aun blanqueaban en las ramas del 
corpulento árbol soltaron sus pétalos sobre la cabe- 
za de los dos, y gimió armoniosamente el ramaje. 

— Por Dios, García, por Dios... No sea usted im- 
prudente... márchese V... ó déjeme salir... Si vienen 
y nos encuentran aquí, que dirán... por Dios... 

— ¿Que me vaya?... pronunció el poeta. Pero se- 
ñora, aunque me encuentren aquí... no tendrá nada 
de particular; hace un rato estuve con Teresa Molen- 
de allá detrás de un camelio... ó se juega ó no se jue- 
ga,.. En fin, si V. lo manda, por darle gusto... Pe- 
ro antes, dígame V. una cosa que necesito saber... 

— En otra parte... en el salón... balbuceó Nieves 
prestando ansioso oído á los lejanos rumores y gritos 
del juego. 

— ¡En el salón!... ¡Rodeados de unos y de otros!... 
No, no puede ser... Ahora, ahora... ¿usted me oye? 

— Si, ya oigo, pronunció ella con voz apagada por 
el temor. 

— Pues la adoro, Nieves. La adoro y V me quie- 
re á mí. 

—¡Ghisst! ¡silencio, silencio! Están cerca,. .Suenan 
así como pasos... 



l80 EL CISNF DE VILAM0RTA 



—No, son las hojas.,. Dígame que me quiere y me 
voy, 

—¡Qué vienen! Por Dios, ¿yo me voy á morir 
del susto! Basta de broma, García; yo le suplico... 

— Sabe V. demasiado que no es broma. . .¿Ya no 
se acuerda V. del día de los fuegos? Si V. no me qui- 
siese, aquel día hubiera apartado el cuerpo. . .ó gri- 
tado. . . V. me mira á veces. . .me devuelve las mi- 
radas. . . ¡No me lo puede V. negar! 

Segundo estaba al lado de Nieves, hablando con 
arranque fogoso pero sin tocarla, por mas que la em- 
balsamada y rumorosa celda que ocupaban ambos 
oprimiese blandamente sus cuerpos, como aconseján- 
doles aproximarse. Pero Segundo se acordaba de 
las frías y duras ballenas, y Nieves, trémula, se echa- 
ba atrás. Trémula, si, de miedo. Podía llamar á la 
gente; pero si Segundo no se desviaba, que disgus- 
to, qué explicaciones, que vergüenza. Después de to- 
do, el poeta llevaba razón: la noche de los fuegos 
ella había sido débil, y estaba cogida. ¿Y qué haría 
Segundo después de oir el sz? El reitera su orgulíosa 
y vehemente afirmación. 

— Usted me quiere, Nieves... V. me quiere. . . 
Dígalo una vez, una sola y me marcho... 

Dejóse oir á corta distancia la voz acontraltada de 
Teresa Molende, haciendo una especie de convocato- 
ria. .. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



181 



— Nieves, ¿donde está? Victoriniña, Carmen . . . 
adentro, que cae rocío... 

Y otro órgano atiplado,"el de Elvira, lanzó á los 
ecos: 

— ¡Segundo! ¡Segundo! ¡Nos retiramos! 

Caía, en efecto, esa mollizna imperceptible que re- 
fresca las noches calurosas de Galicia; las hojas cha- 
roladas del limonero, en el cual se embutía Nieves pa- 
ra desviarse ele Segundo, estaban húmedas de relen- 
te; el poeta se inclinó y sus manos encontraron otras 
heladas de frío y pavor... Apretólas hasta estrujar- 
las. 

— O me dice V. si me quiere... 

—¡Pero Dios mío, están llamándonos... me echan 
de menos... tengo frío! 

—Pues dígame la verdad. Si no, no hay fuerzas 
humanas que de aquí me arranquen... suceda lo que 
suceda. ¿Tan dilícil es decir una palabra sola? 

—¿Y que he de decir, vamos? 

— ¿Me quiere V.? Sí ó no. 

— ¿Y me deja V. salir... ir á casa? 

— Todo... todo... ¿pero me quiere V.? 

El sí no se oyó casi. Fué una aspiración, una s 
prolongada. Segundo le deshacía las muñecas. 

—¿Me quiere V... corno yo la quiero? Dígalo us- 
ted claro. 



l82 EL CISNE DE VILAMORTA 



Esta vez Nieves, con esfuerzo, articuló un si re- 
dondo. Segundo le soltó las manos, se llevó las su- 
yas á la boca en apasionado ademán de gratitud, y 
saltando por las escalerillas, desapareció entre los 
frutales. 

XIX 

espiró Nieves. Estaba... así... como aturdi- 
da. Sacudió las muñecas, doloridas por la 
.presión de los dedos de Segundo, y se 
compuso el pelo, mojado de rocío y revuelto con el 
roce del ramaje. ¿Qué había dicho, señor?... Cual- 
quier cosa para salir de tan grave aprieto... Ella se 
tenía la culpa, por apartarse de la gente y esconderse 
en un punto retirado... Y, con ese deseo de dar" publi- 
cidad á los actos indiferentes, que acomete á las per- 
sonas cuando tienen que ocultar algo, gritó llamando 
á todo el mundo: 
— ¡Teresa! ¡Elvira! ¡Carmen! ¡Carmen! 
— ¿Dónde está? ¡Nieves! ¡Nieves! respondieron 
desde varios sitios. 

— Aquí... junto al limonero grande... ¡Ya voy! 
Cuando entraron en la casa, Nieves, más serena, 
recapacitaba y se asombraba de sí misma. ¡Decirle á 
Segundo que sí! Ello había salido medio á la 




BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



l8 3 



fuerza; pero al cabo, había salido de su boca. ¡Qué 
atrevimiento el del poeta! Imposible parecía que fuese 
tan resuelto el chico del abogado de Vilamorta. Ella 
era una dama de distinción, muy respetada: su mari- 
do acababa de ser ministro. Y aquella familia dé 
García... ¡Bah!... unos nadies; el usaba cada cuello 
deshilachado, que daba pena; no tenían criada, las 
hermanas corrían descalzas á veces... El mismo Se- 
gundo, a la verdad. .. se le notaba muchísimo el aire 
de provincia, y el acento gallego. No, feo no podía 
llamársele: tenía algo de particular en la cara y en el 
tipo... ¡Hablaba con tanta pasión! Como si en vez de 
rogar mandase... ¡Qué aire de dominio el suyo! Y 
era lisonjero un perseguidor así, tan entusiasta é in- 
trépido... ¿Quién se había enamorado de Nieves 
hasta la fecha? Cuatro galanterías; uno que la miraba 
con los gemelos... Todo el mundo en Madrid la tra- 
taba con esa tibieza y consideración que inspiran las 
señoras respetables ... 

Por lo demás, no "dejaba de comprometerla 
aquel empeño de Segundo. ¿Se enterarían las gen- 
tes? ¿Lo notaría su marido? ¡Bah!... su marido sólo 
pensaba en sus achaques, en las elecciones... Con 
ella apenas hablaba de otra cosa. ¿Y si se hacía car- 
go? ¡Que horror, Dios mió! Y las del escondite, ¿no 
maliciarían?,., Elvira se mostraba más lánguida y 



,3 4 



EL CISNE DE VILAMORTA 



suspirona que de costumbre... ¡A Elvira le gustaba 
Segundo! A él. .. no; él no le hacia pizca de caso..* 
Y los versos de Segundo sonaban bien, eran lindos; 
podían figurar en La Ilustración... En fin... Como 
antes de las elecciones tendrían que marcharse á Ma- 
drid, apenas existía peligro grave... Siempre le que- 
daría un grato recuerdo del veraneo... El caso era 
evitar, evitar... 

No se atrevió Nieves á decirse á sí misma lo que 
convenía evitar, ni había dilucidado este punto cuan- 
do penetró en el salón, donde la partida del tresillo 
funcionaba ya. Sentóse la señora de Comba al piano, 
y tecló varias cosillas ligeras, polkas y rigodones pa- 
ra que bailasen las muchachas. Estas le pidieron á 
voces otra música. 

—Nieves ¡la muifíeira! 

— ;La rlveirana, por Dios! 

— ¿La sabe toda, Nieves? 

— Todita. ¿Pues no la he oído en las fiestas? 

— A echarla. Venga de ahí. 

— ¿Quien la echa? 

— ¿Quien la rcpmica, ¡A ver, á ver! 
Alzáronse varias voces delatoras. 
— Teresa Molende. . . ¡juy! Da gusto vérsela bai- 
lar. 

—¿Y la pareja? 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



.85 



— Aquí... Ramoncifío Limioso, que puntea que 
es un pasmo. 

Reíase Teresa, con viriles y sonoras carcajadas, 
jurando y perjurando que había olvidado la muiñei- 
ra, que nunca la supo á derechas. De la mesa de 
tresillo se elevó una protesta: la del dueño de la ca- 
sa, Méndez. ¡Va3'a si Teresiña bailaba bien! Que no 
se disculpase, que no le valía la disculpa: no habia 
en todo el Borde moza que echase la rireirana con 
más salero: es verdad que cada día se iba perdiendo 
la costumbre y el chiste para estas cosas tradiciona- 
les, antiguas. . . . 

Cedió Teresa, no sin afirmar por última vez su in- 
competencia. Y después de recogerse con alfileres la 
falda del vestido para que no le hiciese estorbo, cesó 
de reír, y adoptó un continente modesto y candoro- 
so, dejando caer el velo ele los párpados encima ele 
sus gruesos y ardientes ojos, inclinando la cabeza so- 
bre el pecho, descolgando los brazos á lo largo del 
cuerpo, é imprimiéndoles leve oscilación, mientras 
frotaba una contra otra las yemas del pulgar é índice; 
y así, andando á menudos pasitos, con los piés muy 
juntos, siguiendo el ritmo de la música, fué dando la 
vuelta al salón con singular decoro y la mirada pues- 
ta en el piso, deteniéndose al fin en el testero. Mien- 
tras esto sucedía, el señorito de Limioso se quitaba 



1 86 EL CISNE DE VILAMORTA 



su chaquet rabicorto, quedándose en mangas de ca- 
misa, se calaba el sombrero, y pedía un objeto indis- 
pensable. 

— Victoriña, las postizas. 

Corrió la niña y trajo hasta dos partes de casta- 
ñuelas. El señorito afianzó el cordón entre los dedos, 
y prévio un arrogante repique, entró en escena. Era 
la propia estampa de don Quijote en lo seco y ave- 
llanado-, y como al hidalgo manchego, no se le po- 
día negar distinción y señorío, por más que imitase 
escrupulosamente los torpes movimientos de los mo- 
zos aldeanos. Colocóse delante de Teresa, y la re- 
quirió con un punteo apresurado, cortés, pero apre- 
miante, análogo á una declaración de amor. Unas 
veces hería el suelo con toda la planta del pié, otras 
con el talón ó la punta sola, dislocando el tobillo y 
haciendo mil zapatetas, al par que tocaba briosamen- 
te las postizas, que en manos de Teresa respondían 
con débil y pudoroso repiqueteo. Echando el som- 
brero atrás, el galán miraba osadamente á su pareja, 
acercaba el rostro al de ella, la perseguía, la acosaba 
tiernamente de mil modos, sin que Teresa modificase 
nunca su actitud humilde y sumisa, ni él su aspecto 
conquistador, sus gimnásticos y resueltos movimien- 
tos de ataque» 

Era el amor primitivo, el galanteo de los tiempos 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 1 87 



heroicos, revelado en aquella expresiva danza cánta- 
bra, guerrera y dura; la mujer dominada por la fuer- 
za del varón y, mejor que enamorada, medrosa; iodo 
lo cual resultaba más picante atendido el tipo de 
amazona de Teresa y el habitual encogimiento y cir- 
cunspección del -señorito. Llegó, sin embargo, un 
instante en que el galán asomó bajo el vencedor bár- 
baro, y en medio de los más complicados y rendidos 
zapateos, dobló la rodilla ante la hermosa, haciendo 
la figura conocida por punto del Sacramento. Fué 
instantáneo: púsose en pié de un brinco, y dando á 
su pareja un halagüeño empellón, quedaron de es- 
paldas el uno al otro, pegaditos, acariciándose y fro- 
tando amorosamente hombro contra hombro y espi- 
nazo contra espinazo. A los dos minutos se separa- 
ron de golpe, y con algunos complicados ejercicios 
de tobillo y algunas vuelas rápidas que arremolina- 
ron las enaguas de Teresa, acabó la riveirana y esta- 
lló en la sala un motin de aplausos. 

Mientras el señorito se enjugaba el sudor de la 
frente, y Teresa se desprendía la falda, Nieves, al- 
zándose del piano, reparó que en el salón no se en- 
contraba Segundo. La misma observación, pero en 
voz alta, hizo Elvira. Agonde les dió la clave del 
misterio. 



i88 



EL CISNE DE VILAMORTA 



— De seguro que á tal hora está en el pinar, ó por 
la orilla del río. . . Rara es la noche que no va á dar 
paseos así, muy extravagantes: en Vilamorta hace lo 
mismo. 

— ¿Y cómo se cierra la puerta sin venir él? Ese ra- 
paz es loco, declaró Primo Genday. No vamos á que- 
darnos todos sin dormir, teniendo que madrugar pa- 
ra las labores, por causa de un casquivano. ¿Eh, me 
comprenden? Yo cierro y que se arregle como pueda. 
¡Ave Maria de gracia! 

Protestaron Méndez y don Victoriano en nombre 
de la cortesía y de los deberes de la hospitalidad, y 
hasta media noche estuvo franco el portal de las Vi- 
des, aguardando el regreso de Segundo. Mas como 
éste no volvía, á las doce fué Genday en persona á 
poner las trancas á las puertas, diciendo entre 
dientes: 

— Ave Mar. . . Que duerma al sereno si se lo pide 
el cuerpo. 

Segundo, en efecto, subía hacia el pinar. Encon- 
trábase muy excitado, y juzgaba imposible presen- 
tarse delante de gente ni atender á conversación al- 
guna. Nieves, aquella mujer tan respetada, tan bella, 
le habia dicho que sil No era, pues, vano sueño, ni 
aspiración propia de un insensato la tendencia á 
ideales venturas que atormentaba su espíritu, ni la 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



189 



gloria serla inaccesible cuando el amor estaba ya al 
alcance de su diestra ansiosa y febril, y con exten- 
derla poclia tocarlo. Pensando en esto trepaba por la 
pendiente senda, y recorría delirante el pinar, recos- 
tándose á veces en alguno de ios negros troncos, em- 
belesado, sin sombrero, bebiendo -el aire nocturno, 
escuchando como en sueños la misteriosa voz de los 
árboles y la doliente del río que corría á sus piés. 
¡Ah! qué momentos de dicha, cuánta suprema satis- 
facción le prometía aquel amor que halagaba el or- 
gullo, excitaba la fantasía y satisfacía su delicado 
egoísmo de poeta, ávido de pasión, de goces que la 
imaginación soñadora abrillanta y la musa puede 
cantar sin mengua! Tocio lo soñado hasta entonces en 
los versos iba áser real en la vida; y el canto se alza- 
ría más penetrante, y la inspiración alentaría más 
poderosa, y las estrofas irian trazadas con sangre, 
haciendo palpitar el corazón de los lectores! 

A despecho del deber y la razón, Nieves le ama- 
ba... ¡Lo había dicho! El poeta sonrió desde- 
ñosamente pensando en D. Victoriano y sintió 
el gran desprecio del ideólogo hacia el hombre 
práctico pero inepto en cosas del alma Lue- 
go miró alrededor. Triste estaba el pinar á aque- 
llas horas. Y hacia frío... Además debia ser tarde. 
En las Vides extrañarían su ausencia. ¿Se acostaría 



190 EL CISNE DE VILAMORTA 



Nieves ya? Con estos pensamientos fué bajando por 
el difícil sendero, y llegó al portal diez minutos des- 
pués deque la mano solícita de Genday había afian- 
zado la tranca. El contratiempo no alarmó á Segun- 
do: tendría que escalar alguna pared, y casi le agra- 
daba lo novelesco del lance... ¿Por donde entra- 
ría? 

Indudablemente el ingreso más fácil era el del 
huerto, al cual podia descolgarse por un talud muy 
rápido que formaba el monte: cuestión de arañarse 
los muslos, de rozarse las palmas, pero de estar en 
la posesión antes de diez minutos sin encontrarse 
con los perros que guardaban el patio, ni con gente; 
por hallarse deshabitada aquella parte, que corres- 
pondía al comedor. Dicho y hecho. Volvió atrás y 
ascendió, no sin trabajo, al monteciilo: ya en él, do- 
minaba la solana y buena' parte del huerto. Estudio, 
la bajada para no caer sobre la paedilla y fracturar- 
se acaso una pierna. Como el monteciilo era escueto 
y sin vegetación, la figura del Cisne se recortaba so- 
bre el fondo del cielo. 

Al fijar los ojos en la solana para orientarse, Se- 
gundo vió á su vez algo que le turbó los sentidos con 
suavísimo mareo: algo que le causó uno de esos so- 
bresaltos deleitosos que agolpan toda la sangre al co- 
razón para repartirla después gozosa y ardiente por 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



I 9 I 



las venas. En la penumbra de la solana, entre los 
tiestos, su vista penetrante distinguía, sin que le 
cupiese la menor duda acerca de" la realidad de su 
visión, una figura blanca, una silueta de mujer cuya 
actitud parecía indicar que ella también le había vis- 
to, que le observaba, que le aguardaba allí. 

Velozmente le dibujó la fantasía los trazos y perfi- 
les de la escena: un coloquio, un divino coloquio 
de aimr con Nieves, entre los claveles y las enreda- 
deras, á solas, sin más testigos que la ya poniente 
luna y las flores envidiosas de tanta felicidad. Y con 
un movimiento prontísimo se echó á rodar por la 
escarpada pendiente, cayendo sobre la dura paredi- 
11a. No hizo caso del golpe, de las descalabraduras 
ni del molimiento de sus huesos: saltó de la paredi- 
11a al huerto y buscó el rumbo de la solana. Los ár- 
boles frutales le ocultaban el camino, y dos ó -tres 
veces erró la ruta: por fin logró salir ai pie de la 
solana misma, y entonces alzóla vista para cerciorar- 
se de la verdad de la deseada aparición." En efecto, 
una mujer esperaba allí, ansiosa, vestida de blanco, 
apoyada sobre el balaustre de madera de la solana; 
mas ya la distancia no consentía ilusiones ópticas; 
era Elvira Molende, con su peinador de percal y el 
pelo tendido, aguisa de actriz que representa la So- 
ñdmbula, ¡Con qué afán áe inclinaba la pobrecilla! 



192 



EL CISNE DE VIL AMORTA 



Casi tenía el cuerpo fuera del balcón. Jurara el poe- 
ta que hasta le llamaba por su nombre, muy bajo, 
con ceceo cariñoso. . . 

Y él pasó de largo. Dió la vuelta á todo el huerto, 
entró en el patio por la puerta anterior, que no se 
cerraba de noche, y llamó estrepitosamente á la de 
la cocina. . . E! criado acudió, renegando de los se- 
ñoritos que se recogen tarde porque no tienen que 
madrugar para abrir la bodega á los pisadores. 

XX 

W/^^P 0U0 se prolongaban tañí o las vendimias y 
Á (Celias faenas de elaboración en la magna bo- 
^^^¿dega de Méndez, y por aquel país el qu e 
más y el que menos tiene su poquülo de Borde que 
vendimiar y recojer, emigraron parte de los huéspe- 
des, deseosos de atender á sus propias viñas. El se- 
ñorito de Limioso necesitaba ver en persona cómo en- 
tre oidium, 'mirlos, vecinos y avispas no le habían 
dejado un racimo para un remedio, las señoritas de 
Molcndc tenían que colgar por sus mismas manos la 
uva de su famoso Tostado, célebre en el país, y por 
razones análogas fueron despidiéndose Saturnino 
Agonde, el arcipreste y el cura do Naya, quedándose 
la certe ce las Vides reducida á Carmen Agonde, da- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



193 



ma de honor, Cloclio Genday, consejero áulico, Tro- 
piezo, médico de cámara, y Segundo, que bien po- 
día ser el paje ó trovador encargado de distraer á la 
castellana con sus endechas. 

Ardía Segundo en impaciencia febril, nunca sen- 
tida hasta entonces. Desde el dia del coloquio en el 
limonero, Nieves rehuía toda ocasión de hallarse á 
solas con él; y el sueño calenturiento de sus noches, 
la angustia intolerable que le consumía era no pa- 
sar del fugitivo si, que á veces hasta dudaba haber 
oído. No podía, no podía resistir el Cisne esta 
lenta iDrtura, este martirio incesante: menos desdi- 
chado si en lugar de alentarle, Nieves le paga- 
se con claros desdenes. No era el ansia brutal 
de victorias positivas lo que así le atormentaba: "sólo 
quería persuadirse de que le amaban realmente, y 
que bajo el acerado corsé latía y sentía un corazón. 
Y era tal su locura, quecuando todo el mundo se in- 
terponía entre Nieves y él, le acometían violentos 
impulsos de gritar:— «Nieves, dígame V. otra vez 
queme quiere!» — ¡Siempre, siempre obstáculos entre 
los dos; siempre la nina al lado de su madre! ¿De 
qué servía estar libres de Elvira Molende, que desde 
la famosa centinela en la solana miraba al poeta con 
ojos entre satíricos y elegiacos? La marcha de la 



i 9 4 



EL CISNE DE VILAMORTA 



poetisa quitaba un estorbo, pero no resolvía la situa- 
ción. 

Y Segundo sufría en su amor propio, herido por 
la reserva sistemática de Nieves, y también en su 
ambición amorosa, en su ardiente sed de lo imposi- 
sible. Corría ya la primer decena de Octubre; el c» 
ministro, abatido y lleno de aprensión, hablaba de 
marcharse cuanto antes; y aunque Segundo contaba 
con colocarse luego en Madrid mediante su influjo, 
y volver á encontrar á Nieves y la suya no existía 
otro lazo de unión sino la pasajera estancia en las 
Vides, la poesía del otoño, la casualidad de vivir ba- 
jo el mismo techo, y que si no consolidaba aquel 
devaneo antes de la separación, sería tan efímero 
como las hojas de la parra, que caían arrugadas y 
sin jugo. 

Despedíase de su galas el otoño: se veía la 
arrugosa y rugosa deíormidad de las desnudas ce- 
pas, la seca delgadea ele los sarmientos, y el viento 
gemía ya tristemente despojando las ramas délos 
frutales. Un dia le preguntó Victorina á Segundo: 

— ¿ Cuándo hemos de ir al pinar, á oir como 
canta? 

—Guando gustes, hija... SI tu mamá quiere que 
sea esta tarde... 
La niña sometió la proposición á Nieves. Es el ca- 



BIBLIOTECA DE «LA ESP^A^ 



so que Victorina estaba, de algún tiempo acá, más 
pegajosa y sobona que nunca con su madre: apoyaba 
continuamente la cabeza en su pecho, escondía la 
cabeza en el cuello de Nieves, paseábale las manos 
por el peinado, por los hombros y, sin causa ni mo- 
tivo, murmuraba con voz que pedía caricias: 
—¡Mamá... mamá! 

Pero los ojos de la mujerciía en miniatura, entor- 
nados, de mirada ansiosa y amante al través de las 
espesas pestañas, no estaban fijos en su madre, sino 
en el poeta, cuyas palabras bebía la chiquilla, po- 
niéndose muy colorada cuando él le dirigía cualquier 
chanza, ó daba cualquier indicio de notar su pre- 
sencia. 

Nieves, al principio, se resistió algo, alardeando 
de persona formal. 

—Pero quién te mete á tí en la cabeza. . . 

—Mamá, cuando Segundo dice que los pinos can- 
tan. . . Cantan, mujer: no te quepa duda. 

—¿Pero tú no sabes. . . . murmuró Nieves rega- 
lando al poeta una sonrisa con más azúcar que sal— 
que Segundo hace versos, y que los que hacen ver- 
sos tienen permiso para. . . para mentir. . . un poco? 

— No señora, exclamó Segundo: no enseñe usted 
á su hija errores; no la engañe V. Mentiras son, ge- 
neralmente, las cosas que en sociedad hablamos, lo 



196 



EL CISNE DE VILAMOUTA 



que tenemos que pronunciar con la lengua, aunque 
nos quede dentro lo contrario; pero en verso. . . En 
verso revelamos y descubrimos las grandes verdades 
del alma, lo que entre gentes hay que callar por res- 
peto. . . ó por prudencia. . . Créalo V. 

— Y di mamá: ¿vamos hoy á eso? 

— ¿A qué, hija? 

— Al pinar. 

—Sí te empeñas... ¡Qué manía de chica! Y es que 
también me pica á mi la curiosidad de oír esa or- 
questa. . . 

Solo tomaron parte en la espedicion Nieves, Vio 
torina, Carmen, Segundo y Tropiezo. Quedóse la 
gente mayor fumando y presenciando la importante 
operación de tapar y barrar algunas de las primeras 
cubas para que se aposentase el mosto, ya fermen- 
tado. Al ver salir la comitiva, les dijo Méndez con 
tono de paternal advertencia: 

— Cuidado con la bajada... La hoja del pino, 
con estos calores, resbala, que parece que está un- 
tada de jabón».. Darles el brazo á las señoras. .. Tú, 
Victorina, no seas loquita, no corras por allí... 

Cosa de un cuarto de legua distaría el lamoso pi- 
nar, pero se tardaban tres cuartos de hora lo menos 
en la subida, que era como al cielo, por lo pendiente, 
estrecha y agria, y á cierta distancia empezaba á 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



¡97 



alfombrarse de hoja de pino, bruñida, lisa y seca, 
que si facilitaría probablemente más de lo preciso el 
descenso, en cambio dificultaba el ascenso, recha- 
zando el pié y cansando las articulaciones del tobillo 
y rodillas. Nieves, molestada, se detenía de vez en 
cuando, hasta que se cogió del rollizo brazo de Cár- 
men Agonde. 

— ¡Caramba... es de prueba este camino! ¡A la 
vuelta, el que no se mate no dejará de tener ma- 
ña! 

— Gárguese bien, cárguese bien, decía la robusta 
mocetona.., Aquí ya se rompieron algunas piernas, 
de seguro... Esta subida pone miedo... 

Arribaron por fin á la cima. La perspectiva era 
hermosa, con ese género de hermosura que raya en 
sublimidad. Hállabase el pinar, al parecer, colgado 
encima de un abismo; entre los troncos se divisaban 
las montañas de enfrente, de un azul ceniciento que 
tiraba á violeta por lo más alto y remoto; mientras 
á la otra parte del pinar, la que caía sobre el río, el 
terreno, muy accidentado, formaba un rapidísimo es- 
carpe, una vertiente casi tajada, sino á pico, al me- 
nos en declive espantoso: y allá abajo, muy abajo, 
pasaba el Avieíro, no sosegado ni sesgo, sino al- 
borotado y espumante, impaciente con la valla 
que le oponían unos peñascos agudos y negros; 



í 98 ÉL CÍSNE Í)E ViLAMOR'i A 

empeñados en detenerle y que sólo conseguían ha- 
cerle saltar con epiléptico furor, partiéndose en va- 
rios irritados raudales, que se enroscaban alrededor 
de las piedras á modo de coléricas y verdosas sier- 
pes imbricadas de plata. A los mugidos sollozos del 
río hacía coro el pinar con su perenne queja, entona- 
da por las copasde los pinos que vibraban, se cimbrea- 
ban y gemían trasmitiéndose la onda del viento, be- 
so doloroso que les arrancaba aquel ¡ayl incesante. 

Los expedicionarios se quedaron mudos, impre- 
sionados por el trágico aspecto del paisaje, que les 
echó á los labios un candado. Sólo la niña habló; pe- 
ro tan bajito como si estuviese en la iglesia. 

— ¡Pues es verdad, mamá! Los pinos cantan. 
Oyes? Parece el coro de obispos de La Africana . . . 
¿Si hasta dicen palabras... atiende... así con voces 
debajo... como aquello de Los Hugonotes... 

Convino Nieves en que efectivamente era musical 
y muy solemne el murmurio de los pinos. Segundo, 
apoyado en un tronco, miraba hacia abajo, al lecho 
del río; y como la niña se aproximase, la detuvo y la 
obligó á retroceder. 

— No, hija... si resbalas y ruedas por esa cueste- 
cita... Anda, apártate. 

No ocurriéndoseles ya más que decir sobre el tema 
de los pinos, se pensó en la vuelta. Inquietaba á Nie- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



199 



ves la bajada, y quería emprenderla antes de que el 
sol acabase de ponerse. , 

— Ahora sí que nos rompemos algo, don Fermín,.. 
— decíale al médico.— Ahora sí que tiene usted que 
preparar vendajes y tablillas... 

—•Hay otro camino— afirmó Segundo saliendo de 
su abstracción. —Por cierto que bastante menos mo- 
lesto, y con menos cuestas. 

—¡Sí vénganos con el otro camino! — exclamp 
Tropiezo, fiel ásus hábitos de votar en contra.— Aun 
es peor que el que trajimos. 

— Hombre, que ha de ser. Es un poco más largo, 
pero como tiene menos declive resulta más fácil. Va 
rodeando el pinar. 

—¿Me lo querrá V. enseñar á mí que me se todo 
este país como mi propia casa? No se anda ese cami- 
no: se lo digo yo 

—Y yo le digo á V. que sí; y á la pruébame remito. 
No ha ele ser V. terco en su vida. ¡Si lo pasé no hará 
muchos dias! ¿Se acuerda usced, Nieves, la noche 
que jugamos al escondite en la huerta; la noche que 
me cerraron el portal y entré muy tarde ya por la 
paredilla. 

A no estar el lugar tan sombrío por lo espeso de 
los pinos y lo desmayado y escaso de la luz solar, se 
vería el rubor de Nieves. 



200 



EL CISNE DE VILAMORTA 



— Vamos — dijo eludiendo la respuesta — por don • 
de sea más fácil y haya mejor piso... Yo soy muy 
torpe para andar por vericuetos... : 

Segundo la ofreció el brazo, murmurando en tono 
de broma: 

— Este bendito de Tropiezo está tan fuerte en ca- 
minos como en el arte de curar... Venga usted y se 
convencerá de que ganamos mucho. 

Tropiezo, por su parte, decía á Cármen Agonde, 
meneando con obstinación la cabeza: 

— Pues también hemos de tener el gusto de ir por 
el atajo y llegar antes que ellos, y sanos y buenos 
gracias á Dios. 

Victorina, según costumbre, iba colocarse al lado 
de su madre; pero el médico la llamó. 

— Cójete aquí, al puño de mi bastón, anda, que 
sino resbalarás... A mamá le basta con no resbalar 
ella. .. ¡Y Dios nos aparte de un tropiezol añadió 
riendo á carcajadas de su propio retruécano. 

Las voces y los pasos se alejaron, y Segundo y 
Nieves prosiguieron su ruta, sin pronunciar una sola 
írase. Nieves empezaba á sentir cierto temor, por lo 
muy endiablado de le vereda que pisaban. Era un 
senderillo escavado en el desplome del pinar, al 
borde mismo del despeñadero, casi perpendicular 
con el río. Aunque Segundo dejaba á Nieves el lado 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



201 



menos expuesto, el del pinar, quedándose él sin tie- 
rra en que sentar la planta, y teniendo que poner un 
pié horizontalmente delante del otro, no por eso ce- 
día el pavor en el ánimo de Nives, ni le parecía me- 
nos arriesgada la aventura; se centuplicó su recelo 
al ver que iban solos. 

— ¡No vienen! murmurócon angustia. 

— Les alcanzaremos antes de diez minutos... Van 
por el otro camino, respondió, Segundo, sin añadir 
más palabra amorosa, ni estrechar siquiera [el brazo 
que se crispaba sobre el suyo con toda la energía del 
terror. 

— Pues vamos... suplicó Nieves con apremiante 
ruego. — Deseo llegar... 

— ¿Por qué? preguntó el poeta, que se detuvo de 
repente. 

— Estoy cansada... sofocada... 

— Pues va V. á descansar y á beber si gusta... 

Y con loco ardimiento, sin aguardar respuesta, 
Segundo arrastró á Nieves, torció á la izquierda, ba- 
jó una cuestecilla, y dando vunlta á la roca, detúvose 
en una meseta estrecha que avanzaba atrevidamente 
sobre el río. A las últimos rayos del sol se veía rezu- 
mar hilo á hilo, por la negra faz del peñasco, un 
límpido manantial. 

Beba V., si gusta... en el hueco de la mano 
porque vaso no lo tenemos; indicó Segundo, 



202 



EL CISNE DE VILAMORTA- 



Nieves obedeció maquinalmente, sin saber lo que 
hacía, y soltando el brazo de Segundo, quiso acer- 
carse al manantial; pero la base de la roca, conti- 
nuamente bañada por el agua, había criado esa vege- 
tación húmeda, que resbala como las algas marinas, 
y Nieves, al apoyar el tacón en el suelo, sintió que 
se deslizaba, que perdía el pié... Allá, en el fondo de 
su vértigo, vió el río terrible y mugidor, los cortan- 
tes peñascos que habían de recibirla y destrozarla, y 
sintió el frío ambiente del abismo... Un brazo la co- 
gió por donde pudo, por la ropa, acaso por las car- 
nes, y la sostuvo y la levantó en peso... Dobló ella 
la cabeza sobre el hombro de Segundo, y este sintió 
por vez primera latir el corazón de Nieves bajo su 
mano:.. ¡Y bien aprisa! Latía de miedo. El poeta se 
inclinó, y derramó en la boca misma de Nieves esta 
pregunta: 

—¿Me amas, di? ¿me amas? 

La respuesta no se oyó, porque, caso de haberse 
formado en la laringe, no pudieron los sellados la- 
bios articularla. Durante aquel brevísimo espacio de 
tiempo, que compendiaba, sin embargo, una eterni- 
dad, cruzó por el cerebro de Segundo cierta idea po- 
derosa, destructora, como la chispa eléctrica... El 
poeta estaba de frente al precipicio, y Nieves á su 
orilla, de espaldas, sostenida únicamente por el bra- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



203 



zo de su salvador. Con apretar un poco más los labios, 
con avanzar dos pulgadas é inclinarse, el grupo cae- 
ría en el vacío... Era un final muy bello, digno de 
un alma ambiciosa, de un poeta... Pensándolo, Se- 
gundo lo encontraba tentador y apetecible. . . y no 
obstante el instinto de conservación, un impulso 
animal, pero muy superior en fuerza á la idea ro- 
mántica, le ponía entre el pensamiento y la acción 
muralla inexpugnable. Recreábase, en su imagina- 
ción, con el cuadro délos dos cadáveres enlazados, 
que las aguas del río arrastrarían... Hasta presentía 
la escena de rocogerlos, las exclamaciones, la im- 
presión profunda que haría en la comarca un suceso 
semejante... y algo, algo lírico que se agitaba y la- 
tía en su alma juvenil, le aconsejaba el salto.... pero 
á la vez, un frió temor le congelaba la sangre, obli- 
gándale á caminar poco á poco, y no hacia el abismo 
sino en sentido contrario, hacia la senda... 

Todo esto, breve en la narración, fué momentá- 
neo en el cerebro. Segundo advertía en sí un hielo 
que le paralizaba para el amor como para la muer- 
te. . . Era la yerta boca de Nieves, desmayada en 
sus brazos... 

Mojó el pañuelo en la íuente, y se lo aplicó á sie- 
nes y pulsos. Ella entreabría los ojos. Se oía hablar 
á Tropiezo, reír á Gármen: venían sin duda á bus- 



204 EL CISNE DE VILAMORTA 



caries y á cantar victorra. Nieves, al recobrar los es- 
píritus y verse con vicia, no hizo el menor movi- 
miento para apartarse del poeta. 




XXI 

omo por tácito acuerdo, los dos héroes de 
la aventura disminuyeron la importancia 
del peligro corrido ; primero ante sus com- 
pañeros de excursión, después ante el senado con- 
sulto de las Vides. Segundo guardaba cierta reserva 
sobre los detalles del caso; Nieves, en cambio, ha- 
blaba más que de costumbre, con nerviosa locuaci- 
dad, repitiendo cien veces los mismos insignificantes 
pormenores: había resbalado; García le tendió la 
mano; ella se cogió, y como era así, medrosa, se 
asustó un poquillo, por más que la cosa no lo mere- 
cía... Pero el terco de Tropiezo, con mansa sorna, 
le llevó la contraria. ¡Jesús, que disparate! ¡No haber 
peligro! ¡Pues si era un milagro que Nieves no estu- 
viese á estas horas nadando en el Avieiro! El terreno 
resbala allí como jabón puro, y las piedras de abajo 
cortan como cuchillos, y el rio lleva una fuerza, que 
no sé... Nieves negaba, haciendo por reírse; mas el 
terror de la cátastrofe duraba escrito en su rostro con 
tan indelebles rasgos, que su fresca fisonomía, de 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



20^ 



sana y caliente palidez, se habia convertido en un 
rostro ojeroso, deshecho, un cuerpo agitado por esca- 
lofríos y espasmos, de esos que llaman muerte 
chiquita... 

Ansiaba Segundo decirle dos palábras, para pedir- 
le una entrevista: comprendía que era preciso apro- 
vechar el primer instante en que la gratitud / la pavu- 
ra ablandaban el alma de Nieves, haciendo palpitar 
su insensible corazón bajo las ballenas de su corsé, 
En la breve escena del precipicio apenas dió lugar la 
llegada de Tropiezo para que Nieves correspondiese 
explícitamente al arrebato del poeta, y Segundo 
quena concertar algo, arbitrar un medio para verse, 
para hablarse, para establecer de una vez que aque- 
llos afanes, desvelos é intrigas eran amor, y amor 
correspondido: mutua pasión, en fin... ¿Dónde y 
cuándo lograría la apetecida ocasión de ponerse de 
acuerdo con Nieves? 

Diríase que existe en toda historia amorosa un 
primer período en que los obstáculos se amontonan 
y las dificultades renacen pujantes é invencibles, 
desesperando al galán propuesto á vencerlas; y 
también que llega siempre otro segundo período en que 
la luerza misteriosa del deseo y el dinamismo de la 
voluntad derrocan esos estorbos, y las circunstancias, 
momentáneamente sometidas, se ponen al servicio de 



20Ó 



EL CISNE DE VILAMORTA 



los amantes. Así aconteció la noche de aquel memo- 
rable clia. Gomo la niña se había asustado algo al sa- 
ber el peligro de su madre, hiciéronla acostarse tem- 
prano; y para que cogiese fácilmente el sueño, la 
acompañó Carmen Agonde dispuesta á contarla cuen- 
tos y simplezas. Suprimidos así por los principales 
testigos, y engolfados los señores mayores en una de 
sus interminables discusiones vitícolas, agrícolas y 
sociológicas, Nieves, que habia salido al balcón á 
respirar porque sentía como un nució en la garganta, 
pudo charlar diez minutos con Segundo, situado á 
la parte de afuera, entre las vidrieras y no lejos de 
las mecedoras. 

A veces ambos interlocutores levantaban la voz, 
tratando de cosas indiferentes: del riesgo de por la 
tarde, de lo curioso que era el ruido del pinar. . . Y 
bajito, muy bajito, la negociación diplomática seguía 
su curso. . . Una entrevista, una conversación con 
cierta libertad... ¡Pues no había de poder ser!... ¿Y 
por que no en la solana, aquella misma noche?. . . 
¡Bah! nadie tendría el capricho de ir allí á curiosear 
lo que pasaba. . . Él se descolgaría fácilmente al huer- 
to... ¿Que nó? Era muy medrosa. . .¿Hacer mal? ¿Por 
qué. . .Cansada y asi como enferma. . . Si se com- 
prende. Prefería qué fuese de día. . .Bien; mejor se- 
ría del otro modo, pero, . .¿Sin falta? ¿A la hora de 



207 



la siesta? ¿En el salón?. . .No, no venía gente nunca; 
todo el mundo dormía. . .¿Palabra íormal? ¡Gracias! 
Si, convenía disimular para que no se hiciesen 
cargo. 

Entretanto, los señores de la mesa de tresillfo, ha- 
blaban de las vendimias y de sus consecuencias. . . 

Las pobres muchachas del país ganaban bastante 
en aquella labor: pero ¡bah! murmuró Tropiezo 
riéndose; no ganaban sólo dinero... Ganaban á veces 
otras cosas... Con esto de anclar las cuadrillas mez- 
cladas, y de retirarse ele noche, por los caminos os- 
curos, resultaba que... Ya era axiomático en el país 
que los hijos del carnaval y de la vendimia no tienen 
padres conocidos. A propósito de lo cual, don Vic- 
toriano emitió algunas ideas de su repertorio favo- 
rito, citando la legislación inglesa, alabando la sa- 
biduría de aquella gran nación, que al reglamentar 
el trabajo material, estudia detenidamente los pro- 
blemas que entraña, y se preocupa de la suerte del 
niño y de la mujer... Con estas serias disquisiciones 
se acabó la velada retirándose cada mochuelo á su 
olivo. 

Sentada Nieves ante la mesita donde tenía abierto 
su neceser y colocado un éspejillo de pié con marca 
de plata, iba desprendiendo una á una las horquillas 
de concha que sujetaban las roscas ele su mono, y 



208 



EL CISNE DE VILÁMORTÁ 



Mademoiselle recogía y y alineaba las horquillas pri- 
morosamente en un estuche. . . Entrenzó después el 
pelo á Nieves y ésta se echó atrás, respirando con es- 
fuerzo; de pronto, alzó la cabeza. 

— ¿Si me pudiese V. hacer una taza de tila?. . . . 
¿Allá en su cuarto. . . sin molestar? 

Salió la francesa, y Nieves, muy cavilosa, apoyó 
el codo en la mesa y la mejilla en la palma de la ma- 
no, sin dejar de mirarse al espejo... Estaba con 
una cara de desenterrada, que imponía. No, aquella 
vida no podia continuar, ó de lo contrario la llevarían 
al cementerio .. . Encontrábase nerviosísima: ¡qué 
escalofríos, qué desazón, qué momentos tan amar- 
gos! Había visto la muerte cara á cara, y pasado más 
sustos, más recelos, más congojas en un día que en 
todos los años anteriores de su exissencia. Si eso era 
el amor, á la verdad tenia poco de divertido: no ser- 
vía ella para tales agitaciones.... Una cosa es que 
agrade parecer bonita y oírlo, y aun poseer un ren- 
dido apasionado, y otra estas angustias incesantes, 
estas aventuras que le ponen á uno el alma en un 
hilo y le colocan á dos dedos de la vergüenza, y le 
quebrantan el cuerpo.... Y aseguran los poetas que 
esto es la felicidad... Será para ellos: lo que es para 
las pobres mujeres.... Y vamos á ver, por que carecía 
-ella de valor para decirle á Segando — ¡acabemos, no 



BIBLIOTECA DÉ «LA ESPAÑA» 



209 



puedo con estas zozobras, tengo miedo, lo paso muy 
mal! ¡Ah! También le tenía miedo 4 él... Era capaz 
de matarla: sus hermosos ojos negros despedían á 
veces chispas de electricidad y vislumbres fosfóricas. 
Y luego él siempre le cogía la acción, se imponía, la 
dominaba... Por él estuvo á punto de caer en el río, 
de despedazarse en las rocas... ¡María Santísima! 
¿Pues hacia media hora, no faltó poco para otorgarle 
la cita en la solana? Lo cual era una grandísima lo- 
cura, siendo imposible dirigirse á aquel rincón de la 
casa sin que Mademoiselle, ó cualquiera, la echase 
de menos y se descubriese el pastel. ¡Ay Dios mió! 
¡Todo aquello era terrible, terrible! ¡Y mañana te- 
nía que acudir al salón, á la hora de la siesta!... Era, 
una resolución enérgica: acudiría, corriente; pero 
acudiría á desatar aquel enredo, á decir á Segundo 
cuatro verdades para que se contuviese: amarla, con- 
cedido; no se oponía, muy bueno y muy santo; com- 
prometerla de aquel modo, eso era inaudito; le roga- 
ría que se volviese á Vilamorta; ellos ya se irían 
pronto á Madrid.... ¡Ah! ¡cuánto tardaba aquella 
bendita Mademoisselle con la tila! 

La puerta se abrió... No entró Mademoiselle, si- 
no D. Victoriano. Nada tenia de sorprendente su 
aparición, pues dormía en una especie de despachi- 
to, al lado del cuarto de su mujer y dividido de este 



210 



EL CISNE DE VILAMORTA 



por un corredor, y tocias las noches, antes ele reco- 
gerse, daba un beso á la niña, cuyo lecho estaba pe- 
gado al de su madre; sin embargo, á Nieves se le 
puso carne de gallina, y por instinto se volvió de es- 
paldas á la luz, tosiendo á fin de disimular su turba- 
ción. 

La verdad es que D. Victoriano venía grave, y 
aun algo fosco y severo... No andaba muy alegre ni 
expansivo desde el recrudecimiento de su enferme- 
dad; pero sobre su aire abatido resaltaba entonces 
no sé qué cosa, un velo más negro aún, un nuba- 
rrón preñado de tempestades... Nieves, observando 
que no se acercaba á la cama de la niña, bajó los 
ojos y fingió alisarse el pelo con el batidor de mar- 
fil. 

— ¿Cómo te encuentras, hija? ¿Te dura el susto 
—preguntó el marido. 

— Sí; aún estoy un poquillo... He pedido tila. 
— Bienhecho... Mira, Nieves... 
■—¡Qué... qué! ... 

— Mira, Nieves, nos vamos á Madrid cuanto an- 
tes. 

— Cuando tú digas... Ya sabes que yo... 

— No; si es que es necesario, indispensable; es 
que yo tengo que ponerme formalmente en cura, hi- 
ja, porpue me acabo si asi continúo. . He incurrido 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



21 I 



en la debilidad de confiarme á este bestia de D. Fer- 
mín, Dios me perdone... y creo... —añadió con 
amarga sonrisa— que me ha embromado. . . Veremos 
si Sánchez del Abrojo me saca del paso.:, ¡que lo 
dudo bastante! 

— ¡Jesús, qué aprensión!— exclamó Nieves, respi- 
rando y aprobechando el recurso de la enfermedad. 
—¡No parece si no que tienes males incurables! En 
poniendo el pié allá y tomándote Sánchez de su cuen 
ta... dentro de dos meses ni te acuerdas de ese acha- 
quillo. 

—¡Bravo, hija, bravo! Yo no quisiera lastimarte 
ni parecerte regañón... pero eso que dices... eso 
que dices prueba que ni me miras, ni te importa un 
bledo mi salud, ni me haces caso alguno... lo cual, 
francamente... dispensa... pero ¡no te honra! Mi 
mal es grave, muy grave... es la diabetes sacarina, 
que se lleva las gentes al otro mundo bonitamente... 
Estoy convertido en azúcar... se me debilita la vis- 
ta... me duele la cabeza... no tengo sangre... y tú 
ahí, tan serena, tan alegre, retozando como una ni- 
ña.. . Eso no lo hace la mujer que quiere á su espo- 
so.. A ti no te ha preocupado mi ettado físico, ni mi 
estado moral... Estás gozando, pasando una tempo- 
rada divertidísima,., y lo demás,., ¡buen cuidado 
te da á til 



212 



EL CISNE DE VILAMORTA 



Nieves se levantó trémula, casi llorando... 

— ¿Qué me dices?... Yo... yo... 

— No te alteres, hija; no llores... Tú eres joven y 
sana, yo estoy muy gastado y achacoso... Peor para 
mí... Pero oye... Aunque te parezca seco y grave... 
yo te quise mucho, Nieves... te quiero aún... tanto 
como á esa niña que está ahi durmiendo... lo juro 
delante de Dios... y tú podías... podías quererme 
algo... como una hija... é interesarte por mí... Será 
poco tiempo ya de molestia: me siento tan en- 
fermo... 

Nieves se acercó en actitud cariñoña, y su marido 

le rozó la frente con los denegridos labios, apretán- 
dola al mismo tiempo contra contra sí.. . Y añadió: 

— ¡Aún tengo que hacerle otra advertencia... 
echarte otro sermón, hija! 

— ¿Cuál? — murmuró la esposa sonriendo, pero 
azorada. 

— Ese chico de García... No te sobresaltes, hija, 
que no es para tanto... Ese chico... te mira al- 
gunas veces de un mcdo muy raro... como si te hi- 
ciese el amor.., ¡No, si yo no dudo de tí! Has sido y 
eres una señore intachable... no te acuso... ni le doy 
importancia á semejante necedad... Es que... te pa- 
recerá mentira... estos chicos de aquí son muy atre- 
vidos; tienen menos soltura para presentarse, pero 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



213 



en el fondo más osadía que los de la corte... Yo pasé 
aquí mis años verdes, y les conozco... Sólo te aviso 
para que pongas á raya á ese mequetrefe... En los 
días que nos quedan, suprime los paseos largos y to- 
das esas cursilerías que aquí se hacen... Una dama 
como tú es, en este sitio, la reina; y no está bien que 
contigo se tomen las bromas que con las señoritas de 
Molendeú otras así... ¡Si ya te he dicho qué no me 
cruza ni por el pensamiento la idea! Una cosa es que 
ese Cisne de lugar se haya enamorado de tí y te dé 
la mano en los despeñaderos, otra que yo te inju- 
rie... ¡Hija! 

Poco después se presentó Mademoiselle con la ti- 
la humeante. ¡Buena falta que le hacía la tila á Nie- 
ves! Tenía los nérvios más tirantes... Estaba convul- 
sa. Hasta neucias la atacaron al beber las primeras 
cucharadas. Mademoiselle le ofreció un poco de po- 
ción anti-histérica. Tragóla Nieves, y con algunos 
bostezos y dos ó tres lagrimillas se alivió su crisis. 
Pensó en acostarse, y entró en la alcoba, Allí vióalgo 
que renovó su desasosiego. Victorina, en vez de dormir, 
tenía los ojos abiertos. Probablemente habría oído 
la convesración. 



2I 4 



EL CISNE DE VILAMORTA 



XXII 

en efecto, la había oído tocia, todita, desde 
{--h primera palabra hasta la última. Y las 
^g-L^ frases del diálogo conyugal daban vueltas en 
su magín, rodando, entrelazándose, destacándose en 
letras rojas, impresas en su memoria virgen. Las re- 
pasaba, las comentaba interiormente, las pesaba, 
hacía deducciones... 

Nadie acertará á decir cuál es el momento crítico 
que divide la noche del día, el sueño de la vigilia, la 
juventud de la madurez y la inocencia del conoci- 
miento. ¿Quién es capaz de fijar el instante en que 
aquel niño, convirtiéndose en adolescente, nota en sí 
ese algo inexplicable que acaso .pueda llamarse con- 
ciencia sexual; en que el vago presentimiento se trueca 
en rápida intuición; en que, sin tener noción precisa 
de las realidades concreías del vivir, adivina todo lo 
que más tarde le ha de confirmar y puntualizar la ex- 
periencia: en que entiende la importancia de una indi- 
cación, la trascendencia ele un acto, el carácter de una 
relación, el valor de una mirada ó el sentido de una 
reticencia? ¿El minuto en que sus ojos, abiertos sola- 
mente á la vida exterior, adquieren facultades para 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



215 



escrudiñar también ia interior, y perdiendo su brillo 
superficial, el claro reflejo de su pureza candorosa, 
toman la concentrada é indefinible expresión que 
constituye una mirada de persona grande? 

Llegó para Victorina ese minuto á los once años? 
aquella noche, sorprendiendo un diálogo entre su pa- 
dre y su madre, inmóvil, sujetando la respiración, 
con los piecesillos fríos y la cabeza ardorosa y con- 
gestionada, la niña escuchó, y después, en la dudosa 
penumbra de la alcoba, ató algunos cabos sueltos, 
recordó pormenores, y comprendió al fin, sin darse 
cuenta de lo que comprendía, pero discurriendo con 
precocidad singular, debida acaso á la dolorosa viveza 
con que la fantasía trabajaba en el silencio nocturno y 
en la quietud del lecho... 

Es lo cierto que la niña pasó mala noche, dando 
vueltas en su monástica y breve camita. Dose dias, 
sobre todo, se le iban introduciendo y le barrenaban 
la cabeza á manera de clavos. Su papá estaba muy 
enfermo, muy enfermo, y además muy disgustado y 
quejoso porque Segundo se habia enamorado de su 
mamá... De su mamá. jDeelíano! ¡Ella, que guar- 
daba todas las flores de Segundo como reliquias! 

Las penas de la infancia no conocen límite y con- 
suelo. Guando se tienen más años y se han corrido 
mas tormentasy se ha visto con asombro que el hom- 



2í6 



ÉL CISNE DE VÍLAMORTA 



bre puede sobrevivir á ciertos pesares y que la bó- 
veda del firmamento no se hunde cuando perdemos 
lo que amábamos, entonces casi no existe la desespe- 
ración absoluta, patrimonio de la primera edad. Pa- 
ra Victorina era evidente que su papá se moría y que 
su mamá era muy mala... y Segundo un bribón... y 
y que se acababa el mundo... y que ella también, 
se quería morir. Si á los once años de edad 
fuese posible volverse el pelo blanco, Victorina se 
cubriría de canas durante la noche en que el sufri- 
miento la hizo, de niña, mujer, y de criatura indecisa 
tímida, ruburosa, persona moral, resuelta al mayor 
heroísmo. 

Tampoco Nieves gozó mucho los blandos favores 
del sueño. Las palabras de su marido la dejaron me- 
ditabunda. ¿Sería mortal la enfermedad de don Vic- 
toriano? ¡Tal vez sí! Estaba muy desmejorado el po- 
bre... Y Nieves experimentaba un comienzo de pena 
y reconcomio: señor, ¿quien duda [que ella quería á 
su esposo y temía su muerte? No sentiría por él un 
amor grande, de los que las novelas pintan... ¡bah!.. 
pero cariño, sí... ¡Ojalá que el mal fuese leve! ¿Y si 
no lo éra?... ¿Y si se quedase vi...? Ni aun mental- 
mente se atrevía á concluir la palabreja... Pensar en 
eso, parece ya alimentar malos deseos... No, pero el 
caso es que las mujeres, en efecto, al morírseles sus 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



217 



maridos suelen quedarse vi... ¡Maria Santísima! De - 
bia ser una desgracia... Bien; y ¿si sucedía? Segun- 
gundo... ¡Jesús que desatino! De fijo que á él no se 
le habia pasado por la cabeza semejante absurdo. . . 
Los Garcías, unos nadies... Y aqui volvía Nieves á 
repasar la parentela, el modo de vivir de Segundo... 

De buena gana haría novillos á la cita del día si- 
guiente, porque su marido andaba receloso, y era 
comprometido el lance, aunque en el lugar designado 
para la entrevista siempre se podría achacar á casua- 
lidad el encuentro... Y por otra parte si faltaba, 
aquel Segundo tan apasionado sería muy capaz de 
dar un escándalo, de ir á buscarla á su cuarto de en- 
trar por la ventana. 

Bien pensado, juzgó mas prudente asistir, y rogar 
á Segundo... que... que la olvidase... que por lo 
menos, no la comprometiese... Era lo mejor. 

Pasó Nieves la mañana en un estado de quebran- 
tamiento tan grande, que apenas comió; y, durante 
la comida, no miró ni una sola vez á Segundo, te- 
merosa de que su marido observarse y sorprendiese 
entre ellos alguna furtiva señal de inteligencia. Para 
mayor desgracia, Segundo, deseoso de recordarla 
con los ojos su promesa, la miró aquel más que de 
costumbre: alortunadamente D. Victoriano parecía 
distraído por su apetito desordenado de comer y be- 



2l8 



EL CISNE DE VILAMORTA 



ber. Acabada la comida, se retiraron todos, como 
siempre, á descabezar la siesta. Nieves tomó el ca- 
mino de su cuarto. Encontró en él á Victorinn, 
tendida sobre la cama. Por precaución, la hizo pre- 
guntas. 

—¿Vas á dormir la siesta, monina? 

-—A dormir, no. . . Pero estoy á gusto así. . . 

Miróse Nieves al espejo, y se vió descolorida. Se 
lavó los dientes, y después de cerciorarse con una 
rápida ojeada de que también reposaba su marido en 
el cuarto inmediato, se deslizó hasta el salón á paso 
ligerísirno. . . Temblaba. Aquella atmósfera de tem- 
pestades y peligros, grata para el ave marina, era 
mortal para el lindo pájaro doméstico. No era vivir 
estar siempre así, escalofriada de terror y con la 
sangre cuajada por el susto. ¡No era vivir, ni respi- 
rar! ... Acabaría per volverse loca: ¿pues no creía 
sentir pasos, como si alguien la siguiese? Dos ó tres 
veces separó, reclinándose desfallecida en las pare- 
des del corredor, prometiéndose á sí misma que no 
la cogerían en otra. • 

Al entrar en el salón, se detuvo sobrecogida. ¡Es- 
taba tan silencioso y soñoliento, medio á orcuras, 
con las maderas casi cerradas, — que solo permitían 
el paso á un rayo de sol en que danzaban áureas 
partículas de polvo, — con sus espejos narcotizados 



bíDLÍOTECÍA DE «LA ESPAÑA» 



que tenían pereza de reflejar algo en sus turbias lu- 
nas, con la modorra del asmático reloj, cuya esfera 
parecía un rostro humano que la espiaba y tosía des- 
aprobándola!... De pronto sintió pisadas veloces, 
juveniles; y Segundo, audaz, enloquecido, vino á 
caer á sus plantas, con los brazos enlazados en torno 
de su cuerpo... Ella quería contenerle, avisarle, ex- 
plicarle... No se lo consintió el poeta, que pronun- 
ciaba tiernas exclamaciones de gratitud y de pasión, 
y, ya en pié, la levantaba del suelo, con el irresisti- 
ble impulso amoroso que no calcula los actos. 

Don Victoriano, al ver entrar en su aposento á la 
niña, blanca como la cera, casi lívida, despidiendo 
fuego por los ojos, en una de esas actitudes de ho- 
rror que ni se fingen ni se imitan, saltó de la cama 
donde, despierto, fumaba impuro.,. La niña le decía 
con voz ahogada: 

— ¡Ven, papá!... ¡Ven, papá! 

¿Que pasaría por la mente del padre? Jamás se su- 
po el porqué siguió á la niña, sin dirijirla ni una 
leve pregunta. En el umbral del salón, detúvose el 
grupo... Nieves exhaló un chillido altisonante, y Se- 
gundo, con hermoso arranque varonil y apasionado, 
la escudó con su cuerpo... Defensa innecesaria ya. 
La figura de hombre detenida en la puerta no ame- 
nazaba: lo que de ella infundía miedo, era cabal- 



220 EL CISNE DE VILAMORTA 



mente su actitud de estupor y anonadamiento: pare- 
cía un cadáver, un espectro abrumado de desespera- 
ción impotente. El rostro, más que amarillo, verde; 
los ojos abiertos, nublosos y fijos; las manos y rodi- 
llas trémulas... Aquel hombre hacía vanos esfuerzos 
para hablar; la parálisis empezaba por la lengua: 
inútilmente intentaba revolverla en la boca, forman- 
do sonidos... j Lucha horrible! Pugnábala frase por 
salir de los lábios, y no salía: la faz, de lívida, pasa- 
ba á roja, congestiouándose, y la niña, abrazando 
la cintura de su padre, viendo aquel combate de la 
inteligencia con los órganos, gritaba: 

— ¡Socorro! ¿Socorro! ¡Se muere papá! 

Nieves, sin osar acercarse á su marido, pero com- 
prendiendo que en efecto algo grave le sucedía, chi- 
lló también pidiendo socorro. Y fueron apareciendo 
por lc\s puertas Primo Genday en mangas de camisa 
Ménde2 con un pañuelo de algodón atado sujetando 
las orejas, Tropiezo con los pantalones á medio 
abrochar... 

Segundo, silencioso, quieto en mitad de la sala, no 
sabía que hacer de su persona: el irse,era desairado; 
el quedarse... Tropiezo le sacudió: 

—Anda, chico, volando á Vilamorta... Dile á Do- 
roteo el del coche que salga á Orense y traiga un 
médico de allá, el de más nombre... ¡Yo no quiero 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



221 



este tropieciño! indicó guiñando un ojo. — Corre, 
disponte. 

El Cisne se acercó á Nieves, que derrumbada en 
el sofá, lloraba,- con su fino pañuelo apoyado sobre 
la boca. 

— Me mandan á buscar un médico, Nieves, ¿Qué 
hago? 
— ¡Vaya usted! 
— ¿Vuelvo? 

— No. . . .déjemo usted por Dios ¡Que venga 

que venga el médico! — Y sollozó más fuerte 



Por pronto que anduvo, hasta la madrugada del 
dia siguiente no llegó el facultativo á las Vides. Opi- 
nó que el caso no era extraordinario: la diabetes 
suele terminar así, con parálisis seguida de derrame 
seroso: una de las complicaciones más frecuentes en 
tan terrible enfermedad. . . Añadió que era conve- 
niente trasladar á Orense al enfermo,, con precaucio- 
nes. La traslación se hizo sin grandes dificultades, y 
don Victoriano aun vivió unos dias. A las veinti- 
cuatro horas de su entierro, Nieves y Victorina, ri- 
gurosamente enlutadas, salieron para la corte. 



222 



CISNE DE V1LÁM0RTÁ 



XXIII 

if^^K 0BRE Vilamorte ha caido el negro cortinaje 
n/^j^ ele invierno. Llueve, y por la calle prin- 
cipal y la plaza, empapadas y cubiertas de 
sucio barro, sólo cruza, de tiempo en tiempo, algún 
cumpesino invisible bajo su capa de juncos, ginete 
en un rocín cuyas herraduras baten el suelo y alzan 
un chapoteo de fango. Ya no hay íruteras, por la 
plausible razón de que tampoco hay fruta: todo está 
solitario, húmedo, enlodado y mohoso. Cansín, con 
zapatillas de orillo y bufanda, se pasea sin cesar ante 
su puerta por evitar los sabañones; el Alcalde apro- 
vecha un reducidísimo soportal que hay frente á su 
casa para entretener la tarde, dando diez pasos ha- 
cia arriba y diez hacia abajo, patear muy fuerte y 
calentarse los piés; ejercicio sin el cual afirma que no 
digiere. 

¡Ahora sí, ahora sí que la pobre villita está muer- 
ta! Ni agüistas, ni forasteros, ni ferias, ni vendimias. 
Una paz, un abandono de cementerio y una hume- 
dad tan terca, que deja rastros verdes en los sillares 
de las casas en construcción. Las villitas así, en in- 
vierno, son capaces de producir murria al más alegre: 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 22¿ 

son la raíz cuadrada del fastidio, la quintesencia del 
esplín, la desidia de peinarse, la pereza de vestirse, 
la interminable noche el aguacero terco, el frió lú- 
gubre, el aire color de ceniza y el cielo color de pan- 
za de burro... 

En medio de aquella especie de sueño letárgico 
que duerme Vilamorta, hay, sin embargo, unos se- 
res felices, unos seres en la plenitud de su ventura, 
aunque prózimos á concluir su existencia del más 
ico modo: seres que, con sólo el instinto natural, 
han adivinado la moral de Épicuroy la practican, y 
comen y hozan y se regodean, y no temen á la muer- 
te ni piensan en la inexplorada región cuyas puertas 
se abren al morir: seres que gozan en recibir el agua 
llovediza en su estirado pellejo; seres para quienes el 
lodo es baño deleitosísimo donde muy gustosos se 
chapuzan y revuelcan, abandonando la incomodidad 
y estrecho de sus cubiles y pocilgas. Ellos son, en 
esta época del año, dueños y señores indiscutibles de 
Vilamorta: ellos, los que con sus fastos y hazañas 
dan pábulo á la conversación de la boticas y entre- 
tienen las veladas familiares, en que se discute su 
respectiva corpulencia y se les estudia desde el punto 
de vista de sus cualidades propias, trabándose aca- 
loradas discusiones acerca de si la oreja corta ó larga, 
el rabo bien enroscado, la pezuña más ó menos re- 



224 



EL CISNE DE VIL AMOR i A 



cogida y el hocico más ó menos agudo, prometen 
carne más suculenta y grasa más copiosa. Hácense 
comparaciones: el marrano del Pellejo es soberbio 
como tamaño, pero sus carnes de un rosa erisipela- 
toso y su bandullo inmenso y ffoíb, delatan al cerdo 
de fibra muelle, mantenido con despojos de 
tahona: cochino soberbio, el del Alcalde, ceba- 
do con castaña: algo más chico, pero ¿qué ja- 
mones ha de tener! ¡qué jamones!: que tocinos! ¡qué 
lomos, que dan ganas de sentarse en ellos! Ese será 
el cerdo de la temporada. Sin embargo, hay quien 
afirma que el superior, el soberano marranil de Vi- 
lamorta, es la cerda de la tía Gaspara, la de García. 
Las ancas de tan magnífico bestión parecen una ca- 
rretera: ya ha estado á punto de ahogarse con su 
propia gordura: ¡sus glándulas mamarias tocan con 
las pezuñas y besan el barro de la calle. ¿Quien 
puede calcular las libras de grasa que rendirá, 
ni las morcillas que se llenarán con su sangre y 
lalonganiza que saldrá de sus asaduras? 

Cesa de llover una semana; arrecia el frió; cae 
helada y la escarcha se depoiita en tersos cristales so- 
bre las yerbas de los linderos y enburece la tie- 
rra. .. .Es la señal de la hecatombe, á la cual todos 
los auspicies son favorables, pues además del frío, 
es Cuarto creciente de luna; que si fuese menguante, 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



22$ 



menguaría la carne muerta Ha llegado la hora 

de empuñar el cuchillo. Y en las largas noches de 
Vilamorta* se oyen á la hora menos pensada desafo- 
rados gruñidos: primero de furor, que indican la im- 
potente rabia de verse sujeto al banco, y revelan en el 
enervado cerdo doméstico la prole del jabalí montes; 
luego de dolor, cuando la cuchilla penetra al través 
de los tejidos; un grito casi humano, de suprema 
agonía, cuando la hoja se hunde en el corazón; y 
por último, una serie de quejidos desesperados, que 
van debilitándose al paso que la fuerza y la vida se 
escapan envueltas en el caliente chorro sanguí- 

Ocurría este drama espeluznante en casa del abo- 
gado García á las once de una glacial y serena noche 
de JDiciembre. Las niñas, locas de gozo, muertas de 
curiosidad, se atropellaban alrededor del agonizante 
cerdo, en cuyo corazón y garganta sepultaba el cuchi- 
llo el matachín, de arremangados brazos. Segundo, 
encerrado en su dormitorio, tenia pliegos de pape 1 
más ó menos emborronados. . , .¡Hacía versos! Ma.s 
como llegase hasta él el ruido de la tragedia, soltó la 
pluma con desaliento. Había heredado de su madre 
un profundo horror al espectáculo de la matanza: 
á su madre solía costarle diez ó doce días de padeci- 
mientos, en que no probaba bocado, asqueada por 

8 



22Ó 



EL CISNE DE VILAMORTA 



la vista de la sangre, de los intestinos y visceras, 
tan semejantes á intestinos y visceras humanas, por 
el olor groseramente aperitivo y excitante del mon- 
dongo y de las especias, por las pingüedinosas moles 
de tocino pendientes del techa. . . .Aborrecía Segun- 
do hasta el nombre del cerdo, y en el estado enfer- 
mizo de su ánimo, en la excitación nerviosa que le 
consumía, era para él no imaginado suplicio el no 
conseguir poner el pie íuera de casa sin tropezarse, 
sin enredarse en los malditos y repugnantes anima- 
les, ó ver, á través de las puertas entreabiertas, tro- 
zos de sus cadáveres suspendidos en garfios. Todo 
Vilamorta trascendía á muerte de cerdo, á vaho de 
mondongada: Segundo no sabía ya dónde meterse, y 
se encuartelaba en su aposento con las puertas y 
las ventanas bien cerradas, aislándose del mundo ex- 
terior, para vivir con sus sueños y fantasías en un 
país donde no había marranos y solo existían pina- 
res, flores azules, precipicios ¡Insuficiente pre- 
caución para librarse del tormento de aquella época 
brutal del año, puesto que el drama de la glotonería 
y de la materia le asediaba allí, en su misma ca- 
sa. .. .El poeta cogió el sombrero y salió de estam- 
pía. Necesitaba huir donde no oyese aquellos gru- 
ñidos, ni le envolviesen aquellos olores. Pasó de lar- 
go por el zaguán, cerrando los ojos para no ver, á 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



227 



la luz del candil que sustentaba una de las chiqui- 
llas, á la tía Gaspara con su brazo de esqueleto des- 
nudo hasta el codo, agitando en un barreñón un lí- 
quido rojo y espumante. AI ver salir á Segundo, las 
hermanas soltaron el trapo riéndose á carcajadas, y 
le llamaron ofreciéndole regalos grotescos, innobles 
despojos del moribundo. . . . 

Leocadia no se había acostado: sentíase indispues- 
ta, y dormitaba envuelta en un gran mantón, tran- 
sida de irío; prestamente abrió la puerta á Segundo, 
preguntándole alarmada si le sucedía algo. Nada, á 

la verdad En casa de Segundo estaban matando 

el cerdo: noche toledana; no le dejarían dormir. . . . 
Hacía además tanto frío aquella noche que se en- 
contraba no muy bien, así como pasmado Que 

le hiciese una tacita de café ó mejor un ponche de 
ron .... 

— Las dos cosas, corazón. Enseguidita. 

Recobró Leocadia su actividad y brío como por 
ensalmo. Pronto ascendió de la ponchera la llama 
color de zafiro del ponche; á su reflejo traidor, la 
cara de la maestra parecía muy demacrada. Faltá- 
bale aquel aspecto saludable, aquel tono suyo, mo- 
reno caliente, como de corteza de pan. La madurez 
femenina, la crisis fatal de los últimos años de amor, 
se leía en el semblante empalidecido, en el brillo fe- 



228 EL CISNE DE VILAMORTA 



bril de la mirada, en el cárdeno tinte de los labios. 
Sobre la prosa de sus facciones vulgarísimas imprimía 
el dolor sello casi poético; como había enflaquecido, 
resultaban mayores sus ojos; ya no era la mujerona 
de buenas carnes, limpia y fresca de boca, que pi- 
cada de viruela y todo aún arrancaba al tabernero 
un requiebro bestial; abrasábala el fuego interior de 
una pasión imperiosa, exigente, incoercible: la pasión 
postrera, la más poderosa, la que ni vence la razón, 
ni borran los años, ni puede cambiar de objeto; la 
que hinca sus garras en las entrañas y no suelta la 
presa sino cuando ya la ha matado. 

Y tenía esta pasión tan extraño carácter,, que sien- 
do insaciable, volcánica, desesperada, lejos de dictar 
á Leocadia actos de violencia y arrancarle rugidos 
de leona, le inspiraba una abnegación y generosidad 
sin límites, suprimiéndola por completo el egoísmo. 
Horribles habían sido para ella los días del verano, 
las vendimias, todo el tiempo en que apenas veía á 
Segundo, en que le contaba que no se acordaba de 
ella, que se consagraba á otra mujer; ¡y sin embargo, 
ni salió de su boca una palabra de celos, ni un re- 
proche^ le pesó de haber dado á Segundo el dinero; 
y al ver al poeta era su alegría tan franca, tan gran- 
de, que borraba como por magia todos los sufri- 
mientos y los compensaba con creces! 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



229 



Ahora existía un motivo más para que ella se des- 
viviese por el poeta. Tampoco el andaba bueno. 
¿Qué le dolía? Ignorábalo él mismo. Mal del espíritu, 
nostalgia, murria, ahogo producfdo en sus pulmones 
de soñador por el mezquino ambiente que respira- 
ba Constante inapetencia, negra melancolía, el 

estómago fatigado, los nervios como cuerdas de gui- 
tarra Y no era su pasión por Nieves como la de 

Leocadia, de esas que absorben el sér todo, interesan 
el corazón, atenacean la carne y subyugan el alma: 
Nieves sólo vivía en su cabeza, en su amor propio, 
en sus facultades líricas, en sus desvarios románticos, 
generadores eternos de la ilusión. Nieves encarnada 
en forma visible, gentil y halagüeña, sus ansias de 
gloria, su ambición artística. 

Leocadia sirvió el ponche y el café, y como le 
temblaba la mano de placer y emoción, dejó caer el 
líquido hirviente, quemándose un poco: mas no hizo 
caso de la quemadura y siguió tan solícita, cuidando 
como siempre, de que todo estuviese á la perfección. 
Para hablar con el poeta de algo que le agradase y 
divirtiese, le preguntó por el tomo de poesías que 
traía entre manos y debía extender su fama lejos de 
Vilamorta así que se imprimiese en Orense. .. Se- 
gundo no se mostró entusiasmado con tal perspec- 
tiva. 



230 



EL CISNE DE VILAMORTA 



— En Orense, mujer en Orense ¿Sabes 

que he mudado de idea? Ó lo imprimo en Madrid... . 
ó no lo imprimo: poco perderán con eso las musas 
españolas. 

— ¿Y porqué no te gusta ya imprimirlo en Oren- 
se? 

— Verás. . . .Le sobra razón á Roberto Blánquez, 

que me lo aconseja desde Madrid Ya sabes que 

ahora Roberto está allá, empleado Dice que las 

obras impresas en provincias no las lee nadie; que él 
ha visto el desprecio con que se miran allí las que 
traen pie de imprenta de fuera de la corte... Que ade- 
más aquí tardan un siglo en imprimir un tomo, y sa- 
len plagados de erratas, y con una íorma tan fea. . . . 
En fin, que no gustan Y para eso ... . 

— Pues á Madrid con el libro; ¿qué importa? 

— Chica. . . .Roberto me asusta con los precios de 

las ediciones Parece que la broma cuesta un 

ojo de la cara. . . .No hay editor que compre versos, 
ni siquiera que vaya á medias con el autor 

No contestó Leocadia, limitándose á sonreír. Te- 
nía la salita aspecto de íntimo bienestar: aunque el 
invierno había despojado de sus encantos al balcón, 
poniendo amarillas las albahacas y mustios los clave- 
les, allí dentro del gorgoteo de la cafetera, el vaho 
alcohólico del ponche, la quietud, el solícito cariño 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



25I 



de la maestra, todo parecía templar y suavizar el 
ambiente. Segundo sentía apoderarse de su cuerpo 
un sopor grato. 

— ¿Me das una manta de tu cama? dijo á la maes- 
tra. Hoy en mi casa no hay medio de descansar, 
mujer Yo reposaría un poco aquí en este sofá. 

— Tendrás río. 

— Estaré en la gloria. Anda. 

Leocadia salió y volvió arrastrando un objeto pe- 
sado, enorme: un colchón. Después trajo la manta; 
luego, iundas. Total, una cama de veras. Para lo 
que faltaba, las sábanas no más. . . .¡Bah! También 
las trajo. 



XXIV 




íjo vaciló Leocadia al día siguiente. Sabía ya 
íel camino y fué derecha á casa del abogado. 
^á>i^Este la recibió con el entrecejo fruncido. 
¿Pensaban que fabricaba moneda? Leocadia ya no 
tenía bienes que empeñar; los que llevaba valían tan 
poca cosa. ... Si se resolvía á hipotecar la casa, él 
hablaría con su cuñado Clodio que tenia ahorros y 
ganas de una finca así.... Leocadia exhaló un suspiro 
de pena. Sucedíale lo contrario que á los campesinos 



232 



EL CISNE DE VILÁMORTA 



ningún apego á los terrones; ¡pero la casita! ;Tan 
limpia, tan mona, tan cómoda, hecha á su gusto! 

— Psh....con abonar el importe de la hipoteca.... 
la recobra usted en seguida. 

Dicho y hecho. Clodio aflojó la mosca, lisonjeado 
con la esperanza de adquirir por la mitad de su valor 
un nido tan cuco, donde acabar su vida solterona. 
De noche, Leocadia pidió á Segundo que le enseñase 
el cuaderno de sus poesias y le leyese algunas. Ha • 
blábase mucho allí, con reticencias y alusiones tras- 
parentes, de ciertas flores azules, de las voces de un 
pinar, de un precipicio y de otras varias cosas que 
bien entendía Leocadia no eran inventadas, sino que 
tenía su clave en pasados y para ella misteriosos 
acontecimientos. La maestra adivinó una historia de 
amor, cuya heroína sólo podia ser Nieves Méndez. 
Pero lo que no podia entende ni explicarse, era cómo 
estando ya la señora de Comba viuda y libre para 
premiar el amor de Segundo, no lo hacia inmediata- 
mente... Los versos revelaban profundo desaliento, 
ardiente delirio amoroso y amargura muy honda.... 
¡Ahora comprendía Leocadia las tristezas de Segundo, 
su decaimiento, sir pasión de ánimo! ¡Cuánto pade- 
cería allá por dentro! Los poetas, á fuer de tales, de- 
ben sufrir más y con más crueles torturas que el resto 
de los humanos.... No cabia duda: aquella ausencia, 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 233 

aquellos recuerdos estaban matando á Segundo len- 
tamente... Leocadia no sabia por donde empezar la 
conversación. 

— Mira, oye . . . Esos versos son preciosos y me- 
recen que los impriman con letritas doradas. . . Ca- 
sualmente, chico, estos días he recogido unos cuartos 
de Orense. . . ¿Sabes que he pensado la otra noche, 
mientras tú dormías en la camita que te armé? Qué 
era mejor irlos tú á imprimir en persona. . . Allá. . . 
á Madrid. . . 

Con gran sorpresa vió nublarse el rostro de Segun- 
do. ¡Ir el á Madrid ahora! Imposible: era preciso 
antes saber algo de Nieves.... La trágica escena final 
de sus amoríos, el desenlace de la repentina viudez, 
todo alzaba entre los dos una valla difícil de salvar. . . 
Nieves era rica... y hoy Segundo, al presentarse en 
su casa, al caer á sus pies, no sería el enamorado que 
pide pasión, sino el aspirante á marido.... que alega 
derechos anteriores, y fundado en ellos aspira á re- 
emplazar al difunto.... Y Segundo, que había acep- 
tado dinero de Leocadia, sentía que su orgullo se su- 
blevaba á la idea de que Nieves pudiese tomarle por 
un especulador, ó desdeñarle por oscuro y pobre.... 
¿Pero no le amaba Nieves? ¿No se lo había dicho? 
Entonces, ¿cómo no trataba de saber de él? Es ver- 
dad que tampoco él intentaba comunicarse con la be- 



'234 EL CISNE DE VILAMORTA 

lia viuda, ni refrescar sus recuerdos.... Es que te- 
mía hacerlo sin arte, sin oportunidad, y abrir la he- 
rida causada por el fallecimiento del esposo.... 

El tomo de versos ¡Excelente idea! El tomo 

de versos era el único medio de volver á la memoria 
de Nieves en bella forma, llevado en alas del aplauso 
público Si aquel tomo se leía, se elogiaba, gus- 
taba, conquistaba á su autor una reputación, des- 
aparecería entre él y Nieves toda diferencia social que 
pudiese hacer absurdas sus pretensiones. . . ¡Casar- 
se! . , . pensaba Segundo ... Lo del casamiento le 
parecía secundario... Que Nieves le amase... No 
bodas, amor pedía él. En la misma mesita de Leo- 
dia escribió á Roberto Blánquez dándole instruccio- 
nes, y preparó el manuscrito para certificarlo y le pu- 
so el índice y la portada, con el impaciente júbilo 
del que, olfateando la suerte, compra un billete de 
lotería.... 

Así que él se retiró, quedóse Leocadia profunda- 
mente preocupada. ¡Segundo no quería ir allál En- 
tonces.... El relámpago de ventura que cruzó ante 
sus ojos con la idea de que Segundo echase raíces en 
Vilamorta, lo apagaron dos pensamientos: uno, que 
Segundo alli se secaría de tedio; otro, que ella no 
podría facilitarle mucho tiempo ya lo que necesita- 
ra. Hipotecar la casa; era quemar el último car- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



tucho.... ¿Qué hipotecaría después? ¿Su propia 
persona? Y sonrió con tristeza. 

En el corredor resonaban los gruesos zapatos del 
olvidado jorobadito, que iba en busca del lecho, 
donde Flores tardaría poco en arrullarle con sus 
solecismos y letanías bárbaras. La madre suspiró. ¿Y 
aquel ser, aquel ser que no tenía mas sostén que ella? 
¿De qué viviría? Cuando su madre, arruinada del 
todo, no le pudiese dar ni cama, ni alimento ¿qué 
mudo y continuo reproche sería para ella la presen- 
cia del infeliz? Y ¿cómo le hacía trabajar?. . . 

¡Trabajar! Esta palabra le recordó algunos planes, 
ya madurados en esas noches de desesperación é in- 
somnio en que pasamos revista á nuestra vida entera 
y trazamos nuevas combinaciones y recorremos men- 
talmente todos los caminos posibles. .. Claro está 
que Minguitos no servía para el trabajo material de 
la tierra, ni para hacer zapatos, ni para moler cho- 
colate como aquel buen mozo de Ramón; pero sabía 
leer y escribir, y en cuentas, con poco que Leocadia 
le repasase, sería un prodigio . . . Estar detrás de un 
mostrador no mata á nadie: atender al que llega, 
contestarle, cobrar, apuntar lo vendido, más son ocu- 
paciones divertidas y que espacían el ánimo, que la- 
bores molestas .. . j Así se distraería el jorobadito, y 
perdería un poco el horror á la gente, el miedo á que 
m riesen de él! 



236 



EL CISNE DE VILAMORTA 



Dos años antes, Leocadia habría insultado á quien 
le propupiese apartarse de su niño, robarle el calor 
de sus brazos amantes. ¡Ahora, la solución de hacer 
de él un dependientito de comercio le parecía tan 
sencilla y natural! Algo, sin embargo, latía aún en 
el fondo de su corazón de madre; unas fibrillas muy 
pegadas todavía al alma, que sangraban, que do- 
lían. . . A arrancarlas pronto. Todo era por bien del 
chico, por hacerle hombre, para que hoy ó mañana... 

Celebró Leocadia dos ó tres conferencias con Can- 
sín, que tenia en Orense un primo, dueño de un es- 
tablecimiento de paños; y Cansín, encareciendo mu- 
cho su alta influencia y la importancia del favor, dió 
á la maestra una carta de recomendación eficaz. Fué 
Leocadia á la capital, vió al patrón, y estipularon 
las condiciones déla admisión'de Minguitos. Le man- 
tendrían, le lavarían la ropa, y le harían algún traje de 
los retales de paño que quedasen por el almacén . . . 
Pagar no le pagarían nada, hasta que supiese bien el 
ocio, y allá á la vuelta de un par de años. . .¿Y era 
muy jorobado? porque eso le gusta poco á la cliente- 
la ¿Y era honradito? Nunca le habia cogido á su 

madre dinero de los cajones, ¿verdad? 

Leocadia volvió con el alma empapada en acíbar. 
¿Como se lo decía á Minguitos y á Flores? ¡ Sobre to- 
do á Flores! Imposible, imposible: armaría unescán- 



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237 



dalo que alborotase á la vecindad... Y había prome- 
tido llevar á Minguitos sin falta á su puesto el lunes 
próximo... Ideó una estratagema. Afirmó que estaba 
en Orense una parienta suya, y que le llevaba el ni- 
ño para que le conociese: pintó la expedición con ri- 
sueños colores á fin de que Minguitos creyese que 
ibaá divertirse... ¿No tenia ganas de ver otra cosa 
á Orense? Pues es un pueblo magnífico: ella le ense- 
ñaría las Burgas, la Catedral... El niño, con su ho- 
rror instintivo á los sitios públicos, al trato con hom- 
bres, meneaba tristemente la cabeza; y en cuanto á la 
vieja criada, como si algo rastrease, estuvo furiosa 
toda la semana. Guando llegó el domingo y se me- 
tieron madre é hijo en el coche, al subir al estribo, 
Flores se arrojó al cuello de Minguitos y le dió un 
abrazo trémulo y senil de abuela choca-, babándole el 
rostro con el besuqueo de sus arrugados lábios. . . 
Después se pasó el dia sentada en el umbral de la 
casa, murmurando en alta voz palabras de sorda có- 
lera ó de cariñosa lástima, apretándose la frente con 
ambas manos, en desesperado ademán. 

Leocadia, ya en el coche, trató ele convencer á su 
hijo y le describió la buena vida que le esperaba en 
aquel precioso establecimiento, situado en lo más 
céntrico de Orense, tan entretenido, donde tendría 
poco trabajo y la esperanza de ganar, hoy ó mañana 



238 EL CISNE DE VILAMORTA 



algún dinerito suyo... A las primeras palabras, el ni- 
ño fijó en su madre los ojos atónitos, en los cuales, 
poco á poco, la inteligencia se abrió paso... Mingui- 
tos solía comprender á media palabra. Bajo la cabe- 
za y, arrimándose á su madre, se recostó en su rega- 
zo. Como callaba, Leocadia le preguntó: 

— ¿Que tienes? ¿Te duele la cabeza? 

— No. ..déjame dormir así... un poquito... hasta 
Orense. 

Permaneció, en efecto, quieto y callado y al pare- 
cer, dormido, acunado por el traqueteo del coche y 
el ruido ensordecedor de losjcristales. Al llegar á la 
ciudad, Leocadia le tocó en el hombro: 

— Ya estamos . . . 

Saltaron del coche y entonces notó Leocadia que 
tenia el regazo húmedo y que alli donde se había 
apoyado la frente del niño, resbalaban sobre el meri- 
no negro dos ó tres irisadas gotas de agua... Pero 
al verse entre gente desconocida, en el lóbrego alma- 
cén, abarrotado de piezas de paño oscuro, la actitud 
del jorobado dejó de ser resignada: cogióse á su ma- 
dre con desesperado inpulso, exhalando un solo gri- 
to, resumen de todas sus quejas y afectos: 

— Maaamá. . .maaamá. . . 

Aquel grito aun lo oía dentro de su corazón Leo- 
$i<3m cpandoj de regreso á Vilamorín, vio á Flores 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



que la acechaba en la puerta. Acechar es la palabra 
exacta, pues Flores se lanzó sobre ella como un pe- 
rro de presa, como una ñera que reclama y exige su 
cria. Y lo mismo que el hombre furioso arroja con- 
tra su adversario cuanto á mano encuentra, asi Flo- 
res derramó sobre Leocadia toda clase de injurias, 
gritándole con su voz balbuciente de vejez y odio: 
—¡Ladrona, ladrona, infame! ¿Dónde tienes á tu 
hijo, ladrona? ¡Ancla, borracha, mala mujer, anda á 
beber licores... y tu hijo puede ser que se esté mu- 
riendo de hambre! Perdida, loba, falsa, ¿y el chi- 
quillo? ¿Dónde está, ángel de Dios? ¿Donde lo tienes 
bribonu, que rabiabas por librarte de él para que- 
darte con el otro señorito de morondanga? ¡Loba, 
loba, que aun las lobas quieren á los hijos! ¡Loba 
lobona. . . si tuviese un 'fusil, tan cierto como estoy 
aquí que te cazaba con perdigones! 

Pálida, con los ojos enrojecidos, Leocadia exten- 
dió las manos para tapar la boca á la frenética vieja; 
pero ésta, con sus desdentadas encías, apretó aque- 
llas manos, dejando en ellas la baba de su cólera; y 
mientras la maestra subía la escalera, la vieja iba 
detrés, fatídica, murmurando en voz sorda: 

—Nunca bien te ha de querer Dios, loba . . . Dios 
te castigará y la Virgen Santísima. . . Anda, anda^ 
regodéate porque hiciste tu voluntad... Maldita 
seas, maldita seas.,, maldita, maldita. 



240 



EL CISNE DE VILAMORTA 



La maldición estremeció á Leocadia... La casa, 
con la ausencia de Minguitos, parecía un cemente- 
rio: Flores no había preparado comida, ni encendi- 
do luz... Leocadia, sin ánimos para hacerlo, se echó 
en la cama vestida, y mas tarde se desnudó y acostó 
sin probar bocado. 




XXV 



»on qué interés leía Segundo las cartas de 
Roberto Bláríquez, durante aquella tempo- 
rada en que le daba noticias de su libro! 
Roberto tenía algunos años más que el Cisne: no 
tantos que lesimpidiesen haber sido muyamigotes allá 
cuando estudiantes; pero suficientes para que Blán- 
quez conociese algo más el mundo y pudiese servir 
al poeta de guía y mentor. También Blánquez ha- 
bía tenido su época de cisne, rimando versos galle- 
gos; ahora se dedicaba á la prosa de un humilde em- 
pleillo y hacía artículos* f de carácter administrativo; 
Madrid le ilustraba; y con la penetración natural é 
ingénita en quien tiene en sus venas sangre gallega 
de las rías, iba conociendo la vida práctica Pro- 
fesaba á Segundo fanática admiración y cariño ver- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



241 



dadero, de esos que se forman en las aulas y duran 
siempre. Segundo le escribía con absoluta confianza: 
unas primas de Blánquez eran amigas dé la madre 
de Nieves Méndez, y por tal conducto sabía el poeta 
algo de su dama. No ignoraba Blánquez los episo- 
dios del verano. Y solía dar en los primeros tiempos, 
noticias muy satisfactorias. «Nieves vive retiradísi- 
ma. . . .Me enteraron mis primas. . . .Apenas sale si- 
no a misa La niña no está buena Dicen los 

médicos que es el desarrollo La van á llevar á un 

convento del Sagrado Corazón, para educarla. ¡La 
madre dicen que está guapa, chico! Parece que que- 
daron muy bien de intereses El libro no tardará 

ya mucho. . . .Ayer escogí el papel para la tirada, y 
el de los cien ejemplares de lujo en papel de hilo. . . . 
Los caracteres serán elzevirianos, que es lo más de 
moda . . , . La portada .... ahora se hacen preciosas 
seis tintas ¿Quieres que represente una cosa bo- 
nita, algo alegórico?» . . . .Así por este estilo eran las 
cartas de Roberto, manantial de ensueños, alimento 
único de la fantasía de Segundo en aquel largo in- 
vierno, tétrico y oscuro, en aquel ignorado rincón, en 
la prosa de su casa, en los recuerdos de su malogra- 
da empresa amorosa. 

Corría Marzo, mes ambiguo, de agua y sol, en que 
ya la primavera se anuncia con abundancia de viole- 



242 EL CISNE DE VILAMORTA 

tas y prímulas, y el frío empieza á disminuir, y por 
el cielo, de un azul acuarela, flotan como girones de 
lino blancas nubes, cuando Segundo recibió esa cosa 
inefable, que hace palpitar de júbilo y de ansiedad y 
de inexplicable temor el corazón del hombre; esa cosa 
sólo comparable, por las sensaciones que produce, al 
hijo primogénito recien nacido: ¡el primer libro im- 
preso! ¡Parecíale un sueño que estuviese allí el libro, 
allí, delante de sus ojos, en sus manos, con la cubier- 
ta blanca satinada donde el dibujante había entrelaza- 
do graciosamente, alrededor de un grupo de pinos, 
unos cuantos tallos floridos de no me olvides', con su 
papel color garbanzo, que hacía parecer antigua y 
rancia la edición, y encabezadas las composiciones 
con tres misteriosos asteriscos! Al ver allí sus versos, 
limpios de borrones, nítidos, correctos, con el pensa- 
miento destacado por la enérgica negrura de la tinta 
sobre la página clara, daban ganas de creer que ha- 
bían nacido así, tan fáciles y con tan adecuados con- 
sonantes y sin enmiendas ni ripios. 

Á Leocadia la conmovió el libro, más todavía que 
al autor. Rompió la maestra en copioso llanto de 
gozo. ¡Era la gloria de su poeta, obra suya en cierto 
modo! Por dos ó tres dias anduvo contentísima, olvi- 
dando las malas nuevas que le traía Flores de Orense 
todos los domingos; de Orense, adonde Leocadia no 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



243 



se atrevía á ir por temor de ceder á los ruegos y ablan- 
darse ante las súplicas del niño, pero donde latían 
aquellas fibrillas de su corazón que aún destilaban 
sangre, y que Flores torturaba con el relato de los 
sufrimientos de Minguitos, cada vez más desmejorado 
siempre quejándose de que en el almacén se mofaban 
de él y le echaban en cara su joroba. 

¡Enigmas del corazón humano! Segundo, que des- 
deñaba el lugar de su nacimiento; que creía y no se 
equivocaba, que en Vilamorta no existía persona al- 
guna capaz de aquilatar el mérito de una poesía, no 
pudo, sin embargo, dejar de ir una noche á casa de 
Saturnino Agonde, y sacando negligentemente del 
bolsillo el tomo, echarlo sobre el mostrador diciendo 
con fingida indiferencia: 

— ¿Que te parece esta impresión, chico? 

Al punto se arrepintió de semejante debilidad, 
tantas fueron las tonterías y patochadas que el ele- 
gante tomo inspiró á la irreverente tertulia. ¡Nunca 
lo hubiera enseñado! En fin, él se tenía la culpa. ¡Si 
el público no le trataba mejor que sus conciuda- 
danos!... Nunca es dueño el hombre de prescindir 
por completo de la atmósfera que respira: siempre ha 
de interesarle aquel horizonte que ve. Por poca im- 
portancia que concediese Segundo al dictamen de 
los vi {amórtanos, y aunque ciertamente su aproba- 



244 EL CISNE DE VILÁMORTA 



ción no lograría enorgullecerle, su inepta befa le 
ulceró y enconó el alma... Retiróse á su casa lasti- 
mado y dolorido. Pasó una noche febril, de esas no- 
ches en que se conciben magnos proyectos y se 
adoptan resoluciones decisivas. 

Las condensaba en su carta á Blánquez... Este no 
contestó á vuelta de correo: pasaron días y días, y 
Segundo fué todas las mañanas á la estaíeta, reci- 
biendo siempre la misma respuesta lacónica... 
Por fin le entregaron una carta voluminosa, certifi- 
cada. 



XXVI 



L abrirla cayeron varios números de pe- 
:.;V^ nodicos, donde señalados con una cruz 
}¡«sl§£¿3^ de tinta estaban los párrafos en que se 
hablaba del Jibro recien impreso, del tomo de poesías 
titulado Cantos nostálgicos, que tal nombre dió en 
la pila Segundo á sus rengloues desiguales. 

Venía también una carta de Roberto, de cuatro 
carillas..,. Era su contenido tan importante para 
Segundo, de tal manera había de pesar y ejercer 
influencia en su porvenir lo que aquellas letras con- 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 24 £ 

tuviesen, que las dejó á un lado, temeroso, sin saber 
por qué, de leerlas, queriendo dilatar lo que tanto 
deseaba.... Veía la carta abierta, y le saltaban á los 
ojos ciertos nombres, ciertas palabras repetidas... Allí 
se nombraba muchas á veces la viuda de Comba.... 
Para dominar su turbación, puramente nerviosa, re- 
cogió los periódicos, y se determinó á leer antes lo 
que traía la señal de la cruz.... Rocorrió el via-cru- 
cis, en toda la extensión de la palabra. 

El Imparcial daba un estrepitoso bombo al país 
gallego, y para probar que en él nacen poetas con la 
misma lacilidad que exquisitas pavías y bellísimas 
flores, citaba, sin nombrarle, al autor de Cantos nos- 
tálgicos, lindo tomito acabado de ponerá la venta. 
Y ni una línea más, ni una apreciación crítica, ni 
un leve indicio de que nadie, en la redacción del po- 
pular diario, se hubiese tomado el trabajo de cortar 
las páginas del tomo. El Liberal, mejor informado, 
aseguraba en tres renglones que los Cantos revelaban 
en su autor gran facilidad para versificar. La Epoca, 
en lo más rezagado de su sección de Libros nuevos, 
alababa la elegancia tipográfica del libro; no apro- 
baba el sabor romántico del título y la portada; y, de 
refilón, lamentaba, que la musa del poeta fuese la 
infecunda nostalgia, habiendo por ahí tantas cosas 
sanas, alegres y fecundas que cantar. El Día..,. 



246 EL CISNE DE VILAMORTA 

¡Ah! Lo que es en El Día le pegaban á Segun- 
do un varapalo en regla; pero no de esos vara- 
palos sañudos, intencionados, enérgicos, en que 
se toma la vara á dos manos para deslomar á 
un adversario fuerte y temible, sino un latigazo 
de desprecio, un capirotazo con la uña, como el que 
se dá á un insecto cuando molesta; una de esas crí- 
ticas sumarias, que el crítico no se toma el trabajo 
de fundar y razonar por ser tan evidente lo que dice, 
que no requiere demostración: una ejecución capital 
por medio de dos ó tres chistes, pero de las que aca- 
ban con un autor novel, le hunden, le relegan para 
siempre á los limbos de la oscuridad... Venía el crí- 
tico á decir que hoy, cuando los versos magistrales 
carecen de lectores, es lástima grande hacer gemir 
las prensas con rimas de inferior calidad, que hoy, 
cuando Becquer pertenece ya al número de los se- 
midioses de la poesía, habiendo ingresado en el pan- 
teón de los inmortales, es pecado que se le falte al 
respecto imitándole torpemente, y estropeando y 
contrahaciendo sus pensamientos mejores; y por úl- 
timo, que es de sentir que jóvenes muy estimables, 
dotados quizá de felicísimas disposiciones para el 
comercio ó para las carreras del notariado y farma- 
cia, gasten el dinero de sus papás en ediciones lu- 
josas de versos cjue nadie comprará ni leerá... 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



247 



Debajofdetal filípica había escrito de su. puño y 
letra Roberto Blánpuez: «No hagas cass de este 
animal. Lee mí artículo». 

Con efecto, en un periódico oscuro y subterráneo, 
de esos innumerables que ven la luz en Madrid sin 
que Madrid los vea, Blánquez vertía y desahogaba 
toda la bilis de su amistad y patriotismo herido, po- 
niéndole al crítico las peras á cuarto, encareciendo 
el libro de Segundo y declarándolo digna pareja del 
de Becquer, sólo, que en poco más dulce, un poco 
más soñador y melancólico todavía, á fuer de hijo de 
un país hermoso cuanto desventurado, un país más 
bello que Andalucía, que Suiza y que todos los paí- 
ses bellos del orbe: acabando por decir que, si Bec- 
quer hubiese nacido en Galicia sentiría, pensaría y 
escribiría como El Cisne de Vilamorta. 

Segundo cogió el manojo de periódicos, y miran- 
do un rato con los ojos fijos y el gesto torvo, hízolo 
al fin pedazos, primero grandes, luego chicos, luego 
más chiquitos aún, que lanzó por la ventana y fueron 
á caer revoloteando, á manera de simbólicas maripo- 
sas, ó plateados pétalos de la flor de la ilusión, al 
charco de lodo más inmediato.... Segundo sonreía 
con amargura. Allá vá la gloria.... pensó. Ahora... 
creo que ya estoy más sereno.... Vamos á leer la 
carta!,.* 



EL CISNE DE VILAMORTA 



Lo importante de éstas son ciertos trozos... adi- 
cionados con los comentarios que no en voz alta si- 
no mentalmente hace el lector. 

«Estuve, seguntu encanrgo, en casa de la viuda de 
Comba, á entregarle el ejemplar que me remitiste tan 
cerradito y tan selladito... — ¡Claro! Llevaba dentro 
una dedicatoria que no me gustaba que viese ella que 
podías haberla leído tú... Tiene una casa preciosa, 
con mucha cortina de seda y flores naturales. — Todo, 
todo lo suyo es así, delicado y bonito... — Pero tuve 
que ir dos veces ó tres antes de que me recibiese, por 
que siempre era mala hora.., — No recibirá ella al dos 
por tres al primero que se presente...— Por último 
me recibió con un sin fin de etiquetas y cumplidos... 
Está muy guapa de cerca, aún más que de léjos; y 
parece mentira, chico, que tenga una niña de doce 
años: ella representa, lo más, veinticuatro ó veinti- 
cinco... — ¡Qué cosas me cuenta á mí Roberto!— Pues 
nada, en cuanto le dije que iba de parte tuya. . . — ¡A 
ver!— se puso.. ¿cómo te diré yo? — ¡Ruborizada! — dis- 
gustada y sobresaltadísima, chico; y además, tan se- 
ría, que yo me quedé volado y sin saber que hacer... 
— ¡Infame! ¡Infame! Temía que yo... A ver, conclu- 
yamos, concluyamos... — No quiso recibir el libro 
por mas instancias que le dirigí... — Pero esto no se 
concibe! ¡Ah, que mujer!...— porque asegura que le 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



249 



recordaría mucho este país, y el fallecimiento de su 
esposo, que Dios haya; y por consiguiente te ruega 
que la dispenses...— ¡Miserable!— de abrir el pa- 
quete... y de leer tus versos... y te da las gracias...— 
¡Já, ja, ja!— ¡Bravo! ¡Gran actriz! 

«Yo, á pesar de todo, como tu me encargabas ex- 
presamente que se lo entregase, me propuse no vol- 
ver á casa con él, y saludándola y tomando el som- 
brero dejé tu paquetito sobre un mueble; pero al día 
siguiente por la mañana ya lo tenía en casa, cerrado 
lacrado, intacto...— Y yo no 1^ arrojé al Avieiro 
aquel dia en que nuestras bocas... — ¡Estúpido de mí! 
En fin, acabemos... 

«Ante esa conducta de la viudita, conjeturo que tú 
debes haber inventado todo aquello del precipicio del 
balcón... me lo contarías para guasearte conrmgo... 
ó como eres así, tan loco, soñaste que te sucedió, y 
confundiste el sueño con la realidad... — Hace bien en 
mofarse.— De todos modos, chico, si la viuda te in- 
teresaba, no pienses mas en ella... Sé de fijo, por 
mis primas, que lo saben con certeza por su padre, 
que al acabarse el luto se casa con un marqués ele 
Cameros, que tuvo distrito en Lugo... «—Sí, sí... 
comprendido.— La cosa no va de broma: ya le están 
bordando, según dicen mis primas, sábanas con co- 
rona de marquesa... » 



2^0 



EL CISNE DE VILAMORTA 



La carta fué desgarrada con mas lentitud que los 
periódicos, en trozos más menudos, casi en polvillo 
de papel... Con los restos hizo Segundo una' boltia, 
y la despidió briosamente para que se hundiese muy 
adentro en el charco de lodo... ¡Es el amor!... pensó, 
riéndose á carcajadas. 

Comenzó á pasearse por la habitación, primero 
con cierta monótoma regularidad, después con desa- 
sociego y furia. Clara, la hermana mayor, entreabió 
la puerta del cuarto. 

— Dice la tía Gaspara que vengas. 

— ¿A qué? 

— A comer. 

Segundo tomó su sombrero, y se lanzó a la calle, 
dirigiéndose á las orillas del río, presa del furor que 
las necesidades diarias de la vida causan á los que 
sufren algún violento choque moral, un desengaño. 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



XXVII 



ue paseo el suyo por las húmedas y enchar- 
cadas márgenes ^del Avieiro! Iba unas ve- 
ces de prisa, sin causa alguna que le obli- 
gase a acelerar su marcha, y otras, también sin motivo, 
se paraba, quedándose con los ojos clavados en al- 
gún objeto: pero, en realidad no volviéndolo poco 
ni mucho... Un remordimiento, un pesar roedor, le 
mordía el corazón cuando recordaba el pasado: así 
como al naufragar un buque cada náufrago lamenta 
especialmente, la pérdida de un objeto que á todos 
prefería asi Segundo, del ayer desvanecido ya, sólo 
echaba de ménos un instante; un instante que; qui- 
siera á toda costa revivir; el del precipicio el momen- 
to en que pudo conseguir digna y gloriosa muerte, 
arrastrando consigo al abismo la noble carga de sus 
ilusiones, y el cuerpo de una mujer que sólo en aquel 
minuto inolvidable pudo amarle de veras... 




252 



EL CISNE . DE VILAMORTA 



¡Cobarde entonces y cobarde hoy! pensaba el poe- 
ta, llamando en su ayuda desesperadas resoluciones 
y no encontrando el valor indispensable para abra- 
zarse de una vez al agua fria y fangosa ...¡Que ho- 
ras! Borracho de dolor, se sentó en las piedras, A la 
orilla del rio, mirando con idiota fijeza como las go- 
tas de agua de lluvia al ir cayendo en diagonal del 
cielo gris, hacian en el rio unos círculos que trataban 
de prolongarse, y no lo conseguian, porque otros 
infinitos círculos iguales se tropezaban con ellos, y se 
mezclaban, y se renovaban incesantemente y vol- 
vían á nacer, y á confundirse, marcando en la sobre- 
haz del río unos dibujos ondulantes, muy parecidos á 
esa labor de la plata que llaman giüllochc. . . .No no- 
taba siquiera el poeta que aquellas mismas gotas que 
sobre el Avieiro rebotaban espesas y frecuentes, des- 
cargaban también sobre su sombrero y hombros, es- 
currían á la frente, se introducían por el cuello, se 
colaban entre la ropa y la carne. Lo observó así que 
la demasiada frialdad le hizo estremecerse, levan- 
tarse y tomar á tardo paso el camino de su casa, 
donde ya todo el mundo había comido y nadie le 
ofreció una taza de caldo. 

r 

A los dos ó tres días se le declaró una fiebrecilla, 
ligera al pronto, luego más grave. Tropiezo la cali- 
ficó de gástrica y catarral; la sinceridad obliga á 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» . 2 $ 3 

decir que le administró remedios no enteramente des- 
acertados; esto de las fiebres gástricas y catarrales 
es para los , médicos practicones una bendición de 
Dios, un campo glorioso donde suelen contar por 
victorias las jornadas; un camino trillado en que no 
corren riesgo de extraviarse. Por allí no se irá a* 
desconocido polo de la ciencia, pero al menos no se 
va tampoco á despeñadero alguno.... 

Salía Tropiezo una noche ele visitar á Segundo, é 
iba muy arrebujado en su bufanda. A la puerta mis- 
ma del abogado, de entre la sombra que proyectaba 
el paredón contiguo, se destacó una mujer, en pelo, 
vestida con una bata vieja. Lo claro de la noche per- 
mitió á don Fermín ver sus facciones, y no sin traba- 
jo reconoció á Leocadia, tal estaba la pobre maestra 
de desfigurada, mudada y envejecida. Se leía en su 
semblante la más viva ansiedad cuando preguntó al 
médico: 

— ¿Y que tal, don Fermín? ¿Cómo le va á Se- 
gundo? 

— ¡Ah! Buenas noches, Leocadia.... Sabe que al 
pronto no me hacía yo cargo.... Bien, mujer, bien; 
no se apure. Hoy mandé que le diesen ya un puche- 
rito y una sopa.... No valió nada la cosa; una mo- 
jadura.... Pero el rapaz es algo caviloso, y le entró 
tal tristeza y tal abatimiento, que pensé que nunca 



EL CISNE DE VILAMORTA 



iba á volverle el apetito.... En este tiempo hay que 
abrigarse: tenemos un día bueno y luego, cuando 
menos se piensa, carga el agua y el frío oirá vez.... 
¿Y V. cómo lo pasa? Me dijeron que tampoco andaba 
buena... Hay que cuidarse, mujer. 

—Yo no tengo duda, don Fermín. 

— Pues más vale así.... ¿Noticias del rapaz? 

— Allá por Orense.... el pobre.... No se acos- 
tumbra. 

— Ya se irá acostumbrando. Ya se ve. ...estaba he- 
cho álos mimos.... Vaya, Leocadia, abur. Vayase á 
su casa, mujer, váyase á su casa. 

Don Fermín se alejó, subiéndose la bufanda hasta 
la nariz. Aquella, mujer estaba loca: ¡pues no le ha- 
bía dado poco fuerte el cariño! ¡Y qué deshecha, qué 
acabada en meses? Las viejas aún se enemoran más 
que las rapazas. El había estado prudente, muy pru- 
dente, en no contarle los planes nuevos de Segundo.. 
¡Era capaz de allanar la casa si tal supiese! No, si- 
lencio, silencio. En boca cerrada no entran moscas. 
Que lo averiguase por otro lado, por él no. Y con 
tan sanas ideas y honrados propósitos. Tropiezo llegó 
á la tertulia de Agonde, y al cabo de un cuarto de 
hora de sesión desembuchó la nueva. Segundo Gar- 
cía se marchaba á América á probar fortuna. Así que 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 2 y f 

asignase del todo, por supuesto. . . .Iría á la Coruña 
á tomar el vapor. 

Fué ocasión propicia para que la tertulia en pleno 
lamentase una vez más el fallecimiento ele D. Victo- 
riano Andrés de la Conba, protector y padre de todos 
los vilamortanos sin colocación, diputado útil y agen- 
te infatigable de la comarca. ... A vivir él, no se iría 
seguramente un muchacho de tanto mérito, un poe- 
ta — aquella noche toda la tertulia convenía en que 
Segundo tenía mérito, era poeta— á cruzar los pro- 
celosos mares en busca de una posición decente. . . . 
Pero desde que le faltaba D. Victoriano, Vilamorta 
carecía de eco en las regiones del favor v la influen- 
cía, pues el señorito de Romero, actual dueño del 
distrito, pertenecía á la raza de los diputados dóciles 
que no se imponen al Gobierno, que acuden á votar 
cuando se les llama, y se tasan á bajo precio, cotizán- 
dose apenas al de unos cuantos estanquillos y media 
docena de credenciales por legislatura. .. . Agoride 
se desquitó aquella noche, espaciándose por el terreno 
de su conversación favorita, que era renegar del fu- 
nesto influjo eufrasiano, culpable de que Vilamorta 
decayese y su juventud emigrase al nuevo mundo. . . . 
El boticario expuso sus teorías: á él le gustaba que los 
diputados volviesen por el distrito: ¿de qué servían 
si no? Para él, el ideal del diputado era aquel lamoso 



2/6 



EL CISNE DE VILAMORTA 



hombre político á quien el barbero del pueblo que 
representaba había pedido un destino, fundándose en 
que, por culpa del reparto de credenciales entre todas 
las personas de su posición el el pueblo, no le quedaban 
ya parroquianos que afeitar, y se moría de hambre.... 
En esto intervino el alcalde diciendo que él sabía de 
buena tinta que el señorito de Romero pensaba inte- 
resarse muy de veras por Vilamorta; lo confirmó el 
dulcero y algunos délos presentes, promovióse un al- 
tercado que demostró de modo irrefragable que á di- 
putado muerto no hay amigos, y que el nuevo repre- 
sentante del país tenía ya en el mismo foco de los anti- 
guos radicales combistas sus paniaguados y devotos. • 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



XXVIII 




gresará con el rostro amarillento, el hígado estropea- 
do, con algunos miles de duros en letras, guardados 
en la cartera, á concluir sus días donde los empezó, 
así como el buque desvencijado por las tempestades 
viene á recibir la última carena en el astillero en que 
fué construido? ¿Le sorprenderá á la entrada del con- 
tinente joven ese temeroso mal antillano, verdugo de 
los iberos que tratan de emular a Colón conquistan- 
do á América, el vómito negrol ¿Se quedará por las 
zonas tropicales arrastrando coche, unido en matri- 
monial vínculo con alguna criolla? ¡Llegará á presidir 
cualquiera de esas repúblicas minúsculas, donde los 



257 



2$Z 



EL CISNE DS VILAMORTA 



doctores son generales y los generales doctores? ¿Se 
curarán sus melancolías al salitroso beso del aura 
marina, al contacto de tierras vírgenes, al dur o aci- 
cate de la necesidad que, empujándole á la lucha, le 
dirá: trabaja? 

Acaso algún día narrará la historia las metamorfosis 
del Cisne, su odisea y sus vicisitudes; sólo que es ne- 
cesario que corran los años, pues aún fué ayer, como 
si dijéramos, cuando salió de Vilamorta Segundo 
García, dejando á la maestra de escuela hecha un 
mar de lágrimas. Y esto de la maestra es el único 
cabo suelto de la crónica ádCisnc que en la actuali- 
dad podemos recoger. 

Mucho dió que hablar Leocadia en Vilamorta. Es- 
taba enferma, según unos; según otros, arruinada; 
y según bastantes, no muy cabal de juicio. Víéronla 
rondar la casa de Segundo varias noches, durante la 
enfermedad del poeta; se aseguraba que había vendi- 
do sus bienes, y que tenía su casita hipotecada á 
Clodio Genday: pero lo más extraño de todo, lo que 
acerbamente se censuraba, era el abandono en que 
dejaba á su hijo, después de haberle cuidado y mi- 
mado tanto de pequeño, no yendo á verle ni un solo 
día á Orense, al paso que la vieja Flores iba sin ce- 
sar y á cada paso daba peores nuevas del chiquillo: 
que se consumía que echaba, sangre por la boca, que 



fcíBLíOffíCA t>E «LA ESPAÑA» %$í) 

se moría de tristeza Leocadia, al oírlo, dejaba 

caer la barba sobre el pecho, y algunas veces se mo- 
vían convulsivamente sus hombros, como si solloza- 
se Por lo demás, solía aparecer tranquila, aun- 
que muy callada, y sin la actividad habitual en ella. 
Ayudaba á Flores en la cocina, atendía á las niñas 
en la escuela, barría, todo lo mismo que un autóma- 
ta, y Flores, que la espiaba cruelmente para tomar 
nota de sus distracciones, se complacía en gritarle: 

— Mujer, has dejado sucio este lado ele la sartén... 
Mujer, ¿en qué piensas? Hoy voy á Orense; tienes tú 
que cuidar del puchero . . . 

A fines del verano, Cloclio pidió los réditos de su 
empréstito, y Leocadia no pudo pagarlos; por lo cual 
se le anunció que el acreedor estaba en su derecho al 
reclamar la finca previos los trámites legales. Fue 
aquel un golpe terrible para Leocadia. 

Acontece á veces que un prisionero, insigue per- 
sonaje, rey quizás, confinado por reveses de la suerte 
en estrecha mazmorra, despojado desús grandezas,, 
privado de cuanto constituía su dicha, pasa años 
sobrellevando con resignación sus males, aunque 
abatido, sereno.... Y si un día, por un refinamiento 
de crueldad de los carceleros, se le quita á ese resie^ 
nado preso un dije, un objeto, una fruslería con la 
cual llegó á encariñarse.... el dolor contenido sedes- 



2Ó0 



EL CISNE DE VILAMORTA 



borda y sobrevienen los extremos de la desespera- 
ción. Algo parecido le sucedió á Leocadia, cuando 
supo que era preciso abandonar para siempre aquella 
casita amada, donde había pasado con Segundo ho- 
ras únicas en su existencia; aquella casita dirigida 
por ella, recostruida.con sus ahorros; aquella casita 
limpia y primorosa ayer, todo su orgullo.... 

Flores la oyó muchas noches llorar á gritos; pero 
cuando alguna vez, movida á compasión involunta- 
ria, entró la vieja á preguntarle que sucedía, ó si 
quería algo, Leocadia tapándose con la ropa solía 
responderle en voz sorda: — No tengo nada. ..mujer, 
déjame dormir.... ¡Ni dormir me dejas! 

Mostró aquellos días gran versatilidad é hizo mil 
planes; habló de irse á vivir á Orense, dejando la 
escuela y poniéndose á coser en casa; habló también 
de aceptar las proposiciones de Clodio Genday, que 
habiendo despedido á su criadita moza, no se sabe 
porqué ofrecía á Leocadia á tomarla de ama de lla- 
ves, con lo cual se quedaría en su propio domicilio, 
eliminando por supuesto á Flores. Todas estas re- 
soluciones duraron breve tiempo, y fueron des- 
elladas para adoptar otras no menos elímeras; y con 
la eerie de proyectos y cambios, el tiempo se apresu- 
raba y Leocadia se hallaría pronto sin asilo. 

Un dia de feria salió Leocadia á comprar diversas 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



2ÓI 



cosas que Flores necesitaba urgentemente: entre 
otras, un cedazo y una chocolatera nueva, porque la 
suya estaba ya inservible. El vaivén del gentío, los 
empujones de los vendedores, la luz clara del sol 
otoñal, le mareaban un tanto la cabeza, débil con 
las vigilias, con el poco comer y el mucho sufrir. Pa- 
róse delante del puesto en que se vendían los cedazos. 
Era una especie de cajón de sastre, y allí se feria- 
ban mil baratijas, cachibaches indispensables, como 
molinillos, sartenes, cazos, jeringas, aparatos de pe- 
tróleo, y en una esquina, dos mercancías muy soli- 
citadas del público en aquel pais, consistentes en unos 
papelitos color de rosa claro, y blandos como el pa- 
pel de estraza, y unos polvos blancuzcos, de un 
blanco suspechoso, parecidos á averiada harina, 
Leocadia fijó sus ojos en ellos, y al punto la vende- 
dora, creyendo que los deseaba, empezó á ponderarle 
sus cualidades, explicándole que los retacitos rosa, 
humedecidos y puestos en un plato, no dejaban mos- 
ca que allí no feneciese, y que los polvos blancos 
eran séneca para matar ratones, dándosela en ciertas 
bolitas de queso bien preparadas.... Como Leocadia 
le pidiese tanto asi de los polvos, preguntándole 
cuánto costaban, la mujer alardeó de generosa, y 
cogiendo con una espátula un buen puñado de polvi- 



2Ó2 



ÉL CISNE Í)E VILAMORTÁ 



tos se lo entregó envuelto en un papel, por no sé 
qué friolera de cuartos. Poco, en efecto, valía la 
droga, común en el país, donde el arsénico nativo 
abunda en los espatos calizos que forman una de las 
vertientes del Avieiro, y el ácido arsenioso, el mata- 
ratones, se vende libremente, más que en la botica, 
en las ferias. La maestra se guardó sus polvos, com- 
pró por diferencia media docena de papelitos rosa, y 
al volver á su casa, entregó puntualmente á Flores los 
objetos encargados. 

Flores notó que después de comer se encerraba 
Leocadia en su dormitorio, donde la oyó hablar al- 
to, como si rezase. Habituada á sus rarezas no lo 
extrañó. Terminado el rezo, la maestra salió al bal- 
cón, y estuvo un largo rato mirando los tiestos; pasó 
á la sala y contempló otra buena pieza el sofá, las 
sillas, la mesita, los lugares que recordaban su his- 
toria. En seguida la vió Flores penetrar en la cocina. 
La vieja aseguraba después, — ¿pero en tales casos, 
quién renuncia á preciarse de zahori? — que ya la 
llamó á ella la atención aquel modo de entrar 

— ¿Tienes ahí agua fresca? 

—Si, mujer, 

— Dame un vasito. 

Flores declaraba que al coger el vaso, la mano de 
la maestra temblaba como si tuviese alferecía, y lo 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



263 



más singular fué que, no llevando el vaso azúcar, 
Leocadia cogió una cuchara de boj y la metió den- 
tro 

Sin embargo, hasta de allí á una hora ú hora y me- 
dia, no oyó Flores á Leocadia gemir Secólo 

en el cuarto y la vió sobre la cama, con un color 
que ponía miedo: violentas náuseas levantaban su 
pecho acongojado, y tras de las náuseas y las arcadas 
y los convulsivos esfuerzos para vomitar, un frío su- 
dor inundaba la frente de la enferma y se quedaba 
sin movimiento ni voz .... Flores, espantada, salió 
corriendo en busca de D. Fermín. Que se apurase, 
que esto no era de broma. . . .Guando vino don Fer- 
mín todo sofocado y preguntó: 

— ¿Pero vamos á ver, Leocadia, qué es esto? ¿Qué 
tiene, mujer? {qué tiene? 

Ella, entreabriendo sus dilatados ojos, murmuró: 

— Nada, don Fermín Nada. 

A la cabecera de la cama estaba el vaso, sin agua 
ya, pero una capa de polvos blancos adheridos al 
íondo y raspados á trechos por la cucharilla, pues el 
agua no había podido disolverlos y la maestra no 
quería dejarlos allí. . . . 

Conviene que también en esta ocasión declaremos que 
el insigne Tropiezo no dió ninguno en el expedito ca- 
mino del tratamiento de tan sencillo caso. Ya había 



264 EL CISNE DE VILAMORTA 



reñido Tropiezo algunas batallas más con aquella 
vulgar sustancia tóxica, y conocía sus mañas: acudió 
sin vacilar á los enérgicos vomitivos, al emético, al 

aceite Sólo que el veneno, mas listo que él, había 

pasado ya á la circulación, y corría por las venas de 
la maestra, helándolas. . . .Guando las náuseas y los 
vómitos cesaron, sobre la mortal palidez de Leoca- 
dia asomaron unas manchillas rojas, una erupción 
semejante ála escarlatina Duró este síntoma has- 
ta que vino la muerte á desatar aquel triste espíritu y 
emanciparlo de sus padecimientos, que luéal ama- 
necer. 

Poco antes de espirar, en un momento de calma, 
Leocadia hizo una señal á Flores, y le dijo al oido: 

— Dame palabra que no lo sabrá el chiquillo? 

¿eh?. . . . ¡Por el alma de tu madre no le digas 

no le digas el modo de mi muerte! 

Pocos días después, defendíase Tropiezo en la 
tertulia de Agonde, en la cual, por gusto de hacerle 
rabiar, le achacaban la desgracia de la maestra. 

— Una, que me llamaron tarde, muy tarde, cuando 
ya la mujer estaba casi en la agonía Otra, seño- 
res, que se tomó una cantidad de arsénico, que ni era 
tanta que la pudiera arrojar, ni tan poca que le pro- 
dujese un coliquito y quedase despachada .... Si to- 
mase más, era más lácil gobernarlo, señores. En lo 



v 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 2Ó£ 

que no estuve muy acertado íué en no llamar antes 
al cura Lo hicecon buena intención, por no asus- 
tarla, y por si la íbamos sacando adelante. . . . Guan- 
do le pusieron la extrema, ya no daba á píe ni á pier- 
na 

—¡De modo,[murmuró malignamente Agonde, que 
con V, ó el cuerpo ó el alma no se libran de un tro- 
piezol 

Celebró la tertulia el dicho, y hubo chanzas fúne- 
bres y frases compasivas. Glodio Genday, el acreedor 
de la difunta, se agitaba en el asiento. ¡Que conversa- 
ción mas tonta! ¡Hablar de cosas alegres, canario! 

Se habló, en efecto, de cosas alegres satisfactorias: 
el señorito de Romero había ofrecido poner en Vila- 
morta estación telegráfica; y también se decía mucho 
en los papeles que la importancia vitícola del Borde 
reclamaba un ramal de ferro carril, y pronto vendrían 
los ingenieros á estudiarlo. 



La Coruña, Setiembre de 1884. 



MGELES Y BRUJAS 

POR 



269 



ANGELES Y BRUJAS 

POR ORTEGA MUNILLA 

i 

El Teatro 

Era la iglesia parroquial de Villahonda un monu- 
mento románico, macizo y pesado, en el que se ha- 
bía prescindido por completo de la elegancia, para 
buscar únicamente el ideal de la solidez. Líneas rec- 
tas en los basamentos y capiteles; ninguna columna; 
pórtico sencillísimo, y sobre éi la estatua de un san- 
to, que debió representar á San Juan; pero que ya 
no era más que un trazado confuso donde todos los 
jnsultos del tiempo habían puesto su mano destructo- 
ra. El cimborrio poco elevado, donde refleja el sol 
sus últimos resplandores de la tarde, inflamando los 
coloreados cristales de la linterna, parecía envidiar la 
elevación de la torre, o ; ue allá en las alturas sostenía 



270 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



tirada plática con las nubes, y las cantaba no sé qué 
enormes estrofas, con sus incansables lenguas de 
bronce. En los cuatro ángulos de la torre, sendos 
dragones berroqueños, con sus alas tendidas, mon- 
taban la guardia de honor de las alborotadoras 
campanas, y semejaban mirar el infinito espacio á 
sus pies tendido, con sus pupilas, que, según 
la fábula, despiden llamas y azufres. 
La puerta del templo, que al girar en su jambas 
producía un ruido desagradable, especie de aviso 
que algún invisible portero daba á sus fantásticos 
habitadores de las inmensas naves, de que un ser ex- 
traño penetraba en ellas, éra una artística pieza de 
hierro y de encina, si bien maltratada por los años y 
cubierta de herrumbre. En las hojas de esta puerta, 
una de las cuales solo se abría en las grandes so- 
lemnidades religiosas, habíase esmerado la mano del 
artífice, tallando multitud de alegorías bíblicas y es- 
cenas sacadas de las Parábolas. Las altas paredes 
de la iglesia, cubiertas de la sombra de la vejez, pre- 
sentaban en algunos puntos rojos manchones y salpi- 
caduras violáceas y cárdenas, á modo de sarna ú 
otra enfermedad vergonzosa del granito. 

En las paredes de la torre descúbrense dos agu- 
jeros circulares, que desde lejos confunde la fanta- 
sía con los ojos negros de aquel gigante de piedra, 



ÁNGELES Y BRUJAS 



ojos siempre abiertos, que exploran el país, como 
sí la impaciencia de esperar á alguien que nunca 
llega les mantuviese en perpetua vigilancia. Por es- 
tos ojos, en las noches muy oscuras, sale un res- 
plandor tenue, que aun cuando soñadora mente se 
empeña en que es el brillo de una retina fosfórica, 
no es sino la* luz del candil con que se alumbra el tío 
Basilio, el campanero, amen de algunas copas de 
vino tinto con que ayuda al cuerpo en el rudo oficio 
de voltearlas campanas. 

El tío Basilio. . . pero, ¿qué digo?. El tio Basilio 
merece capítulo aparte. 

SI traidor y su sobrina 

Era el hombre más perverso de Viilahoncla, y más 
feo del mundo. Aquella espalda encorvada; aquella 
cabeza monumental, puesta al extremo de un cuello 
larguirucho como una calabaza en la punta de una 
pipa; aquellos ojos pequeñuelos, verdes y procaces, 
á cuyos cristales parecía asomarse el alma de un de- 
monio burlón é insolente, no tenían igual en muchas 
leguas á la rédonda, como tampoco era empresa fácil 
hallar otro espíritu más miserable y contrahecho en 
toda la esfera terrestre. Pensábase, observando; ! 



272 BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 

tio Basilio, que cada arruga, corcova ó fealdad de 
la carne, corresponde á otra deformidad del ánimo; 
cada paso de sus desgarbadas piernas, á un traspié 
moral, y á un mal propósito. 

Así como Dios al crearlo feo le creó malo, al ha- 
cerle casado le dióuna pareja digna de sus virtudes. 
La tía Requiescat era una lengua de arpía en un 
cuerpo de Medusa, y merecía ser la esposa del cam- 
panero de Villahonda. Todo era, pues, congénere y 
adecuado en aquel tugurio de la torre, donde vivían 
tio Basilio y tía Requiescat, desde las negras pare- 
des hasta los muebles viejos y hundidos que llenaban 
el inmundo zaquizamí, nido de águilas habitado por 
mochuelos. 

Las curiosidad que nos inspiraron ambos persona 
jes, y el deseo de reíerir su historia, nos han llevad 
á practicar minuciosas disquisiciones, de las que he- 
mos sacado, entre otros datos, el de que á fines del 
mes de Junio de 1853 llegó á Villahonda, caballera 
en un jumento, cuya jágima guiaba un arriero, cierta 
muchacha aún no entrada en años nubiles, que traía 
por todo equipaje una funda de almohada rellena de 
algún vestidillo ó par de enaguas y zapatos, y una 
c.<rta con sobre en que se leía el nombre del tío Basi- 
lio. Era sobrina suya, hija de un hermano que murió 
media semana antes, y que, dejando sola á la niña, 



ÁNGELES Y BRUJAS 



se la recomendaba al tío Basilio, pidiéndole por Dios 
que no la abandonase á los duros trances de la vida. 
Consta asimismo de nuestros datos que el campanero 
leyó la carta sin derramar una lágrima; consultó á su 
mujer, y después de un animado debate en refunfu- 
ños sostenido entre ambos, se expresó la tía Requies- 
cat en estos términos: 

— Di, chica, que has nacido con suerte (¡y acababa 
de morir su padre!), pues llegas á puerta donde se 
albergan dos buenos corazones, que no han de con- 
sentir en que revientes de hambre y frío. Tu padre 
ha obrado muy mal al mandarte á que te mantengan 
los que no te engendraron; pero ya que él fué im- 
prudente, seamos nosotros benignos. Así, puedes de- 
cir que has hecho tu fortuna, pues acá vivirás como 
de familia. Precisamente hoy habia encargado á tu 
tio buscara una mozuela que me ayudara á subir cán- 
taros y al trajín de la casa. , , conque tú desempe- 
ñarás estas obligaciones. . . porque yo me siento muy 
mala, y no estoy para el trabajo. 

Y era verdad, que la tía Requiescat se sentía ago- 
biada bajo el peso de una rara emfermedad, nacida 
indudablemente del abuso del vino y de su endiabla- 
do humor, cosas las dos que acabarían con la salud de 
una roca, cuanto más con la de flaco ser humano. 
Esta circunstancia, y no otra, decidió á la k /Fie- 



274 BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 

quiescat á admitir á la sobrina, que caída del cielo le 
venía para cuidarla en sus dolencias. 

Sí... caida del cielo, porque Leandrilia era un án- 
gel con figura humana. 

¡Que rostro el suyo tan apacible, qué hermosos 
sus ojos, no menos azules que el firmamento! El ca- 
bello, abundante y rubio, formaba sobre las sienes 
de la niña un encamado moño de apretadas trenzas, 
la carita, redonda y animada, parecía despedir un 
fulgor angélico, la voz sonaba como deben sonar las 
músicas del Edén. En su presencia, y á su lado, ex- 
perimentábanse ambiciones ignotas de bienes que 
aquí no es posible conquistar; nacíanle alas al espíri- 
tu, y volaba, volaba, guiado por aquel ángel; no se 
dónde, muy lejos, más allá de las estrellas. 

Había cumplido Leandra los doce años, era alta, 
espigadita, con formas robustas, pero sin rotunclidez, 
mostrando en esperanzas los frutos de una juventud 
espléndida. 

Causaba lástima verla en la fuente, soportando el 
cantarillo de encarnado barro que la abrumaba con 
su pesadumbre, y aún más lástima contemplar como 
trabajosamente subía los doscientos escalones del re- 
vuelto y entornillado caracol de la torre con aquella 
carga en la débil cadera, 



ÁNGELES Y BRUJAS 



*7J 



III 

Empieza el martirio 

La niña trabajaba cuanto podía. La tia Requies- 
cat conjugaba en el lecho el verbo latino que la sir- 
vió de mote, y el tío Basilio, ó zarandeaba las cam- 
panas en el último piso de la torre, ó zarandeaba el 
vaso de vino en la taberna, hasta que perdía piés y 
cabeza y empezaba él mismo á zarandearse, si no 
entregaba las costillas al suelo á la primera ese. En 
el caso de que esto no ocurriera, á duras penas al- 
canzaba la altura de su domicilio, y, cayendo y le- 
vantando, ascendía por la tortuosa escalera y entraba 
estrepitosamente en el chiribitil. 

— ; Siempre en la cama (gritaba, señalando con el 
dedo índice á su mujer, sin interrumpir ese clásico 
contoneo que produce la embriaguez); siempre entre 
las mantas! Álzate y trabaja; que lo que tienes sólo 
es pereza y vicio. 

— Galla, borracho (solía contestarle la vieja con 
calma, propia de quien está acostumbrada á tales flo- 
res y cariños): yo estoy mala; sí que lo estoy. Tu 



276 BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 

sobrina.... Leandra.... esa es laque me ha hecho 
mal de ojo.... Pícara, holgazana.... Cada día me 
siento peor.... Me han echado una maldición. Des- 
de que vino á casa, que ántes era una balsa de aceite, 
se me metió el malo en el cuerpo.... Ese es el pre- 
mio que concede Dios al que hace obras de caridad... 
¡Leandra, holgazana!... Baja por un cubo de agua... 
Mira, Leandra, acércame ese jarro.... Yo me mali- 
cio que pones algún veneno en las medicinas.... 

La pobre niña rompía á llorar amargamente, y se 
apresuraba á obedecer; pero su turbación y amargu- 
ra trastornábanla de manera, que equivocaba todo lo 
que le pedían, lo cual era motivo de crueles repri- 
mendas y fuertes porrazos que campanero y campa- 
nera le pegaban. ¡Pobrecilla! Un dia recibió en la 
espalda un golpe tan fuerte del canalla de su tío, que 
rodó cerca de veinte escaleras, y quedó sin sentido. 
Permaneció en la escalera, hasta que, vuelta en sí, el 
frío y el dolor de las heridas que sufriera la demos- 
traron que no habían terminado sus desgracias, y 
subió á la habitación para escuchar una atroz filípica, 
salpicada de bárbaros epítetos y palabras feas, por- 
que ¡se había estado en la calle jugando con las chi- 
cuelas de la vecindad! La infeliz Leandra cruzaba el 
sendero de la vida entre zarzas y matorrales, que 
mortificaban lastimosamente; pero era tan buena, 



ÁNGELES Y BRUJAS 



277 



que nunca experimentó deseo de venganza de aque- 
1 ios ultrajes, ni manifestó de otra suerte su dolor que 
derramando lloro amarguísimo en silencio. 

Hay algunas personas cual Leandra. Para estas 
personas hizo Dios el llanto, como hizo para otras la 
risa. ¡Triste repartición! 

Más de cinco meses se cumplieron de la muerte del 
padre de Leandra, y ésta seguía en la torre, perdien- 
do de día en día aquella salud, aquellos colores y 
aquella robustez con que al principio la vimos. No 
iba mejor la tía Requiescat, cuyo consumido cuerpo 
no era sinó un montón de huesos encerrado en un sa- 
co de piel amarillenta y verdosa. Habíase enronque- 
cido su voz, que nunca fué dulce y bien templada, y 
agriándose su carácter, que tampoco se tuvo jamás 
por sociable y afectuoso. En vano se aplicó cuantos 
remedios prescribe la terapéutica casera de ciertas 
gentes, desde colgarse al cuello un alfiletero que en- 
cerraba dos pares de lagartijas; hasta dormir tres no- 
ches con los brazos en cruz; en vano el tío Basilio 
apeló á la ciencia de un su amigo, gran saludador y 
hábil curandero, el cual, tras detenido exámen y jui- 
cioso análisis de un pelo de la enferma, según es uso 
y costumbre entre los dos de su andariega facultad, 
resolvió que el demonio estaba en el vientre de la tía 
Requiescat, y no saldría ni á tres tirones de la habn 



2^8 BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 

cíón que había elegido; inútilmente, en fin, se llamó 
al doctor, que dispuso la privación del vino que la 
paciente usaba á grandes dosis. La tía Requiescat 
declaró que el único hombre entendido en la materia 
era el saludador, que descubriera en un punto la causa 
de la postración en que ella estaba, determinando no 
apartarse de su querido jarro, antes bien dispararle 
á la boca dos ó tres veces cada veinticuatro horas, 
con lo que si el diablo no tomaba el portante y se lar- 
gaba á buscar menos húmedo hospedaje, era preciso 
reputarle el mayor borracho del universo mundo. El 
tio Basilio, por no ser menos que su mujer, dióse 
también á la bebida, y, en medio de este matrimonio, 
la desdichada niña pasaba las penas del purgatorio. 

La tía Requiescat mandaba á Leandra subir á la 
torre veinte ó treinta cántaros de agua, y la niña obe- 
decía, resignándose á ese mortal ejercicio. Dijérase 
que la endemoniada vieja tenia la manía del agua 
como la del vino; pero no hay tal, sino que el gusto 
de mirar á la niña angustiada de íatiga, era el único 
que sacaba de su vil existencia. 

— ¡Tunanta! (la decía.) ¡Holgazana! ¡Cuidado con 
subir los cántaros á medio llenar!... ¿Quieres que los 
demás trabajemos para tí? ¿Quieres que todos los de 
la casa nos afanemos para que la princesa se tumbe á 
la larga? ¡Miren la señora Melindres! Anda por agua, 



ÁNGELES Y BRUJAS 



que me has embrujado, y mientras no sane yo, has de 
vivir en el mismo infierno. 

Leancíra adquirió al cabo la costumbre del silencio, 
la de la obediencia pasiva, y aceptaba aquella lenta 
muerte que la Providencia le ofrecía con el nombre 
sarcástico de vida. 

Los Santos— Éxtasis.— Paliza 

Era llegado el dia 3 1 de Octubre, y la Iglesia se 
preparaba á conmemorar nuestros difuntos. En las 
desiertas nabes de Villahonda, cuyo silencio del se- 
pulcro predisponía el alma á la oración, sólo se halla- 
ba algún devoto murmurando sus oraciones. Todas 
las capillas permanecían á oscuras: sólo en la nave 
principal ardía una lámpara de aceite, derramando 
tembloroso fulgor sobre los objetos que la rodeaban, 
y haciendo aumentar ó disminuir alternativamente 
sus siluetas de sombra. Había sonado el reloj las seis 
de la tarde. En un rincón de la más apartada capilla 
oíanse suspiros y sollozos. Allí estaba Leandra, arro- 
dillada, con ambas manos cruzadas y sublime expre- 
sión de tristeza en el semblante. 

— ¡Padre mió (exclamaba), padre mío! ¡Acércate 



280 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



más, acércate á mí! ¡Siempre te veo en las sombras, 
lejos;., muy lejos!... ¡Te llamo y no me escuchas!. . . 
¡Dame la mano, cógeme en tus brazos!... ¡Yo quiero 
subir contigo á ese sitio, que te vas cuando dejo dejo 
de mirar tu rostro! ¿Por que me hablas sin acercar- 
te? ¿Cómo suena tu voz tan débilmente, que yo ape- 
nas la percibo en mis oídos, y suena en mi alma co- 
mo una trompeta? 

Después de balbucear estas palabra, calló de nue- 
vo; luego continuó: 

— ¿A caso ya no me quieres? ¿ me has olvidado? 
¿Ó es que yo he cometido alguna falta contigo? ¿Por 
que me abandonaste?.... Mi tío el muy malo.... Me 
pega .... Allí viene.... ¡Ah! Se acerca á esta capilla... 
Adiós. 

Y alzándose trabajosamente del frío suelo, cogió su 
cántaro. Aquel cantáro debía estar rebosando en lá- 
grimas. ¡Pobre Leandra! 

Salió la muchacha de la iglesia. ¡Gomo estaba la 
infeliz! Tan delgada, tan pálida, que podía asegurar- 
se que de su antigua belleza sólo la restaban los ojos, 
en cuyos melancólicos cristales centelleaba no sé qué 
extraña y vaga luz. Su brazo derecho, flaquísimo, 
enlazaba la esfera del cántaro que se había col- 
gado á la cadera, y el izquierdo le colgaba, mar- 
cando las ondulaciones del inseguro paso como un 



ÁNGELES Y BRUJAS 



*8l 



péndulo. Caminaba muy aprisa, pero no tanto que 
pudiera evadirse del tío Basilio que la había divisa- 
do en la capilla. 

— ¿Entras en la iglesia á dormir? (la gritó el bár- 
baro.) Sube á casa, que tu tía se está muriendo. 

La niña subió aquellos interminables escalones, 
¡Dios sabe con cuanto trabajo! Detrás de ella el tío 
Basilio subía maldiciendo. Al entrar en e! zaquizamí 
Leandra tropezó, escapóse el cántaro de sus brazos 
y rodó por el suelo, quebrándose en mil pedazos. 

— ¡Torpe! (Gruñó la tia Requiescat desde su ca- 
ma:) si yo estuviera levantada, pagarías caro tu des- 
cuido. No te tomas interés por nada de esta casa. Es- 
toy en los últimos instantes, y te maldigo, porque tú 
me has matado... ¡Ay! siento aquí en el pecho una 
cosa que me abrasa, un fuego que se enciende y se 
apaga, una llama que va reduciéndonse á cenizas el 
corazón , 

La vieja se lamentaba á gritos, que retumbaban 
bajo los muros de piedra con eco espantoso. 

— ¡Esta maldita chica (tronó el borracho, que ha- 
bía logrado ascender la penosa escalera); esta maldi- 
ta chica nos va á perder con sus descuidos!... ¡Rom- 
per un cántaro nuevo!... ¡Ah, Leandrita, Leandrita! 
Dos días hace que no entra por tu boca más que ai- 



282 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



re; pero á fé que no probarás el pan mientras no le 
corrijas. 

En tanto que hablaba así el tío Basilio, habíase 
tirado un colchoncilloque en medio de la estancia es- 
taba. Leandra lloraba en un rincón. Tan prolongado 
martirio iba siendo superior á su débil resistencia. 

Los golpes de muerte que la daban, y el no comer 
acababan de agotar sus fuerzas íísicas. Una frialdad 
inexplicable se difundía por su cuerpo. La niña se 
dejó caer en el suelo, inclinóla cabeza sobre el pecho, 
entornó los párpados, volvió á abrirlos convulsiva- 
mente, y lanzó un suspiro. Un largoespacio de tiem- 
po transcurrió sin que ninguno de aquellos tres seres 
moviese pié ni mano. 

El reloj tocaba las siete. Entonces el tío Basilio se 
incorporó. 

— ¡Diablo de noche! (murmuraba, buscando en los 
rincones del cuarto el jarro del vino): ahora á tocar 
campanas, á pasar frío. No; pues antes he de preve- 
nirme el estómago contra las pulmonías.... ¡Vaya un 
trago.... otro.... otro!.. Media azumbre me he cola- 
do.... Que vénganlos cierzos.... ¡Arriba, campanero 
á cumplir tu obligación! 

Salió Basilio del cuarto, y á pocos momentos las 
campanas preludiaban su canción monótoma y lúgu- 
bre. La campana María, la mayor del campanario, 



ÁMÜELES Y BRUJAS 



283 



dominaba el sonido de las otras con sus badajazos, 
que semejaban descargas de cañones. 

V 

El último repique 

Sólo en la fiesta de los Santos se tocaba aquel 
grandísimo instrumento, bautizado con el nombre de 
Maña, y colocado en la abertura oriental del campa- 
nario. Cuando los villahondinos la escuchaban, era 
hora de rezar por los difuntos. 

Pesaba cincuenta quintales, girando, no obstante, 
con notable ligereza, merced á los bodoques de hie- 
rro y piedra en que estaba montado su eje. De este 
eje partía una grande palanca de hierro, á que se 
agarraba el campanero para mover la mole de bronce. 

En medio del campanario, en un asiento de ma- 
dera, estaba sentado el tío Basilio. 

— ¡Cosa más rara! (murmuró, agarrándose con las 
manos al banquillo.) Juraría que la torre da vueltas; 
juraría que está saltando.... Sí, no hay duda.... ¡An- 
da! Pues si las campanas bailan unas con otras! ¡Y 
ya no suenan! ¡Já, já, já! Esto sí que es divertido. 

El tío Basilio estaba extremadamente borracho. 



284 



BIBLIOTECA DE «LA ESPAÑA» 



Después de dar el primer impulso á las campanas, 
habíase tirado en el banco, y su embriaguez le impe- 
día oir el ruido de aquellos monstruos de bronce, 
capaz de ensordecer un tímpano de piedra. 

— ¡Ahora si que vais á volar, ahora! La grandona, 
la grandona va á ser la primera.... La María va á 
voltear como una peonza.... ¡Já, já, já! 

Levantóse el tío Basilio, y se acercó á la campana 
mayor haciendo eses, y sin cesar de reir. De repen- 
te experimentó una sensación horrible de miedo. 
Sintió una cosa iría, dura, que penetraba ensus car- 
nes y le alzaba del suelo; un tentáculo lérreo que se 
prendía en su chaqueta y le desgarraba la espalda; 
una zarpa que le suspendía sobre el abismo. Basilio 
abrió los brazos, vomitó una blasfemia, se vió fuera 
de la torre, miró á sus pies.... y como sale la bala del 
obús, fué lanzado al espacio, describiendo con su 
cuerpo veloz trayectoria. 

Era la grandona, la campana grande, que le había 
alcanzado con su palanca. 



ÁNGELES Y BRUJAS 



285 



VI 

Liberación.— Alma que flota, burbuja de alcohol. 

Consta de nuestras investigaciones que aquella no- 
che andúvola opinión pública de Villahonda muy 
preocupada por el inexplicable suceso de que no do- 
blasen las campanas en tan señalada fiesta cristiana 
sino breves momentos, y que corrían diversos 
rumores poco favorables á Basilio; pero cuando á la 
mañana siguiente tampoco se tocó al alba ni á Misa, 
ya á las diez, el cura en persona subió á la torre, se- 
guido de monaguillos y demás cohorte sacritanesca, 
para informarse del extraño silencio de las campanas; 
el señor cura encontró en la torre el sombrero de Ba- 
silio, y al entrar en la habitación de éste, ofrecióse 
á sus espantados ojos espectáculo atroz y lastimoso. 

En la revuelta cama yacía la tía Requiescat, con 
el cuerpo hinchado, lajboca abierta mostrando las os- 
curas y desdentadas encías, y los párpados amorata- 
dos: en el suelo, blanca, pálida, Leandrilla, la po- 
bre Leandrilla. Parecía una estatua de mármol. 
Tenía las manos cruzadas y los exangües labios 
dulcemente contraídos. El alma de Leandra, al es- 
caparse al cielo, habíase despedido de la que fué su 
persona visible con una sonrisa. 



2bó 



BIBLIOTECA DÉ «LA ES PAÑA > 



VIÍ * , 

«Vox populi» 

Villahonda cree á pies juntillas que toda aquello 
familia pertenecía al diablo, quien en la noche de los 
Santos sube á la tierra á recoger sus cosas. Si trata- 
ras de convencer á aquella ciudad, á sus mujeres 
especialmente, de que en la catástroíe sólo intervi- 
nieron causas naturales, te objetarán: 

— ¿Y el cuerpo del tío Basilio? ¿Dónde fué á pa- 
rar? ¿Quién sino el demonio pudo escamotearle? 

Para que contestes, benigno lector, á estas obser- 
vaciones de las villahondinas, te releriré que el año 
último, al componer el tejadillo de un vetusto edificio 
frontero á la iglesia, que sirve de cuartel de caballería 
en la actualidad, se halló junto á una chimenea un 
esqueleto cubierto con un pantalón y una chaqueta 
iguales á la chaqueta y pantalón que usaba el tío 
Basilio, y que, según opinan personas dignas de 
crédito, allí fue á parar el campanero cuándo le arre- 
bató á los aires la campana. 

Y es todo lo que me proponía contaros. No es 
mucho. Podía ser mas, y puede ser demasiado. 







585528 

LS Pardo Bazan, Emilia 
P2265ci EL cisne de Vilamorta. 


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